Coincidencias premeditadas.
Aquel día, ella llevaba un grueso abrigo de color negro y unos pantalones deportivos grises, en cambio, él se había decantado por un abrigo impermeable azul eléctrico. Era temprano cuando, como de costumbre, ambos salían de casa en dirección a clase.
Siempre por el mismo camino, cruzándose aproximadamente a la misma hora en el mismo lugar.
Aunque apenas el sol se había asomado por el horizonte, mucha gente se encontraba en la calle abriendo un nuevo día laboral. Iban en direcciones contrarias e instintivamente sin darse cuenta se estaban buscando con la mirada, atentos hasta encontrarse en aquel semáforo de la avenida principal.
No muy distantes estaban.
A lo lejos, la luz se tornó verde cediendo el paso a los peatones. Él corrió con la mochila dando brincos en su espalda, desequilibrando todo su cuerpo. Por más que aceleró, llegó tarde, su turno había acabado y ahora tocaba esperar.
Los coches pasaban a toda velocidad en un tráfico bastante ajetreado por los cuatro carriles que en él había.
Muchos de diferentes tamaños, diseños, marcas, colores… circulaban a dos metros de él. Desde un Citroën Xantia azul a un Xsara blanco, un Fiat 500x negro, un Seat Ibiza rojo, un Toyota Camry, una moto honda negra e incluso un Porsche Panamera azul de por lo menos 110 mil euros.
Muchos de diferentes tamaños, diseños, marcas, colores… circulaban a dos metros de él. Desde un Citroën Xantia azul a un Xsara blanco, un Fiat 500x negro, un Seat Ibiza rojo, un Toyota Camry, una moto honda negra e incluso un Porsche Panamera azul de por lo menos 110 mil euros.
A pesar de todo aquel bullicio, miró al frente y sus miradas se cruzaron en la distancia. Observar sus ojos en detalle no le fue posible, pero ya sabía que se había percatado de su presencia. Quería apartar su mirada de ella enseguida, pero no podía. Deseaba analizar cada movimiento suyo, tratara de leer su mente aunque fuera imposible, disfrutar contemplando su cabello enredado por el viento y a ella frustrada tratando de domarlo.
Se puso en verde. Caminó hacia el frente, aunque como cada mañana sus piernas temblaban cuando ella andaba cerca. No debían de mirarse, pero la parte racional de ambos perdió. Ya podía verla sin ningún impedimento, sus ojos pardos y su rostro cubierto por un suave foulard.
Ella le observó también temiendo su reacción, su actitud o lo que fuera a ocurrir en aquel momento.
Se congeló el tiempo.
Allí pudieron compartir algo mucho más profundo que lo que por fuera aparentaba. Los mismos pensamientos, los mismos recuerdos y los mismos sentimientos solamente presentes en aquellas dos mentes yuxtapuestas.
‘El sol de julio ya había alcanzado el medio día y el cielo estaba totalmente despejado, sin una sola pincelada que lo acariciara en forma de cirro o estrato. Salieron del restaurante con una mueca de desagrado cuando recibieron la bofetada de aire veraniego en su semblante indicando que el aire acondicionado del local trabajaba a pleno rendimiento.
Iban de la mano, con los dedos entrelazados entre sí para que la superficie de contacto entre ambas pieles fuera mayor. El calor hacía que las glándulas sudoríparas se activaran y humedecieran sus manos de aquella sustancia salada. Pero se negaban a soltarse, como si al hacerlo, se fueran a desintegrar repentinamente, como si no tuvieran toda la vida por delante, como si el destino les fuera a separar de un momento a otro.
En llegar al parque, tardaron una eternidad pues caminaban tranquilos, sin prisas, con extremada calma y haciendo todo lo posible para disfrutar cada momento juntos. Hablaban y reían despreocupadamente sobre temas poco trascendentales e importantes que les hacían compartir unos momentos de felicidad incalculables.
Se recostaron en el césped bajo aquel viejo olmo que les daba sombra y una pequeña racha a aquel insoportable bochorno. Ella le miró con detenimiento, sin querer perder ni un solo detalle de su cuerpo. Sus labios se buscaron encontrándose un instante más tarde, la textura era suave, dulce y un gustillo a tarta de café con galletas que ambos acababan de tomar. Se agarraron con los brazos firmes anhelando estar cada vez más cerca, hasta que la barrera física lo impedía. A pesar de no ser capaces de unirse más, consideraban que no estaban lo suficiente.
Deseaban fusionarse en una sola entidad, más aquella forma física en las que sus almas se encontraban encerradas, no les permitía ir más allá, chocaban con la sólida y firme pared de su propia naturaleza.
