Platos colocando con unos cubiertos a los lados. Servilletas blancas recién planchadas y copas brillantes de cristal. Una buena botella de vino añejo junto a un centro de flores secas.
Solos estamos, solos morimos y las personas que antes de mí estaban, se han marchado.
Casi inmortal, casi sempiterna.
Con un "casi" al principio que anula lo que viene después.
Soy muy anciana sobreviviendo generaciones tras ver tantas cosas que la gente de ahora tampoco sabe.
He presenciando los golpes de enfado sintiéndome aterrada y de palabras entre gente que se amaba.
He sentido a personas reunidas a mí alrededor.
Sostuve el peso del amor de una pareja apasionada y el de alguien cuya vida fue arrebatada violentamente.
El de un bebé riendo o llorando porque estaba fría y el de un niño que se había hecho daño en la rodilla.
He sido manchada de sangre, polen, barro, arena, comida, basura, lágrimas, saliva y sudor…
He escuchado emoción, dolor, risas, llantos, silencios, ruidos y música.
He sentido las cosquillas de unas manos o del pelo de un gato y sus arañazos que escuecen.
Marcas por todos lados y las que más me afligen no son las que más me debilitan, sino a los humanos que más frágiles son y a veces peor se las trata.
Días con personas que discuten a mí alrededor.
Meses aburridos en soledad mientras se acumulaba el polvo.
El silencio roto tan solo por el zumbido de insectos que despistados caen en la tela de araña para ser devorados.
Era lo más parecido a un árbol que había en esta gran ciudad mientras mis piernas pudieron seguir soportando el peso de mi historia.
Sin embargo, esta noche es diferente. Han venido los propietarios de la casa, pisaron a la araña, limpiaron la tela, retiraron el polvo y taparon con cera los rasguños. Los taparon pero no los borraron.
Hoy van a venir unos amigos a cenar con niños. Me gustan los niños porque son los que más energía y buenos momentos me dieron.
Si pudiera hablar, les diría a los adultos que no les regañen por mancharme con sus zapatos, que no les hagan estar quietos cuando una patada se escapa por la ilusión de seguir siendo jóvenes e inocentes.
Mi final llegó con uno de esos chiquillos traviesos que no querían comer las verduras que el abuelo había preparado cantando por la cocina.
Un empujón a mis piernas debilitadas que ya cedieron estrepitosamente.
El final fue abrupto y escandaloso, con el parqué de madera lleno de cristal y vino, pétalos de flores, algún plato roto y el llanto de un bebé asustado.
Luego el niño se disculpó conmigo y con los demás por lo sucedido. Expresiones de desaprobación hacia él, mientras yo, si pudiera haberme hecho oír, le habría dado las gracias.
Mejor deteriorarme y morir por golpes de ilusión que de ira y de frustración.
Cuando las cosas envejecen se vuelven frágiles y subestimaron el hecho de que yo no soy inmortal y de las ganas que tenía de descansar en paz.
El anciano abuelo del niño se enjugó las lágrimas de la pena y me acordé cuando él algún día me había usado de escondite hace mucho tiempo para jugar, otras veces para dormir o bien, para pensar.
Lloró igual que quise llorar yo cuando su bisabuelo, el hijo menor del que me construyó, también partió. Ya le había echado de menos lo suficiente.
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