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La guerra nunca acabó





SOLDADO


Hace más de seis décadas 


En la escuela, siempre dijeron que era un alumno ejemplar. No debido a que sobresaliera en cuestión de notas, sino porque era dedicado en lo que hacía y me esforzaba por aprender. 

Fui elegido varias veces delegado de clase porque se me daba bien mediar entre las personas. Era servicial, educado y considerado con todos. 

No me llevaba mal con nadie, tenía muchos amigos, una buena familia con fuerte integridad moral y una novia muy dulce y hermosa. 

Nos respetábamos, amándonos de manera sana, apoyándonos en las dificultades y celebrando los pequeños logros. 

Íbamos a cumplir ya seis años desde que comenzamos a ser pareja pero nos conocíamos desde hace mucho más, al crecer en el mismo barrio junto a otros niños. 

El primer recuerdo vívido que poseo de ambos fue una vez con ocho o nueve años.

Ella iba con su madre por la calle y me saludó con la mano sin saber yo quién era. No me dio tiempo ni a devolverle el saludo al intentar fijarme en si la conocía de algo. Me giré apreciando su pelo recogido en un par de trenzas y quedándome con ese detalle con el que comencé a reconocerla de nuevo entre el resto de niños. 

Nunca me imaginé que pudiéramos estar pensando en formar una familia. 

Contraeríamos matrimonio en cuanto hubiéramos ahorrado algo de dinero con el sueldo del trabajo en un banco que acababa de encontrar. 

A pesar de que mis padres siempre bromeaban sobre mi futuro como diplomático o embajador, les alegró mi reciente contrato. 

Podría ser menos influyente en la sociedad, si bien no me desagradaba de mi elección de seguir mi vida en mi ciudad, con un futuro sin fama, pero sencillo, agradable y feliz. 

Mi pareja me dijo que era el hombre más bueno y tierno que había conocido nunca y que no importaba si no era ambicioso, si no ganaba mucho dinero con mi modesto trabajo o si no era famoso porque me querría de todas formas. 

Me hacía sentir dichoso a la vez que algo inquieto porque no cambiara nunca esa opinión sobre mí, a pesar de que aseguraba que para ella siempre lo sería y que nuestro amor era lo más relevante.

La guerra eclipsó toda esa tranquilidad y cotidianeidad, de vez en cuando aburrida pero totalmente segura. 

Mis allegados comenzaron a alistarse sin ninguno llegar a los 30 años queriendo yo, no ser menos. 

No importó cuántas lágrimas derramó mi novia rogándome que no fuera, pues me ofrecí voluntario de todas formas. Me dijo que no tenía que demostrarle nada a nadie y menos a ella. 

No quería que me destrozara igual que uno de sus primos segundos quien estuvo medio año en los inicios del conflicto. Al hombre le dieron de baja porque perdió una pierna regresando roto, asustado y traumatizado.

Puede que también muriera lejos de casa y ya no nos podríamos volver a ver. No habría un segundo abrazo, beso, palabra, caricia o recuerdos nuevos.

Comentó que a veces soñaba con estar vestida de luto enfrente de una lápida que tenía mi nombre rodeada de ramos de flores de pésame. 

Daba igual lo fuerte que la abrazara o estrechara mis manos porque no se sentía lo suficientemente segura, siendo el único remedio que no acudiera y permaneciera a su lado.

Intenté tranquilizarla diciendo que haría lo que fuera porque no ocurriera.

No dudaba de que me esforzaría, señalando que la voluntad de nuestro amor me impulsaría, no obstante, necesitaría mucho más ahí fuera.

Independientemente de nuestras emociones, sentimientos o pensamientos seguíamos siendo solo humanos.

Antes de partir le ofrecí casarnos, sonrió con melancolía y, para mí sorpresa, respondió que era lo que más deseaba en el mundo, más no quería ser viuda. Prometimos que si regresaba con ella sería de las primeras cosas que haríamos. 

Me dolió a pesar de intentar decir que exageraba un poco, que estaba siendo catastrofista, o incluso que no tenía opción si no quería defraudar a los demás al ser lo que se esperaba de nosotros en estos tiempos tan turbulentos. Convencerme de que todo era por la patria, por proteger a nuestra gente y la molestia de estar de brazos cruzados dando la espalda a las circunstancias.

