Empapando tu rostro las lágrimas de arrepentimiento.
Los estruendos de tus sollozos bombardeaban mis sentidos como un huracán amenazando con derribarme al ya conocido desconcierto.
Como unas olas feroces chocando contra el débil castillo de arena de mi voluntad, de mi decisión ablandada por la duda de la llegada de un cambio imposible.
Meses tardé en que las paredes se hicieran de acero.
Construir una fortaleza alrededor de mi corazón amenazando con oxidarse por el efecto del agua salada en tus pupilas.
Decenas de palabras de perdón brotaban de tus labios para caer enseguida en el inevitable vórtice del olvido.
El titánico esfuerzo para no romper a llorar puso al límite a mis fuerzas pero sin saber cómo, seguía en pie.
En mi cabeza surgían mil pensamientos de piedad rápidamente ahogados por mil y un recuerdos de escenas de odio desprecio y dolor que no me habían permitido disfrutar del hermoso regalo que es vivir.
Una sangrienta batalla en mi mente se libraba por el control de mi cuerpo, hasta que la última voz de compasión fue asesinada.
En compañía de las ruinas de mi alma y las tenebrosas sombras que habían conquistado mi espíritu, decidí que el momento de actuar había llegado al fin.
Con mis manos temblorosas, apreté el gatillo.
La bala de amor emponzoñado y envenenado hacía ti iba dirigida, no obstante, yo a ese estafador le vendí mi alma hace tiempo.
Vivir con un demonio me obligó a convertirme en uno peor.
No hay vuelta atrás, porque un demonio jamás perdona. Lo sabes bien.
Ahora era esa venganza en forma de pequeño trozo de metal dotado de una velocidad letal.
Atravesé tu cuerpo sujeto por el terror, envuelto en miedo y frágil como los de carne.
Innumerables veces me venciste mientras a mí solo me valió una.
Una sola para acallar eternamente la boca de aquel ser cuya voz resonaba en mis pesadillas nocturnas que hacían de la oscuridad un ardiente infierno.

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