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Pasérido (gorrión)

 Porque algunas cosas deben de morir para que otras nazcan o sigan viviendo.




Cuando era pequeño siempre me hablaron de la muerte. Dejas de respirar, tú corazón se para, el cerebro se apaga y no puedes volver a hablar ni a ver a esa persona. 

La muerte tiene ese tinte de final definitivo e irremediable que suena terrorífico, pero lo que a mí no me habían contado del todo era que ese tipo de final no era el que necesariamente siempre nos separa de nuestros seres queridos. 


Yo siempre creí que mis amigos del colegio iban a ser siempre mis amigos. Tenía miedo de que cuando cada uno tomara su propio camino, ya no nos veríamos apenas. 

Me prometí internamente que haría lo posible para seguir en contacto como mensajes recurrentes, contarnos novedades y anécdotas, quedar siempre que pudiéramos…

No obstante, al finalizar nuestros estudios en el centro, las cosas cambiaron de forma distinta.

Todo era diferente al no vernos cada día 6 horas por obligación. 

Los mensajes se volvieron tras apenas un mes, en algo esporádico, nueva gente entró a nuestra vida y con ellos infinitas posibilidades. 

Un año después, quedábamos solo por nuestros respectivos cumpleaños y algo más en verano. 

Pensé con melancolía en esas pequeñas promesas que me hice internamente. Aquellas formuladas cuando todavía no contaba con que en el futuro ninguno iba a tener ese impulso de cumplirlas. 


Reflexiono con más detenimiento sobre la conexión con mis amigos cuando supe de ellos pero sin ninguna llamada telefónica, sin ninguna quedada, sin un mensaje por el grupo quisiera…


Una estaba haciendo prácticas fuera del país, otro no le estaba yendo demasiado bien dejando los estudios, otros dos habían comenzado una relación romántica y el que quedaba parece que, al fin, salió del armario en el que había estado encerrado muchos años pues había cambiado el perfil de una web de citas a “homosexual”. 

En realidad ninguna de esas noticias salió de sus labios y eso, aunque dadas las circunstancias de separación fuera lo “normal”, me hizo darme cuenta de que no sabía realmente el momento en el que preferimos contarle a 300 seguidores, lo que nos pasaba, antes que a los 5 amigos de siempre en privado. 

Lo achaqué en mayor parte a la distancia y al diferente rumbo de nuestros caminos. 

Yo quería a alguien de forma permanente en mi vida pensando que en la etapa más madura hay más estabilidad al estar más encaminado en la profesión que quieren desempeñar. 


Tras finalizar dos años de formación profesional en algo relacionado con economía, hice varias entrevistas y me ofrecieron mi primer trabajo. 

Pensé que estaba ya en el inicio de mi vida adulta en la que pasaba de estudiar a entrar al mercado laboral.

Daba miedo como cualquier cambio, pero con esa oportunidad, llegó mi mejor amiga y compañera de trabajo. 


Me contrataron y ella fue la compañera en la oficina que tenía la mesa más cerca de la mía. Era también de las empleadas más jóvenes y desde el primer momento, la vi con cara de ser mucho más comprensiva que el hombre que me había guiado a mí escritorio. 


Comenzó la conversación preguntándome si era “el nuevo”. Fue un contacto breve, intercambiar nombres, ofrecerme ayuda con cualquier duda y tranquilidad de que era normal sentirse tan perdido aunque cuando le cogiera el truco, era fundamentalmente, todo lo mismo. 

También me acogió ofreciéndome bajar a la cafetería con otros compañeros a lo que muy amablemente me presentó. 

Me estresaba la posibilidad de no encajar, pero gracias al trato tan natural y de confianza, casi parecía que en vez de ser mi primer día, llevaba ya un mes. 


Me disculpé con ella anticipadamente porque le hubiera tocado de compañero a alguien tan poco ducho como yo. Al igual que por freírla a preguntas que a veces era cuestión de fijarse, leer y seguir el sentido común o recordar lo que me había contestado hacía 10 minutos. 

Se rió diciendo que no era el único que había pasado por ese mismo sitio pero que al final los compañeros estaban para arrimar el hombro comprendiendo que me daba vergüenza molestar a los superiores y pues todos buscábamos disimular la completa inexperiencia. 


Sin exagerar, las primeras dos semanas cada 15 o 20 minutos, me surgía una duda de algo y hacía que la pobre se levantara para ayudarme repitiéndome por activa y por pasiva que no le molestaba para nada.

Apunté en un cuaderno todas las cosas que me decía que eran importantes haciendo prácticamente que me dictara como en el colegio, para no perder detalle.


Durante el proceso de mayor aprendizaje, insistía en pagarle el café siempre que me dejaba por ser mi primera aliada y única mentora en ese sitio algo exigente.

Conocía a todos de vista, más con quién me notaba más agusto era con ella.

No fui yo el primero que ofreció vernos fuera del trabajo, sin embargo, me alegró porque me sentía muy cómodo con la posibilidad de ser también amigos en otro ámbito que no fuera el laboral puramente.