Estaba con mi grupo de siempre, disfrutando de algo de alcohol, comentando quienes al final se habían presentado voluntarios. Casi parecía que todos lo habían hecho, haciendo que un amigo, quién siempre fue muy animado, bromeando con “ser el grupo de los corajudos”. 

Sin embargo, uno de nosotros admitió que él no iba a luchar. 

Nadie dijo nada pero todos pensamos que era algo así como la “oveja negra” que manchaba el equipo de “los valientes”. 

Preguntamos por sus motivos disimulando la consternación, a lo cual contestó que quería cuidar a la gente que le necesitaba y que se esforzaría para trabajar como médico ayudando a su manera aquí. 

Pensamos de cierta forma que era un poco cobarde. Mirando ahora en perspectiva, la indignación, fue una forma de lidiar con el miedo con el objetivo de enfrentar las expectativas externas y autoimpuestas sin arrepentimiento.

No fuimos los únicos que le discriminamos sutilmente, fue la sociedad que le tachaba de egoísta sin honor. No hacía falta señalar con el dedo, las miradas acusatorias le perseguían a él y a toda su familia. 

Su madre y la mía solían quedar con otras mujeres para hablar, jugar a las cartas, leer el periódico o cotillear revistas.

La madre del único chico que no se alistó, parece que dejó de acudir a esas pequeñas reuniones informales puesto que le incomodaba mucho que las demás no perdieran la ocasión de presumir porque sus niños iban a ser héroes. 

Casi le daban las condolencias a la mujer de haberle “tocado” un crío que prefería quedarse poniendo vendajes a los verdaderos hombres que habían regresado.


Mis últimos meses de vida.


El entrenamiento no fue nada fácil, nos dijeron que nos enfrentábamos a monstruos despiadados que no querían por ningún medio que volviéramos a ver a nuestros seres queridos de nuevo. 

Yo pensé pues que haría todo lo posible por volver a verles de nuevo a todos.

La noche anterior al primer enfrentamiento, reíamos contando todo lo que íbamos a hacer cuando ganáramos la guerra. 

Mi amigo tan bromista aseguró que su pareja iba a cansarse de su empalagosidad cuando volviera y que tendría que pararle los pies cuando se llevaran ya por el cuarto retoño. 

Prometimos salir de fiesta hasta las tantas, fumar sin restricciones, beber lo que quisiéramos, pegarle un puñetazo a quien se atreviera a mirar a nuestras chicas y no callarnos ninguna de nuestras batallitas que empezarían ya al amanecer. 

Comentamos cómo serían nuestros futuros posibles hijos. A mí me asignaron una niña y un niño, siendo casi mini versiones de mí. 

También sería el abuelo pesado que acabaría contando una y otra vez lo que pasamos estos días. Mis nietos estarían deseosos de que me callara de una vez pero me aguantarían porque sería de los vejestorios que daban propinas. 

No obstante, en apenas 2 minutos desde que nos dijeron que avistaron al enemigo, todo se convirtió en un infierno. 

La quietud de la mañana, el cielo azul despejado, se rasgó con el sonido de los disparos y proyectiles cubriendo el Sol. Similar a un entrenamiento bastante intenso con bombas incluidas hasta que una de ellas alcanzó nuestra trinchera. 

Definitivamente, no era nada parecido a lo que habíamos practicado cuando escuché los aullidos de dolor de mis compañeros. 

Fue a apenas 10 metros de mí, viendo a mi compañero mutilado sin un brazo.

Todas esas escenas contrastaban brutalmente con las sonrisas de hacia unas horas haciendo que parecieran muy lejanas e irreales. 

¿Qué tan sencillo es segar todas esas ilusiones? En un pestañeo vidas y sueños se apagaban sin más explicaciones. Al igual que una vela colocada en una tarta de cumpleaños pero siendo su antítesis, pues al extinguirse la llama, los deseos ya los deseos no se podrían cumplir. 

Logré salir vivo pero estaba ya asustado y replanteándome todas las elecciones anteriores. Mi aliado sin brazo y lleno de morfina parecía adormilado con un aspecto penoso pero mucho mejor que cualquiera de los cadáveres que recogimos.

