Jardín
Cada uno de los nomeolvides tan duros en las despedidas, las rosas que le regalé el día de nuestro aniversario, las aves del paraíso con las que ambos soñamos durante tanto tiempo, las pequeñas calas donde deteníamos el tiempo, las campanillas que se hicieron escuchar al tú estar vestida de blanco, las verbenas interminables que pasábamos en silencio, las estrellas que nunca nos cansamos de contar, la gloria de la mañana que eras al abrir los ojos o la dama de noche al cerrarlos, el cosmos a nuestro alrededor que se desvanecía al rozar tus labios y hasta los pensamientos más recónditos que parecían haber sido olvidados.
No hubo indultos, no hubo perdón, no hubo misericordia, solo el crepitar indiscriminado de las llamas cuan leña arrojada a la hoguera en una noche invernal.
Como cualquier lumbre, esta también acabó desistiendo haciendo a la penumbra el único testigo de tal desasosiego.
El firmamento pasó del luctuoso negro al taciturno cobalto, al mitigado malva y al tórrido bermellón que parecían recrearse con los primeros rayos solares.
Anteriormente todos los colores inimaginables de las flores se unían gozosos a los del cielo ofreciendo una vigorosa sensación de serenidad y paz.
Más en aquel momento solo las favilas grisáceas pintaban el suelo hasta el horizonte donde la vista ya no era capaz de alcanzar.
Una mujer encapuchada de rostro letalmente hermoso y capa de terciopelo caminaba lentamente con sus pies blanquecinos hasta detenerse en lo alto de la colina.
Una jaula dorada era sostenida por su mano izquierda y un reloj de plata por su derecha.
Clavó dubitativa sus negros ojos en las manecillas.
- Aún no- susurró.
Y abriendo la jaula liberó al animal que ágil levantó el vuelo. No era un ser cualquiera, era un majestuoso ave fénix preparado para hacer renacer aquel insólito paraje de sus cenizas.

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