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Frente a una fuente

 



Me aburría estando en un banco de piedra, mirando una fuente enfrente cuyo flujo parece ser parecido pero nunca igual.

Escuchaba el arrullo de una paloma y algunas personas a mí alrededor hablando entre ellas, pasando por el jardín.

Me fijé en las hormigas caminando por el banco, por el suelo y preguntándome si cuando me levantara alguna se habría agarrado a mi ropa, si la aplastaría o si conseguiría sobrevivir en un terreno inestable.

Cuando estás acompañado no te fijas tanto en el sonido de los pájaros ni en el movimiento del polen de finales de primavera,en que apenas hay viento que mueva las hojas de los árboles ni que el cielo está despejado cuando por la mañana estaba gris. 

Y está bien. 


Observar y reflexionar sobre ciertos detalles es muy relajante al tiempo que compartir conversación con alguien, te hace sentir menos solo. 

Y menos solo me sentí en este momento mientras imaginaba a las personas con las que querría estar charlando. Será el plan de otro día, pero no el de hoy.


Entonces me pregunté… “Si muriera y pudiera dejar solo un mensaje ¿Qué diría?” 


Qué miedo, dejar de existir y qué inevitable a la vez. Desvanecerse como un globo que flota en el aire y se aleja hasta fundirse con el cielo, como un barquito de papel que va por el río hasta que se disuelve y forma parte del mismo y como nosotros que a la tierra volveremos.


La verdad es que no sé muy bien qué escribiría. No tendría un gran testamento legal donde poner nombre a todas mis propiedades actualmente inexistentes (porque el piso es alquilado y cuando necesito un transporte voy en autobús o con amigos) o irrelevantes objetivamente. 

Digo objetivamente porque tengo objetos que emocionalmente son valiosos.

Que se aproveche si se puede lo que tengo, dejárselo a mi familia más cercana o donarlo. 

 

Me vienen frases sueltas de mi vida hasta ahora. 

He pensado en tener un detalle con una persona que no conozco desde hace mucho porque dentro de poco habrá distancia entre ambos y es un pequeño recuerdo para que no me olvide tan fácilmente.

Me habría gustado poder ayudar un poco más a los demás. No de golpe, sino de manera tranquila. Supongo que me refiero a vivir más ocasiones en las que alguien se apoyara en mí y yo en él porque se sentiría bien. 


En ocasiones, que los años pasen fundamentalmente trata de tener una historia que llamas tuya pero la recuerdas como un pasado que en realidad podría ser el de cualquiera. 


Que está bien haber vivido más tiempo y también menos. 

Puede que nunca haya vivido en una casa con jardín grande y un perro, puede que nunca me haya enamorado como en las películas, puede que nunca haya tenido hijos, puede que nunca haya viajado a muchos lugares, puede que no haya sido tan feliz como me hubiera gustado.

Existen cosas que podría haber hecho mejor, pero nada que me atormente ni que me consuma y eso, no es poco, es una fortuna.


Aún recuerdo cuando le dije a un niño que vi, que ser más viejo es haber respirado más veces. 

Lo es e igualmente, un hecho al que no todos pueden llegar.

No nos hace necesariamente más o menos felices, ni más o menos conscientes, ni más o menos sensatos, ni más o menos sabios, ni mejor ni peor… 


“Ha estado bien” es lo que se me ocurre decir. 

Ha estado bien aunque haya dolido a veces, momentos en los que solo se sigue respirando y otras veces mucho más llevaderas, increíbles o inolvidables. 

Ha estado bien porque existir tiene un valor y me alegra haber podido gozar de él. 

Un valor en sí mismo que no depende del número de personas que te lloran ni que te recuerdan.

Ha estado bien por haber podido sentir, llorar, emocionarme, pensar, reflexionar, actuar.

No digo que quiera que mis seres queridos me olviden, sino que espero que superen mi marcha con la aceptación de que no hay que hacer cosas maravillosas, no hay que hacer cosas variadas, nuevas, emocionantes para disfrutar ni para estar agradecidos y felices.


Puede no parecerlo, pero en mi imaginación he vivido muchas cosas divertidas, he viajado a muchos lugares hermosos. 

He sentido, y mucho, aunque solo fuera en mi cabeza, en forma de historias o instantes que suelen calificarse como ‘aquellos por los que merece la pena haber nacido’ cuando en realidad son muchos más. 

Todos tienen ciertamente un valor y claro que no merece la pena existir solo por los buenos momentos, también por las experiencias, por el tiempo que sobra y otras por el que falta, por las emociones de ilusión, de decepción, de alegría, de tristeza, de esperanza, de desmotivación, de amor, de dolor, de miedo que siguen avanzando con nosotros por caminos pedregosos. Incluso siendo bebés inconscientes plenamente o ancianos con demencia, merece la pena porque sentimos, porque estamos, porque vivimos.


Mi vida ha sido tranquila ciertamente en parte porque yo lo quise así, no demasiado interesante desde fuera pero con derecho a haber sido vivida, como la de todos.


En calma me quedo con saber que, a pesar de no haber realizado una gran cantidad de buenas acciones, tampoco creo haber causado un dolor o destrucción irreparable en los demás


Espero que cuando llegue la hora realmente, más allá del ejercicio

 mental, pueda irme con la misma paz que ahora.


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