Me llamaba Venancio, hijo de los reyes Arsenio y Teodora, los más ricos de todo occidental. Recibí una educación excepcional por parte de los mejores sabios del mundo a los que mi padre pagaba una fortuna.
Las murallas del castillo me vieron crecer, debido a que no solía salir de ellas.
Nunca había conocido a gente plebeya, solamente a nobles o ricos burgueses que negociaban con mi padre.
Los criados estaban a nuestro servicio las 24 horas.
Si no cumplían sus obligaciones les castigábamos sin comer e incluso para evitar revoluciones, les asustábamos un poco pinchando les con la punta de un cuchillo.
A los 40 años, dejaban de sernos útiles, y los poníamos a la venta en el mercado a un precio asequible para los bolsillos de los plebeyos de clase media-alta.
Cuando cumplí 22 años, el reino de mi padre entró en guerra con una coalición de varios reinos que estaban en contra de su gobierno.
La guerra era feroz y encarnizada.
Yo quería ir a luchar en ella para defender mi tierra. Pero al decírselo a mi padre, se negó rotundamente diciendo que no podía dejar el trono sin el heredero.
Normalmente salía todos los días para cabalgar por el bosque a cazar en él algún que otro conejo, jabalí o incluso ciervo.
Pero a partir del estallido de la guerra, los bosques se volvieron peligrosos e inseguros.
Una tarde, salí a practicar la cetrería con mi halcón esperando cazar dos o tres conejos para la cena.
Eleanor, el mejor criado que teníamos, me acompañaba montado en otra yegua de color negro.
Mandé ensillar los caballos y me dirigí hacia la espesura del bosque.
Allí apenas había ningún animal. Estuve merodeando dos horas hasta que decidí regresar.
Oí el sonido de una rama partirse, alguien me estaba siguiendo o espiando.
La equivocación de parar el caballo para descubrir que estaba ocurriendo, me costó muy caro.
Miré alrededor y trece soldados aparecieron descubriendo la encerrona.
Eleanor cayó inmediatamente en sus manos.
Tuve que reprimir una arcada al ver cómo le cortaban la cabeza sin ningún tipo de reparo o lástima.
Traté de defenderme, pero los soldados eran feroces, experimentados, muy seguros de sí mismos, con una rabia interna que asustaba.
Me tiraron del caballo y me agarraron del cabello con una fuerza que no me dejaba ir.
Pensé en que si hubiera sido mi maestro en las armas, se me hubiera ocurrido algo para salir indemne de aquella, seguidamente pensé que si fuera mi maestro, no me habrían asaltado.
Fue una de las primeras veces que no tenía a nadie, que nadie me protegía, que estaba en manos del enemigo indefenso y sin ningún tipo de plan.
Ataron una nota a la pata del halcón y le dejaron volar hacia el castillo.
En él habían escrito que me dejarían con vida si mi padre dejaba que le ganaran en la guerra. Yo sabía que mi padre me amaba, pero no estaba seguro de si más que a su propio reino.
Hijos puedes tener varios fácilmente, pero un reino, pocas veces.
Se apropiaron de nuestros dos caballos y me hicieron caminar durante mañanas, tardes y noches hasta llegar al fin a su base más cercana.
Me dirigieron a una habitación de piedra, en penumbra, donde en su interior se encontraban más de 30 personas.
Al abrir la puerta, percibí un olor nauseabundo, un olor que procedía de la falta de aseo y la carencia de perfumes.
Di inconscientemente un paso hacia atrás, pero al hacerlo, me agarraron del mugriento traje y me empujaron hacia el interior.
El oficial se acercó.
- He aquí el hijo del rey. Ahora os digo que como su pecho deje de inflarse y su corazón deje de latir, no habrá piedad para vosotros.
Cerraron la puerta de un portazo y un corrillo se formó a mi alrededor.
Solo era capaz de ver sombras que me rodeaban y se aproximaban, la luz de una vela era lo único que parecía estar vivo.
A medida que mis ojos se adaptaban a las sombras, podía observar bien el recinto donde me hallaba.
Era claustrofóbico, con bastantes personas en el interior y muy agobiante.
- Es el hijo del tirano Arsenio y la mujer hechicera, Teodora- exclamó un adolescente de 13 años.
- ¿Ya ha llegado?- dijo con desprecio un hombre anciano sentado en un rincón - no han tardado demasiado en atraparle. Que poco listo eres, niño.
Sentí rabia pues, nadie se había atrevido antes a hablarme sin el respeto que yo merecía.
- ¿Dónde está mi Hipólito? - sollozaba una joven - dimelo por favor... Vuestras tropas se lo llevaron porque necesitaban más soldados, pero él solo tiene 16 años. No sabe cómo manejar el florete, solo está familiarizado con la hoz y la azada. Lo van a matar enseguida, por favor, no lo permitan, es solo un pobre niño…
Lloraba desconsoladamente.
Una fuerza descomunal me cogió del cuello de la camisa y me elevó dos palmos por encima del suelo, a la vez que mi espalda se estrellaba contra la fría y dura roca de la prisión.
- ¡Contesta a mi mujer! - chilló un hombre corpulento y con mirada inyectada en sangre- ¿Dónde está?
- No lo sé- dije de manera pausada - es la verdad.
Y realmente lo era. Sin embargo, todos descargaron su rabia contra mí por ser quién era.