Comenzamos a quedar para dar alguna vuelta, cenar, ir al cine, tomar algo… descubriendo que teníamos gustos e intereses similares y una base de principios y valores común. 


En un inicio no pensaba nada más allá de la amistad pero cuando me daba ánimos o me prestaba su tiempo sin reparos, la sensación de tener a alguien en quién confiar era muy gratificante.


Yo a veces la llamaba cuando tenía un problema o preocupación, en general. Sabía cómo actuar y aún así surgía el impulso de escuchar su voz confirmando lo que yo ya conocía. Me parece que el propósito era sentir su apoyo moral y que mi compañera sintiera también que la tenía en cuenta más allá de la vida laboral.


Solía ser muy risueña haciéndome incluso creer que no era tan soso…Simplemente, ese primer año podía resumirse en que bastaba solo mencionarla e imaginarla sonriendo alegrándome el día. 


No es que no me gustara mi trabajo, no estaba mal en sí, sin embargo, cuando ella una semana estuvo enferma o simplemente se cogía vacaciones en diferentes épocas que yo, la extrañaba mucho. 

Hablaba con los demás compañeros con los que solíamos hacer los descansos, pero un su ausencia, las conversaciones eran un poco menos emocionantes. Tocábamos temas similares, más faltaba su presencia. 


Me reía sinceramente mientras me venía a la mente la pregunta de si ella también se reiría e imaginaba lo que hubiera podido contestar después. 


Pensé en que quería que fuera algo así como ‘compañera de vida’, no necesariamente de manera romántica aunque esos pensamientos a veces surgían sin llamar, como mera curiosidad. 

Sabía que eso no significaba que me gustara porque con otras personas había sentido lo mismo pero prevalecía la amistad. 

Imaginé que a pesar de que pudiéramos cambiar de trabajo, podríamos vernos a menudo o hacer planes los fines de semana. 

Llamarnos por teléfono o videollamada cumpliéndolo ‘de verdad’ sin quedarse solo en pensamientos no efectuados al igual que con la gente del instituto.

Seríamos los confidentes el uno del otro, nos apoyaríamos aunque fuera a veces en la distancia y seríamos de las primeras personas a las que contarle cualquier cosa curiosa que nos pasara.


Era mi primer trabajo y ella solo tenía un par de años (en realidad año y meses) más que yo con lo que los dos éramos jóvenes. 

Me parecía una persona muy madura, con ideas claras, no se enfadaba apenas, era humilde y dulce, siempre intentaba entender y ayudar a la gente y arreglar cualquier malentendido hablando para hallar una solución común. 


Mirando al futuro, pensé que si tenía hijos, querría que mi pareja tuviera cualidades parecidas e ideas sobre la educación similares a las mías. 

Tras esa reflexión sobre su personalidad, comenzó esa confusión de “¿Solo amigos? ¿Qué siento por ella?” 

Al igual que algún que otro sueño dándonos la mano por la calle o un beso. Eran muy inocentes pero no hacía falta algo más íntimo como para replantear nuestra relación. 


Empecé a mirar en internet un montón de páginas sobre cómo diferenciar tus sentimientos, cómo saber lo que siente la otra persona, como tener la conversación en la que admites lo que sientes… 


Todo estaba más o menos en la línea de “¿Te imaginas un futuro juntos? ¿Crees que os complementáis bien? ¿Hay atracción? ¿Piensas mucho en esa persona?” y en resumidas cuentas, lo que yo pensaba era que si me imaginaba un futuro juntos con una vida tranquila a la vez que agradable. Respecto a lo de que si nos complementamos bien creía que si, en el trabajo sacamos bien las cosas pero yo era el que necesitaba de su ayuda.

Las conversaciones solían ser amenas a pesar de que ya esa novedad de conocernos hubiera pasado, porque no había tanto que contar de un día a otro. 

La atracción era un punto delicado, no me había llamado la atención en un principio por ese aspecto pero era mona también aunque al gustarme su personalidad contribuía mucho a mi opinión sobre su aspecto físico. 

Me gustaba su sonrisa, la expresión de su cara, la simpatía y la tranquilidad de su presencia. 


Pensar me parece que no pensaba en muchas cosas más, que recordara a lo largo del día.

Cuando estaba consciente me comenzaba a imaginar cosas bastante incómodas porque no quería que se me notara en la cara y dado que sabía que no sentía lo mismo que yo.


 Estaba confuso porque surgía esa pregunta de “¿Quieres estar con esa persona genuinamente, o es porque solo quieres a alguien para no estar solo?”. 

No sabía muchos detalles, solo que me gustaría verla en mi futuro como una figura próxima, tampoco hacía falta tener todas las respuestas en ese momento ni querer tener de inmediato una etiqueta que encajara perfectamente con mis sentimientos. 

