El Retiro.
Aquel día fui al parque del Retiro de Madrid paseando rumbo al palacio de cristal.
De repente, sopló el viento empujando el aire gélido y el cielo se nubló colmándolo de nimbos grisáceos que amenazaban con desprender sobre nosotros su furia.
La tormenta no se demoró.
Una tromba exagerada de agua, se deslizaba por los cristales del palacio, el cielo parecía que iba a rasgarse y que era el principio de otro diluvio universal que arrasaría la Tierra.
Me di la vuelta velozmente, lamentando no haber cogido el chubasquero que tan bien me venía.
Corrí hacia la salida, en busca de algún humilde soportal que me cobijara.
La enérgica ventisca me golpeaba y balanceaba fuertemente hacia los lados, sin dejarme ir en línea recta.
El aguacero era denso, las gotitas heladas dificultaban la visión y chocaban contra mi ropa, humedeciéndola, y enfriando mi cuerpo. Mis dientes comenzaron a castañear cinco minutos después. Estaba desorientada
Al confundirme de camino, me di la vuelta pero algo me detuvo en seco. Me topé con alguien dándole un pequeño empujón. Instintivamente solté un breve grito.
Era un chico alto joven y en cuyo definido semblante cruzó una mueca de clara sorpresa al verme, pero seguidamente pareció sonreírme con una cálida mirada.
Un estremecimiento pasó desde los pies a la cabeza. Jamás había experimentado algo semejante.
Fue bonito descubrir cómo alguien te puede hacer temblar sin rozarte.
Siempre agradeceré a la tempestad por hacer que el camino de aquel risueño muchacho se cruzará con el mío marcándolo para siempre.
Primavera de 2094.
Me encuentro sentada en el verde césped mientras la vista se me empaña, y al parpadear, mis ojos dejan caer un par de hermosos recuerdos en forma de lágrimas que se asemejan a unos diminutos diamantes.
Resbalan recorriendo los surcos de mi piel y cae encima de una rosa blanca que decora una de las muchas lápidas que allí hay.
Devolviendo mis reminiscencias a quien me permitió gozarlas.
De repente, sopló el viento empujando el aire gélido y el cielo se nubló colmándolo de nimbos grisáceos que amenazaban con desprender sobre nosotros su furia.
La tormenta no se demoró.
Una tromba exagerada de agua, se deslizaba por los cristales del palacio, el cielo parecía que iba a rasgarse y que era el principio de otro diluvio universal que arrasaría la Tierra.
Me di la vuelta velozmente, lamentando no haber cogido el chubasquero que tan bien me venía.
Corrí hacia la salida, en busca de algún humilde soportal que me cobijara.
La enérgica ventisca me golpeaba y balanceaba fuertemente hacia los lados, sin dejarme ir en línea recta.
El aguacero era denso, las gotitas heladas dificultaban la visión y chocaban contra mi ropa, humedeciéndola, y enfriando mi cuerpo. Mis dientes comenzaron a castañear cinco minutos después. Estaba desorientada
Era un chico alto joven y en cuyo definido semblante cruzó una mueca de clara sorpresa al verme, pero seguidamente pareció sonreírme con una cálida mirada.
Un estremecimiento pasó desde los pies a la cabeza. Jamás había experimentado algo semejante.
Fue bonito descubrir cómo alguien te puede hacer temblar sin rozarte.
Siempre agradeceré a la tempestad por hacer que el camino de aquel risueño muchacho se cruzará con el mío marcándolo para siempre.
Primavera de 2094.
Me encuentro sentada en el verde césped mientras la vista se me empaña, y al parpadear, mis ojos dejan caer un par de hermosos recuerdos en forma de lágrimas que se asemejan a unos diminutos diamantes.
Resbalan recorriendo los surcos de mi piel y cae encima de una rosa blanca que decora una de las muchas lápidas que allí hay.
Devolviendo mis reminiscencias a quien me permitió gozarlas.

Comentarios
Publicar un comentario