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Apelación a un reloj

 



¡Qué sórdido silencio imperturbable es el que

mi habitación invade!

Nada más que el golpeteo perfectamente

acompasado del segundero osan resquebrajarlo.


Creador del tiempo que te manifiestas tras una cápsula de frágil cristal.

Legislador, juez y vigilante en nuestra cárcel de oro que se pasea sin dignarse a escuchar nuestras humildes y modestas súplicas.

Ni el anciano más moribundo es objeto de tu compasión, ni el sufrimiento más implacable e inhumano serán motivo de misericordia. Nadie sobre la faz de la Tierra será testigo de tu indulgencia pues ni los momentos de sosiego más impertérritos, de la bonanza más próspera o de felicidad más verídicos son absueltos de pagar sus respectivos tributos.


Cobarde, que no te atreves a descender a mi altura, cobarde ente malvado que ha venido a nublarnos la existencia de los que en este cosmos habitamos.

Cobarde que no te arriesgas a abandonar tu soberbio trono de supremacía.

Cobarde que te niegas a despojarte de tu hermoso cetro engarzado tras el que permaneces oculto.

Contéstame de una vez por todas y para siempre a las interpelaciones que a todos los hombres nos torturan sobre nuestro efímero vivir.

Cuestiones sobre el sentido y finalidad de nuestra presencia si más tarde desnudos deberemos partir dejando atrás todos los lujos que con nuestro sudor alcanzamos.

Interrogantes abiertos sobre el inquietante más allá que hace a la gente tan miserable y cuyas respuestas custodias tan celosamente.


Aprisionados en esta jaula de oro. Condenados a permanecer con una angustia y tormento desmedidos de ser forzados a marchar cuando menos lo intuimos para jamás ser capaces de regresar de nuevo, extirpados del mundo como las malas hierbas. La desazón de ser arrancados de los brazos de las personas que amamos y nos aman es la primera losa eterna con las que nos cargas al nacer.


Algunos te alabarán como un dios clemente, pero yo me pregunto si realmente la depravación reside en nosotros o en ti.

Parece que se regocija en nuestras penas un antojadizo universo gobernado por tus afiladas manecillas. Infame capricho el de crearnos tan inteligentes para ser conscientes del tiempo y la muerte, pero tan tontos para no ser capaces de comprender su sentido.






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