Lo único que podía hacer era aguardar a ver cómo evolucionaba la historia dado que en ese momento, aunque ninguno tuviera pareja, ella no parecía estar interesada en mí más allá de la amistad.

Sobre todo lo noté en que alguna que otra vez, rechazó salir un rato porque estaba cansada, ocupada o ya tenía planes con otras personas. No dejamos de quedar por completo, pero cada vez se espaciaban más y más el tiempo entre salidas.


Comprendía perfectamente que a mí me veía 8 horas al día entre semana, hablábamos en los descansos y en general no había nada nuevo, mientras tampoco quería que descuidara ninguna de sus amistades. 


No obstante me quedaba esa sensación de esos momentos de aclarar mis dudas o media hora de descanso por la mañana y otra tanta por la tarde no eran demasiado. 

Querría hacer algo más especial como puede que un fin de semana visitáramos algún lugar cercano, hacer senderismo suave, visitar museos, acudir a algún musical o exposiciones de temporada… 

Tras dos años desde que comencé a trabajar allí y de conocerla a ella, apenas quedábamos una vez cada 2 o 3 meses para hacer algo sencillo como tomar un café un sábado. 

Había declinado todas las propuestas de realizar alguna actividad diferente y me dolía porque la idea de ser algo parecido a pareja se alejaba cada vez más. Llegó un momento en el que no me importaba ser amigos si seguíamos juntos, pero ese juntos se fue deteriorando poco a poco… Jamás dejó de ser educada, jamás dejó de sonreírme ni de ayudarme, jamás dejó la profesionalidad, más parecía que ella no me consideraba más que un amigo del trabajo que en el trabajo se quedaba y muy de vez en cuando hacíamos algo fuera. 


Las relaciones humanas nunca son perfectas, todas tenían sus baches o sus pequeñas imperfecciones, si bien, lo relevante era que nos aceptábamos el uno al otro con todo lo que nos hacía ser nosotros. 


No me hablaba demasiado por mensajes y yo me contenía porque no quería incomodarla. Dejé de contarle tantas preocupaciones y supe que ella dejó de contarme de sus planes cuando me dijo un viernes que la semana que viene se había cogido de vacaciones. Resulta que se fue de crucero bordeando la costa, más no me envió ningún mensaje detallado cuando le pregunté el miércoles que qué tal estaba. Un simple “ genial, gracias” me sentó como un puñetazo casi. Tan solo me hubiera gustado algo parecido a un “ahora estoy en X ciudad”, mandar dos tristes fotos o simplemente decir un “ya te contaré”. 

Sin hablar de que no podía dejar de pensar en lo que estaría haciendo al observar su mesa vacía, que me habría apuntado ilusionado cogiéndome vacaciones y hubiera ido con ella también de crucero. 

Me recorrió un cosquilleo por la espalda al imaginar que compartíamos camarote pero me dije que eso jamás ocurriría porque los giros tan radicales eran mucho más probables en las historias de amor estándar. 

Era el mejor plan que podríamos haber hecho juntos, sin embargo, fue con una amiga y ya confirmé por vigésima vez, que yo no era esa persona que había elegido que le acompañara ni de crucero, ni para nada mucho menos emocionante. Cada vez tenía la sensación de que contaba menos conmigo.


De todas formas yo no cesé en mi impulso de insistir sutilmente si estaba libre algún fin de semana o de acompañarla a comprar algo de cenar tras el trabajo e inventarme cualquier excusa mala para alargar su presencia. 


Recuerdo haber derramado algunas lágrimas pensando en que yo no era la persona escogía para hacer nada más que tomar el café en el trabajo… pero cuando se me pasaba, lo pensaba de forma más fría y reflexionando un poco más antes de tomar decisiones de las que pudiera arrepentirme más tarde. 

Cuando uno estaba mal siempre se solía pensar en hecatombes y tras tomar un punto de vista más distanciado, intentaba razonar.


No obstante, el ciclo no se detenía apenas y comencé a pensar que las cosas se estaban enfriando realmente, sin exageraciones ni emociones de por medio que teñían la realidad. 

Primero la ilusión de hacer algo, después el miedo a ser rechazado, más tarde me animaba porque con ella me sentía bien, me ponía excusas o daba largas haciendo que me sintiera demasiado insistente. A veces incluso lloraba diciendo que todo estaba perdido, relativizaba convenciéndome de que no. Me recuperaba un poco y de nuevo regresaba para sugerirle algún plan que no llegaba a concretarse hasta 4 meses después.


Una de las últimas veces que salimos al cine y a dar una vuelta, me despedí de ella contento por esa buena tarde.

No pasaron ni 5 minutos caminando solo hacia mi casa cuando rompí a llorar pensando en que eso no se repetiría hasta por lo menos un tercio de año.


Ya no me atrevía a volver a pedirle tan abiertamente vernos fuera de la oficina, si bien, no lo dejé por completo al pensar que todas esas veces que me decía que no, se veían compensadas por una tarde en la que sí accedía. 