Me martillearon con sus puños mientras me encogía de dolor con las manos en la cabeza y mis rodillas en el pecho tratando de evitar que tocaran mis puntos débiles. Me sacudieron como un saco de harina y cuando tenía la sensación de que ya me iban a matar, se detuvieron.
El hombre que me chilló, se agachó hacia mi insignificante figura hecha un ovillo.
- Por mí, te mataba yo mismo, pero da gracias al general por protegerte de nosotros. Pero te advierto que te voy a estar custodiando el tiempo que estés aquí, y que no voy a olvidar la manera en la que has destruido la vida de los que amo.
Tuve miedo, una de las pocas veces que realmente lo tuve. Aunque desde la emboscada era el sentimiento que más predominaba.
Conocer el sufrimiento y dolor tan profundo que las órdenes de mi padre habían provocado en ambas personas, me marcó en un sentido que en el momento no llegaba a comprender.
Así pasaron los segundos, minutos, horas, días, semanas y meses.
Nos despertamos en el crepúsculo para estar trabajando en el momento en el que el primer rayo de sol asomaba por el este y recoger las herramientas cuando el último rayo de sol se había ocultado por el oeste.
De sol a sol, sin parar.
Acostumbrado a que en la hora de la comida, el hombre corpulento, me arrebatara el mendrugo de pan duro que nos entregaban a cada uno, lo escupiera y lo pisoteada antes de devolverlo.
Su mueca maliciosa al ver como lo devoraba sin hacer ninguna expresión de asco por el hambre que tenía. Simplemente le agradaba ver cómo sufría.
Tampoco le culpaba por ello, yo si fuera él, ya me habría asesinado. Le consideraba una persona realmente tolerante y poco irascible dadas las circunstancias.
Incluso, llegamos a formar un débil vínculo en el que los días que estaba de mejor humor, no me quitaba la comida.
Sin poder evitarlo, acabamos tolerándonos mutuamente, e incluso una vez, me ayudó con el trabajo cuando yo ya no podía continuar.
-¿Por qué lo haces?- pregunté- me odias, y no lo intentes negar
- Porque así, me gano favores delante de los jefes. Conseguir alguna posibilidad más de salir de este pozo. Y respecto a lo segundo, odio a tu padre, en realidad, de ti solo no puedo soportar que seas su hijo, pero créeme cuando te digo que pongo el empeño posible para olvidarme de ello cuando te miro.
- Yo te creo- afirmé- y la verdad es que ser su hijo, no significa que me quiera. Tratará de localizarme y de rescatarme, pero si al final muero, no será una pérdida tan grande. Mis dos hermanos pequeños están impacientes por subir en la línea de sucesión, en realidad quieren que me muera. Aunque sea el favorito del rey, no lo va a perder todo su reino por mí
Su cara se tornó asombrada.
Cada vez era más consciente de lo mal que había actuado en el pasado tratando a las personas como objetos, fui haciéndome poco a poco más humilde consciente de mis errores trate de pedir perdón.
No esperaba obtenerlo, sin embargo, la mayoría me perdonó, viendo que para superar los fallos el rencor debía de desaparecer.
Ya habían pasado 13 meses desde que me robaron la libertad.
El sol estaba ya en lo alto cuando escuché una conversación un tanto inusual entre dos soldados.
- Está noche, el campamento estará ya desierto- comento uno - ya es la hora.
De repente nos agarraron y en cinco minutos, estábamos todos en hilera esperando ser ejecutados con la espada
-¿Qué ocurre?- me aventuré a preguntar
- Supongo que da igual porque voy a matarte- sonrió de manera poco agradable- tu padre está ganando la guerra, como ya no nos sirves de nada, ¿Qué mejor manera de quitarte de en medio?
Llegó el momento que nadie tenía esperanza de que llegara. Maniatado de manos y pies me arrastraron hasta arrodillarme sobre unas tablas astilladas.
Me dolía el pie pues creía haberme quebrado un dedo, pero pronto lo dejaría de sentir, el sudor de la cabeza se me introdujo en los ojos provocándome un intenso escozor, pero pronto lo dejaría de sentir, notaba la lengua como un trozo de madera seca al no haber bebido lo suficiente, pero pronto lo dejaría de sentir, el estómago se quejaba por estar vacío, pero pronto lo dejaría de sentir. Pensé en uno de los buenos corderos que mi padre solía sacrificar los fines de semana, el último no lo aproveché como debería de haberlo hecho.
Aunque intenté ignorarlo, escuché el fuerte sonido de una de las espadas al afilarse.
Me propuse no ser cobarde y mantener los ojos abiertos. Mi cuello desnudo fue colocado sobre las tablas mientras mi mirada se dirigía al verde césped. Una pequeña hormiga recorría su camino con una enorme miga de pan en la boca.
Una sombra dinámica se cernió sobre mí y no pude evitar apretar los párpados fuertemente esperando que todo desapareciera.
Los perdoné a cada uno de ellos y no podía reprocharles nada pues en el pasado yo había cometido peores barbaries. mi último pensamiento fue que desde mi refugio no pude apreciar lo que es realmente vivir y que les agradecía de alguna extraña manera a los que me habían esclavizado y maltratado por haberme mostrado y enseñado más de lo que habría podido desear, a ser humano.

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