Uno de los fallecidos era un compañero algo tímido con el que nunca había hablado. Lo único que nos contó fue que se alistó porque su familia le había considerado muy valiente desde pequeño, sus hermanos y primos le admiraban con lo que no podría mirarlos de nuevo a la cara si no lo demostraba cuando realmente se le necesitaba.

Al final, mantener esa imagen con la que orgulloso alzaba sus ojos ante sus familiares, le había impedido volverles a ver aunque fuera de lejos y con vergüenza. ¿Quién sabe si hubiera acabado por redimirse de alguna forma?.

Fueron días de hambre, frío y heridas por todos lados. 

Cada vez veía más lejos la posibilidad de volver a descansar más de 3 horas seguidas en un colchón y me apoyaba en el compañerismo de mis amigos de pesadilla. 

El enemigo era despiadado y el odio comenzó a instalarse en mi interior, cuántas más “bestias” me llevara por delante antes de perecer, mayor sería mi honor. Una criatura menos que ponía en peligro a mi familia…

Disparar a todo lo que se movía, pero nunca verles la cara realmente hasta aquel fatídico día, poco antes de que nos mandaran a casa por haber servido “bien”. 

Éramos ya pocos de mi grupo original los que quedábamos. Dicen que por nuestras habilidades y astucia pero yo pensé realmente que era más bien por haber tenido la suerte de no haber recibido ninguna herida mortal.

Las “cosas” que se movían eran cada vez más numerosas y se nos echaban encima, hasta que nos ordenaron la retirada pero fue un “sálvese quien pueda”. 

Me acordé de mi novia diciendo que no me arriesgara, que huyera todo lo rápido que pudiera, corriendo sin descanso hasta regresar a sus brazos. 

Subimos las escaleras a trompicones mientras vi al soldado más joven y más ágil como una rata escalando por encima de otro para salir antes de la trinchera. 

Recordé que tenía unos 20 años y apenas había llegado a nuestro grupo hacía una semana.

Yo tenía la vida que quería vivir con mi pareja al final del camino mientras que él me contó que su impulso era volver a ver el mar de su ciudad pues tras 4 meses lejos de la costa, se sentía perdido. Para muchas personas que crecieron junto al océano, explicó que lo sentían como un punto de referencia, algo difícil de entender para otra gente como yo que se había criado tierra adentro y veía aquella masa de agua inmensa como algo intimidante.

Cuando pisé tierra, fuera del estrecho agujero corrí sin mirar atrás como loco

 hasta que vi delante de mí a una persona que no era “de los nuestros” equipado con un traje totalmente diferente. 

Me miró con sorpresa y antes de que pudiera atacarme a mí, fui yo el que se abalanzó contra él.

Pensé que no sería ese soldado el que se interpondría en mi anhelo de volver a ver a mi familia una vez más. 

Saqué un cuchillo y se lo hundí en el pecho creo que cuatro veces hasta que descargué todo el odio hacia el mundo por toda la calamidad. 

Me detuve y miré su rostro. Era un hombre algo mayor que yo y comenzó a brotar sangre de forma horripilante de sus labios. Me asusté mucho y vi que acercaba a su pecho un papel bastante manchado. 

Era una pintura pequeña del retrato de una mujer sujetando en sus brazos a un bebé envuelto en una manta al que no se le veía la cara. El soldado que ahora estaba en el suelo muriéndose, se encontraba, con entre 10 y 15 años menos, sonriendo al lado.

Reconocí en esas figuras a mi amor, a nuestro futuro hijo y a mí. 

No éramos nada similares físicamente, pero indistinguibles en nuestro sentimiento y humanidad. 

Ninguno de los dos merecían vivir sin volver a abrazar a esa persona que estaba ahora apagándose rápidamente ¿Qué demonios había hecho?

Me puse de rodillas junto a él mientras intentaba como suplicar entre murmullos y toses. Puede que por un momento me sintiera confuso por su miedo enseguida recordando que era yo el monstruo que le había hecho eso. Seguro que pensaba que iba a torturarle o rematarle igual de despiadadamente que le herí hacía menos de un minuto o dos.