Deseaba creer que eso podría ser suficiente, pues las amistades no necesitan de grandes eventos para permanecer vivas. 

A pesar de ello, creo que llegó un momento en el que era menos feliz.


Iban a cumplirse 3 años desde que me contrataron, cuando decidí cogerme casi un mes de vacaciones para pasarlo tranquilo y con mi familia.

 Las cosas entre ella y yo iban cada vez peor, bueno, en realidad no iban simplemente. 

No hablábamos más que de trabajo, se había tornado incómodo los momentos juntos a solas.

En el pasado era todo lo contrario , puesto que casi me rompía la cabeza para hacer que otro compañero se marchara sin que se sintiera ofendido y que hubiera pocas sospechas de mis intenciones.

Dolía quedarse callados, ella tan tranquila mientras yo me enfrentaba cara a cara con lo que nunca pudo ser a pesar de intentarlo. 


Le comenté a mi prima de confianza  que la echaba de menos pero a la vez no quería verla porque iba a volver a sufrir. Era una contradicción fuertemente incordiante que pesaba en el corazón y mi prima me aconsejó que si me hacía daño lo mejor era soltar. 


Soltar era una palabra que aterrorizaba porque soltar es aceptar que lo que querías que fuera no podrá ser y que todas esas esperanzas se difuminaran en ilusiones. 

Soltar es poner el millón de planes en el cajón de “cosas que improbable que surjan” y seguir con tu vida en un camino diferente. 

Soltar es cerrar un ciclo. 


Los días de descanso fueron reveladores, puesto que pude desconectar un poco de su presencia física constante, extrañarla ya no era sinónimo de llorar sino más bien de un suspiro también cargado de significado. Pensaba en ella mucho, en nosotros, pero como algo más bien de fondo, se quedaba en segundo plano.


Finalmente me di cuenta, gracias a esa distancia, de que algo de cariño había. Obtuve esa certeza de que viviría feliz sin ella y en paz.

La diferencia era que, a pesar de encontrar la dicha por separado, no quería alejarme, no quería que se alejara.


Tres días antes de regresar a la rutina, las contradicciones atenazaban mi mente. Debía de regresar y romper esa calma. La echaba de menos pero estaba seguro de que, a menos que todo cambiara drásticamente, verla de nuevo conllevaría el escozor en las heridas de expectativas incumplidas.


Nada más volver, me saludó con esa sonrisa que me atrapaba. Tuve un fugaz pensamiento de “ahora sé por qué sigo enganchado” alabando su sonrisa y otro que decía “¿Volverán las cosas a ser más cercanas como antes?” 


Hablamos dos minutos sobre mis vacaciones para que después me comentara que tenía la nueva costumbre de llevar un termo de café de casa. 

La traducción era que no bajaría a la cantina y la escasa hora de descanso no sería más con ella. 

Me quedé un tanto confuso y dije simplemente que como quisiera aunque por dentro sollozaba. Ya ni siquiera era la persona a la que elegía para hacer los descansos. 

El distanciamiento era cada vez más tangible, más real y menos asociado a cavilaciones catastrofistas. 


Cuando se lo conté a mi prima me aconsejó que insistir me estaba desgastando, lo cual era totalmente cierto, no obstante hasta no oírlo de la boca de alguien más, de forma clara, no cayó ese peso de realidad sobre mí.

A lo mejor había aceptado que me dolía pero la palabra “desgastar” conllevaba un deterioro considerable a la vez que aterrador. Quería seguir insistiendo y me daba miedo eso de “no ser lo suficientemente fuerte” para luchar por lo que quería.


Rondaba la idea de tener una conversación con ella para dejar las cosas claras de si había algún motivo “especial” por el que no se animaba a salir. Por especial, me refería a algo diferente a un “porque no me apetece”. 


Me costó días encontrar "el momento adecuado ”. Cuando sentía ese vestigio de lo que fue y en algo de confianza perdida, no quería arruinar el recuerdo con una conversación amarga.

Al final me decidí por un viernes, porque tenía 2 días de descanso para poder reflexionar un poco más, o eso era de lo que me convencía, porque el no tener que hacer nada, me hacía llorar más. 


Al salir por la oficina, le dije que quería hablar de una cosa, cogiendo las escaleras en vez del ascensor para alargar la conversación un poco.

Comenté que había notado una cierta distancia desde hace ya tiempo y al quedarse en silencio añadí un “¿No crees?” Aunque su “Puede ser” era la muletilla por excelencia de contestar porque me has preguntado. 


Expresé que me apetecía vernos algo más en el trabajo, algo totalmente obvio porque se veía claramente mis intenciones con las numerosas peticiones del pasado. Me respondió que siempre podía quedar con “alguien más” sintiéndolo como un puñetazo de realidad comentando un “es que a mí me gustaría salir contigo porque me caes muy bien”. 