Se quedaron abrazados el resto de la tarde, y se prometieron el uno al otro que su amor perduraría como el árbol bajo el que estaban sentados.’
Inevitablemente tuvieron que interrumpir el contacto visual y la profunda conversación telepática de recuerdos que compartieron en un instante.
Volvió a pisar la acera y él no pudo evitar mirara hacia atrás, solamente observado su silueta recortada en el fondo de luz emitida por las farolas.
Si no se había dado la vuelta era porque sus sentimientos no coincidían, ¿habría olvidado aquellas tardes estivales y la seguridad con la que prometieron quererse bajo el enorme olmo centenario? Llegó a la dura conclusión de que ese tipo de promesas no debían de realizarse.
Mantuvo la vista al frente valientemente pero el silencio de su interior, se rasgó con el llanto desesperado de su corazón.
Sin llegar a descubrir que antes ella había observado su espalda de la misma manera y que su corazón estaba igual de roto que el suyo.
Mientras, en la cabeza de ella, rebotaba el texto que mil veces había leído en un libro hasta aprenderlo de memoria.
´´Entonces, Irina se sentó en su escritorio y comenzó a escribir en la última cara de su precioso diario:
Dicen que las palabras se las llevaba el viento, pero ellos habían descubierto desafortunadamente en algunas situaciones que ciertas palabras pronunciadas por personas concretas se grababan a fuego en la mente. Te queman tanto que jamás te recuperas del daño que te causaron. Siempre quedarían allí de una particular forma.
Para entenderlo, personalmente, siempre me gusta hacer una analogía bastante clara y precisa:
Una bofetada te duele, provoca una pequeña hemorragia interna distinguiéndose desde fuera en forma de moretón, el dolor se calma y solo es cuestión de tiempo que la sangre se reabsorba.
En contraposición, lo más nocivo de todo son las palabras, unos cuchillos arrojadizos de acero casi imposibles de esquivar que al impactar en tus oídos, se fragmentan en mil pedazos plagando tu espíritu de su veneno.
La mayoría puede extraerse con el tiempo.
En mi analogía, las personas que conocerás a partir de ahora, serán los diferentes cirujanos que tratarán de retirar los trozos. Unos lo intentarán pero les será imposible, algunos se quedarán en el camino mientras otros conseguirán retirar la mayoría.
Casi no falta ninguno.
El psicólogo te hará unas pruebas para dictaminar si se puede operar o vale la pena. Descubre que los fragmentos que aún perduran, están realmente fijados al cuerpo, incrustados a tus órganos vitales y inútiles de extraer. Ya son parte de ti mismo y debes de aceptarlo.
Aquella situación te ayudará a definirte como persona, tu personalidad y moldeará tus pensamientos más críticos. Ya, sin ese mal recuerdo, no podrías llegar a lo que acabas siendo, el tipo de ser en el que te has convertido. El conjunto de momentos vividos son indispensables al igual que los que no viviste. A veces duele más lo que no pasa que lo que realmente está ocurriendo.
La mente es así de cruel. Te engaña, te hace ver lo que no es, imaginar cosas que no van a ocurrir jamás, ilusionarte sin razón ni motivo.
Supongo que no hay cosa más hermosa que el acabar un diario marque el final de una etapa y el principio de otra.
Siempre te voy a llevar en el corazón Leo, pero ya es hora de pasar página``
No conseguía olvidarle
Ir por el mismo recorrido de manera premeditada exponiéndolo al resto como una simple coincidencia. Todo al preferir una cuchillada del pasado pero manteniendo la esperanza de que llegaría el día en el cuál, la otra persona diera el paso.
El tiempo pasaba, el camino se dividía. Si les preguntabas, descubrirías que consiguieron ser lo más cercano a la felicidad que era posible habiendo perdido de jóvenes al amor de su vida. Formaron una familia a la que querían y vieron cumplidos la mayor parte de deseos y sueños. Pero aun así, no se sentían totalmente llenos ni a gusto consigo mismos.
Mas era por la noche cuando su subconsciente les gritaba lo mucho que se necesitaban y el terrible error que habían cometido, los temas pendientes que continuaban abiertos haciendo sangrar un poco aquella perpetua herida aparentemente inexistente.
Lo peor, era que podrían haberlo cambiado, dando el paso y dejar de callar. Pero en vez de eso, prefirieron el silencio y la espera de que siempre fuera el otro el que finalmente cambiara las cosas.
Todo acabó sin descubrir que la promesa bajo el olmo, seguía intacta muestra de que a veces duele más lo que no pasa que lo que realmente ocurre


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