Esa expresión de “me caes muy bien” me salió para no hacer las cosas demasiado dramáticas ni pesadas. Rechazar a alguien al que le caes bien es mucho más ligero que rechazar a alguien que te dice un “te quiero como a alguien de mi familia”.

De todas formas lo sentí como una especie de insulto a la magnitud de mis sentimientos teniendo ganas de llorar debido a mi propia ofensa. Ella era una persona con la que quería permanecer cerca toda mi vida si podía ser, mientras que se podía decir que el gato de mi vecino me caía bien.


Se quedó pensando unos segundos hasta encogerse de hombros y comentar “a lo mejor tenemos diferentes prioridades”. 

Aún quedaban 4 pisos cuando tuve que secarme las lágrimas disimuladamente esperando a que no se diera cuenta. Creo que sí que lo supo pero no rompimos ninguno el silencio. 

Se despidió diciendo un “hasta el lunes” doliéndome de nuevo como esa pequeña espinita que mataba la poca esperanza sinsentido que me quedaba de que quisiera que nos viéramos antes. 


Caminé andando hacia mi casa con sus palabras resonando dentro de mí una y otra vez “queda con alguien más” y “tenemos prioridades diferentes”. Me preparé de cenar un sándwich en medio minuto, que acabó de mancharse un poco de mocos y lágrimas. 

Me lavé los dientes y me puse el pijama. 

Dejé 10 minutos de llorar tanto al entretenerme con una serie cuando dos actores se abrazaron y volví a ser una regadera otra vez. Me fui a la cama y el silencio hacía que todo ese dolor se amplificara.

Tenía los ojos hinchados y rojos, me dolía la cabeza, no podía respirar nada por la nariz con lo que la garganta de me quedó un poco seca. 

Bebí agua y al ser las 3 de la mañana casi, puse una canción en mi teléfono lo más baja posible y me concentré en susurrarla dejando ya de llorar tanto y aprovechar la tregua para conciliar el sueño.


Era consciente de que al haber sacado ese tema se conversación, me hubiera enfrentado a escuchar cosas que no quería oír pero no dejaban por ello de ser menos verdad.

Me decidí porque pese a la lógica de que el motivo más habitual de que si me daba largas, era porque no le apetecía, influía mucho la idea de causas ocultas que dieran algo de esperanza sobre que era una desconexión pasajera. 


La hubiera intentado esperar aguardando su disponibilidad pacientemente, no obstante parecía que el problema no era la falta de tiempo, sino la ausencia de voluntad. 

Fue una especie de acto necesario para aclarar un poco más, la situación.


No obstante, tras aquella revelación, continué un par de meses más estando pendiente de ella porque al igual que al principio si quería y ahora ya no, las ganas podían regresar.


Mi prima me insistió en que conociera a más personas. El consejo era lógico pero dolía saber que nadie sería como ella, nadie tendría su sonrisa y me sentía algo incomprendido porque no era tan sencillo para mí el pasar página. 

Durante ese tiempo, encontré en el trabajo algo con lo que distraerme aunque hubiera perdido algo de encanto.


Tras 41 días, llegó su cumpleaños. Le regalé una colonia que sabía que le gustaba y me abrazó dándome esos clásicos golpecitos en la espalda haciendo que ese momento se clavara en mi piel y me entristeciera. 

Lloré ligeramente a lo que ella me ofreció una caja de pañuelos. No era demasiado consuelo, más comprendía que no quisiera involucrarse más en mis emociones porque era consciente de que lloraba por un nosotros quebrado. 


Sugerí si quería celebrar su cumpleaños aunque fuera tomando un café y un dulce en media hora. No fue entonces sorprendente que dijera que me avisaría cuando pudiera y yo ya supiera que no era probable que lo hiciera.


Parecía que el destino se había vuelto a truncar.


Casi todos esos días tras regresar de vacaciones y hasta la llegada de su cumpleaños, lloraba algo por las noches. Lloraba al no poder evitar darme la vuelta y observar un momento como se marchaba y contenerme para no llamarla o correr tras ella.


Lloraba porque me sentía un llorica. 

Ni siquiera éramos pareja ni eso era una ruptura romántica. 

La sociedad puede habernos enseñado que lo habitual es que relaciones amorosas sean más dolorosas que las amistades, porque la intimidad física enganchaba. 

Ahora me parece que lo que más engancha es sentirte cuidado o querido por quién eres, un matiz diferente a sentirte deseado… 

Mi prima me abrazó diciendo que no era cuestión de comparar qué cosa era la más insoportable porque el sufrimiento era algo muy personal. Todo merece el mismo respeto.


Me dio a leer una hermosa reflexión llamada “Seremos recuerdos” (https://ecosdemadrugada.blogspot.com/2025/02/seremos-recuerdos_5.html), que me llegó a lo más profundo del alma. Muchos podíamos identificarnos con el protagonista. 


Ojalá mi prima estuviera equivocada y no fuera la misma situación, pero ya no había más ganas de creer todos mis autoengaños. 


Era de por sí desgarrador el dejar de hablar con alguien con quien tenías esa ilusión de ser compañeros de vida, pero una tortura cuando sabías que algo moría entre los dos y estabas obligado a verlo apagarse porque nos veíamos cada día.

Los cierres abruptos son mucho más impactantes. Me refiero a esas ocasiones en las que algo marca a dos personas y las separa de golpe. Una discusión, un engaño, una mentira grave, una decepción fuerte, un desencuentro difícilmente superable o incluso una mudanza permanente. Rápidos, limpios y atroces. Por otro lado, al menos te hacía casi poner “una fecha en la que todo se torció”, era un evento bastante claro que al menos te permitía comenzar el duelo de la relación de forma más rápida. 

En muchos otros casos, la ruptura era todo mucho más difusa, llena de “decepciones diminutas” que van sumando, que van desgastando y las esperanzas no se mueren del todo hasta mucho más tarde. No hay nada que marque exactamente ese comienzo de distancia al ser algo gradual, lleno de confusiones y altibajos. 


Tengo en mi mente ese domingo, en concreto.

El día había sido bastante normal e incluso puede que animado, cuando a media tarde me dio un bajón emocional y me puse a llorar sin saber muy bien por qué. 

No había motivos concretos, solo que me sentía cansado porque el fin de semana había pasado demasiado rápido y al día siguiente era lunes. Me sentí como los niños pequeños que lloran cuando tienen sueño. 

Estaba exhausto, sin fuerzas para seguir de la misma forma y sin ganas de continuar así. 

Puede que no fuera tanto como un “clic” en mi cabeza, sino que tras esos repetidos “ya no puedo más” que se suelen decir, en esa tarde sí que de verdad sentía que no podía más. 

Estaba en ese punto en el que se te saltaban las lágrimas al solo pensar en que al día siguiente tienes que madrugar y volver al trabajo o a comenzar la rutina nada motivante.


Le escribí una carta que se sentía como una especie de llamada de atención urgente para salvar lo que quedaba de relación. 


Expresé mi deseo de que esto fuera un bache en vez de algo permanente, pero que si no quería retomar una amistad más profunda, no pasaba absolutamente nada. Ser amigos o querer a alguien era mucho más allá de pasar tiempo juntos. Yo sentía que había sido una amiga cercana, en consecuencia, si no quería seguir siéndolo, tenía todo el derecho como cualquier otro de declinar una relación. 

Mi resistencia no hacía más que crear un resentimiento innecesario entre los dos. 

No quería enturbiar esos buenos momentos con un amargo final así que le puse también en la carta, que ahora dependía de ella lo que pasara a partir de ese momento. Yo ya había puesto iniciativa suficiente y lo dejaba en sus manos corresponder o no, sin yo seguir muriendo esperando algo que podría jamás llegar.


A veces la cercanía física no es suficiente para mantener viva la chispa, ni las ganas o la voluntad de uno porque siempre se necesitaban dos.


Había sido un buen viaje, más corto de lo esperado pero con momentos muy agradables. 

Pues siempre sería mi primera compañera de trabajo, mi amiga en la adultez, mi instructora. 

El apoyo fundamental que me ayudó a adaptarme a esa nueva dimensión que era trabajar dejando algo más atrás esa época estudiantil. Esta última nunca me arrepentí de haberla dejado atrás pues siempre me había afectado mucho esa presión y competitividad en las calificaciones. 


Reflexioné sobre todo ese tiempo que me había llevado el dejar de resistirme. Un año puede ser o año y medio porque las cosas se fueron apagando poco a poco. 


La muerte biológica es un proceso irreversible. Es el final de las interacciones de una persona en cada uno de sus aspectos … no en sus dimensiones porque la gente que nos conoció nos lleva en su mente, en su vida, en sus recuerdos y somos partes de ellos de alguna forma u otra. 


No obstante, las separación de personas son una muerte, aunque sea en un aspecto, para una persona y su mundo. 

La persona que quería estar conmigo había desaparecido, ya sólo vivía en mi pasado mientras seguía viendo a su fantasma y de vez en cuando algún indicio de lo que fue. 

No era nada malo en sí, porque había sido decisión propia. Permanecer con alguien que no quiere estar contigo no es algo agradable para ninguno de los dos con lo que lo mejor que podía hacer era asumirlo sin quedarme parado a ver si regresaba. 

A diferencia de la muerte convencional, los dos teníamos un futuro dando esperanza a este mundo a veces caprichoso.


Me hice más cercano a otros compañeros de trabajo. Estaba a gusto con ellos aunque no diría que quisiera que fueran de esas personas que cuando tuviéramos la piel arrugada, con las que quedar en el bar a echar alguna partida de cartas.


Incluso reconozco que lloré porque me di cuenta de que lloraba mucho menos. 

Parece algo extraño “llorar por no llorar” pero para mí eso me hacía darme cuenta de que las decepciones se habían acumulado demasiado, que había mucho daño en la relación, que se había vuelto fría y distante. 

Lloraba, porque al llorar menos significaba que las cosas probablemente no iban a arreglarse fácilmente. 

Lloraba por el cambio sin significar querer regresar, sino más bien a que ojalá las cosas hubieran sido de otra forma.

Para mi, llorar era como una “medida del proceso” por así demominarlo.

Otra gente encontraba esos indicadores en los lamentos silenciosos, los enfados, las caras largas, los pensamientos cíclicos o muchas otras señales que varían en intensidad y duración como manifestación de que el tiempo no se detiene.


Lamentarme al darme cuenta de que ya no era una “lágrima andante", era como un punto de no retorno, ese punto en el que aunque sigues sufriendo es algo más llevadero, en el que estás mejor y el miedo a sufrir y caer de nuevo, se vuelve muy presente.

Me pregunté “¿si ella volviera a ofrecerme quedar o regresar a mi vida de forma muy cercana, le volvería a abrir la puerta?”. 

La respuesta era un no sé, y a medida que pasaban las semanas, se tornaba en un no más seguro pues había avanzado en superarlo.


Suena un poco a cliché la frase de “la felicidad está en las pequeñas cosas” o “la felicidad está en tu interior”. 

He de decir que desconozco la veracidad de esas frases pero sí que pude comprobar que a veces no nos damos cuenta de ciertas pequeñeces muy bellas a nuestro alrededor, solo porque siempre estuvieron allí. 


Después de la aflicción, comencé a apreciar algunas cosas que antes no había hecho con tanto detalle.

Creo que fue una forma de “supervivencia emocional” que mi cerebro adoptó para tratar de encontrar algo de claridad o consuelo en esa época tan complicada.

Al ir al trabajo sin ganas, miraba al cielo más conscientemente con un “hoy está muy despejado. Me gustan esas nubes que parecen pinceladas sutiles en un lienzo de fondo azul. Esa nube es bastante grande y graciosa. Creo que va a llover porque el cielo está algo gris”. 

Unas plantas que crecían silvestres en la pared de un monumento de fachada imponente. Resilientes al permanecer en un sitio hostil y desapercibidas a los ojos de muchas personas. 


Las aves que iban revoloteando siempre. Me fijaba en los gorriones, tan pequeños, tan enérgicos y plumosos. Con sus movimientos rápidos y cortos mientras piaban. Algunos más delgaditos y otros de aspecto gordito y enternecedor. Sus saltitos y su vuelo les conferían ese aura de libertad que me hacía sonreír ligeramente cuando antes no tenía ganas. 


Antes de tomar la decisión de pedir mi traslado, siempre miraba hacia atrás al salir del trabajo. 

Nos decíamos adiós y miraba de reojo su espalda alejándose.

La diferencia residía en que no requería tanto esfuerzo resistirme a alargar todo lo que pudiera las despedidas ni hacía falta repetirme una y otra vez “si la quieres, la dejarás marchar” para recordarme que era lo correcto. 


Me venía esa idea de si sería como a veces sucedía. El momento en el que cambiaría al ser consciente de que me estaba perdiendo cuando se daba cuenta de que en realidad su vida era peor sin mí o que yo era más importante de lo que al principio se permitía creer. 

Esa noche no llegó, sencillamente porque en esta historia, ella sabía bien lo que quería y en este caso, no era ser amigos cercanos.


Igual que decía el relato de “Seremos recuerdos”, no era cuestión de esperar que el otro volviera arrastrándose pidiendo perdón por la oportunidad que perdió contigo o por no darse cuenta de que eras una persona maravillosa.

Espero que ella no se lamentara de su decisión igual que yo no lo hacía de las mías. 

Porque es cierto que hay muchas personas increíbles en este mundo pero las rechazamos sin dejar de ser ninguno de los dos igual de geniales que antes. Simplemente porque en la vida las cosas pasan y pasaron sin necesidad de dar atormentándonos…

No te encontraste ninguna moneda ayer en la acera y no ocurrió, sin más que añadir.


Me concedieron la petición de moverme a otro edificio teniendo el impulso de decir que era un error porque me volvió a entrar ese miedo de que ya no fuera mi compañera de la mesa de al lado. 

No lo hice, pese a haber estado dándole muchas vueltas. 

Quedé con mi prima ese fin de semana y me ayudó a pensar en otras cosas al menos durante un tiempo. 


Las cosas no se dieron mal al final pues el trabajo lo tenía dominado y lo único era no perderme demasiado en ese edificio por ser mayor. 

De todas formas, si no hubiera sido la misma empresa, me desenvolvería mejor que la primera vez, con más confianza al tener experiencia previa


Obviamente extrañaba a mis compañeros y mucho a mi amiga, aunque de forma mucho más tranquila y teñida por mi nuevo espacio laboral. 


Hubo días más complicados, cuando vi en el periódico local un artículo de una entrevista sobre ella. Había ascendido en el trabajo, acudía a reuniones importantes para la franquicia en otros países, la pagaban mejor y viajaba más… 

Hacía tiempo que solamente ponía una cara algo larga al ver la cafetería donde solíamos tomar algo, uno de los bancos donde nos sentamos en el parque, el cine al que fuimos, el plato del menú del restaurante que ella pidió uno de esos días… Fue uno de esos días en los que estuve bastante decaído y más afectado de lo normal al contemplar todos esos lugares. 

Uno tiene esa sensación de haber retrocedido lo que avanzó en su sanación, pero nada más lejos de la realidad. Siempre hay baches en todos los caminos.

No es que no me alegrara que le fuera bien, no obstante, sentí que yo era invariablemente el que me quedaba en su sombra de éxito. Era consciente que eran interpretaciones mías puesto que cada uno sigue un camino. 

En el fondo, y tras analizar más calmadamente la situación, yo estaba tranquilo con mi puesto de rango menor, en mi ciudad tranquila, sin tener que moverme si no lo deseaba, teniendo tiempo para mí y para mis amigos. Con dinero que no me sobraba pero tampoco echaba en falta. 


El amor no se desvanece, se transforma y ella nunca dejó de ser mi amiga a la que agradezco muchos momentos pasados. 

Ya no había arrepentimientos del prolongado tiempo que insistí porque vi que no era algo perdido y que lo hice porque valoraba mucho la relación. De hecho, creo que el intentarlo, me dio esa sensación de cierre en el que no quedaba duda de haber puesto todo lo que estaba en mi mano, de no haber luchado por lo que consideré que valía la pena. 

Siempre quedará ese aprecio, sin resentimientos ni pretensiones de poder haber vivido un pequeño capítulo de nuestra historia. Sé que me ha llevado a madurar y a mirar las cosas desde una perspectiva diferente.


A nadie le gusta sufrir, sin embargo, algunas lecciones constructivas (no traumáticas porque esas son destructivas) creo que, al menos a mí, me ayudaron a aprender a vivir un pelín mejor. 


Cuando algo te ha dolido bastante, lo tomas como “referencia” en la escala de malas experiencias y cosas que antes te parecían un desastre las empiezas a ver cómo algo molesto, pero no por lo que desvivirse o pasarlo más mal de lo estrictamente necesario. 


En el trabajo tenía pavor a hacerlo mal o equivocarme en algo con lo que dedicaba más del tiempo necesario a repasar varias veces, cuando las consecuencias no eran demasiado graves. No era cuestión de que me diera igual hacerlo mal, era esforzarse por hacerlo bien, más, si te llamaban la atención no era ninguna tragedia. 


Otra cosa que noté fue el dar menos importancia a las opiniones de gente que desconocía. Desde siempre me habían dicho que no se podía agradar a todo el mundo pero me esforzaba “de más” en intentar agradar al mayor número de personas posibles. 


Después de haber perdido una relación con una persona que era tan importante para mí, el dolor o la molestia de las opiniones de desconocidos o de que me dijeran un “la próxima vez repasa una vez más la hoja antes de enviarla”, parecía casi de risa…


Tiempo después conocí a gente que llenó mi vida de forma diferente pero igualmente enriquecedora. Personas que correspondían en mi anhelo de crear algo profundo mientras que otras no tanto aunque todas las experiencias contribuían a mí crecimiento y desarrollo personal.


Todo esto ha venido de regreso al presente, porque hace un par de días la vi otra vez. 

Ya se habían cumplido unos 5 años y pico, desde que dejamos de ser compañeros de oficina.

Yo iba cogido de la mano de otra persona, cuando ella salía de una tienda.

Seguía igual que siempre de sonriente y de expresión amable. Nos saludamos charlando un poco y cuando nos despedimos, mi pareja me miró preguntándome quién era por curiosidad. 

Yo respondí con “una vieja amiga del trabajo” y al girar mi cabeza al frente, vi a un pasérido con su plumaje de aspecto esponjoso, picoteando unas migas de pan, percibiendo que nos acercábamos y levantando raudo el vuelo. Eso sí que nunca cambió.


(El cielo, las nubes, las estrellas, las plantas pequeñas, las flores o los gorriones siempre presentes eran eclipsados por mi ajetreada rutina. Solo comencé a mirar con atención cuando en una época en la que la situación de mi vida no me gustaba, busqué consuelo en el exterior.

Parecerá una bobada o una exageración. Yo también pasé de mirar una planta o el cielo y decir un “pues muy bien, algo muy común”, a fijar mis ojos en él unos segundos, sonreír y pensar que es hermoso creyéndolo realmente.

A pesar de que ahora me encuentro realmente satisfecho con mi presente, recuerdo que aquello fue parte de lo que me empujó a continuar.


Logré ser más consciente y agradecer lo que damos por hecho solo porque siempre estuvo.

Con la naturaleza y con las conexiones humanas rutinarias o más simples.


Ojalá poder apreciar lo sencillo sin la necesidad de perder antes algo más grande.)





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