Le comencé a hablar suavemente y de forma amable, con suaves palabras hasta que dejó de resistirse. 

Desabroché el uniforme con rapidez mientras intentaba rebuscar en mi cabeza algo útil del curso de primeros auxilios. 

No paraba de salir un flujo de sangre que traté de tapar con mis manos. Empecé a llorar y a disculparme al tiempo que me avergonzaba de mí mismo debido a mis acciones tan penosas. No iba a arreglar nada unas palabras.

Él no me miró con odio, creo que porque tampoco le quedaban fuerzas para ello, con temor puede ser, tal vez nostalgia. Puso la mano con la que sujetaba la foto, sobre la mía que presionaba su pecho. Fue algo firme y susurró un par de palabras antes de que sus ojos llorosos se apagaran poco después. 

Eran dos nombres. Lo supe porque también había esas variantes en mi idioma. 

Le pregunté qué quería pero solo posó su mirada sin entender literalmente pero a la vez comprendiendo mi emoción. Fue el intento de sonrisa más triste del universo hasta que dejó de moverse relajando sus músculos.

Jamás sabría lo que pasó por su cabeza antes de morir pero al sentirme responsable, cogí la foto guardándola en uno de mis bolsillos.

Sus ojos se encontraban fijos en los míos, atravesando mi alma, provocando una sensación de que podía caer al abismo de sus pupilas ya dilatadas.

Bajé sus párpados suaves con mis dedos y no pude resistir todas esas emociones que bullían de mi interior. Grité de rabia hasta que me dolió la garganta sintiéndome débil de repente y escuchando a mi estómago vacío quejarse. 

Lloré apoyando mi mejilla en su cuerpo sollozando como un niño. Me sentía roto, mientras agarraba con fuerte desesperación su ropa, la de un cadáver.

Alguien me llamó por detrás con voz entrecortada. Era uno de mis compañeros que me preguntó si estaba herido, negué en silencio entre hipidos, para después agarrarme de la pechera obligando a levantarme y seguir huyendo. 

Unos metros más allá, vimos al mozo que observé saliendo escurridizo de su posición nada más ordenar la retirada. Se encontraba en el suelo tirado, gimoteando, sin moverse apenas. 

Al acercarnos, vimos claramente con angustia que le habían volado las piernas y herido en partes vitales del tronco mientras nos miraba suplicante susurrando nuestros nombres. 

Mi compañero me preguntó que si me quedaba morfina pero le miré paralizado en ese momento, sin hablar. 

Hacía ya un rato que del shock, todo a mí alrededor había tomado un matiz, impersonal, como una especie de película hiperrealista que vivía otro.  

Examinó mis bolsillos hallando una ampolla que se la clavó al chico en el cuello.

Dijo a duras penas que tenía miedo llorando automáticamente en silencio. 

Nuestro compañero se sentó justo al lado del muchacho. Acarició su mejilla diciendo que era su padre mientras le llamaba “hijo”, aunque el joven negó casi imperceptiblemente porque era consciente de que no lo era. Su familia estaba en su ciudad a miles de kilómetros de distancia. 

Él insistió diciendo que de verdad sería su padre si él mismo se lo creía y que al día siguiente irían a bañarse a la playa. 

El chico parece que respondió algo relacionado con que el mar por esta época solía estar revuelto obteniendo como respuesta que no importaba porque haría mucho calor pero que antes, debía de dormir para estar bien descansado para la mañana siguiente.

El muchacho volvió a negar con la cabeza diciendo que si cerraba los ojos, se marcharía de su lado mientras que nuestro amigo contestó que siempre le acompañaría si pensaba fuertemente en su presencia. 

Casi me pareció que su expresión juvenil se relajaba mientras se entregaba al efecto de la morfina, hasta parecía sonreír un pelín mientras cerraba los ojos.

Mi compañero le dio un beso en la frente susurrando que tuviera felices sueños, se apartó con mucho cuidado levantándose para volver a agarrar mi brazo e inmediatamente seguir corriendo. 

Sé que estaba llorando también porque estábamos dejando a otro de los nuestros tirado enfrentando a la muerte en soledad.

El tiempo no se detenía ni en los momentos más desgarradores aunque gracias a alguien externo, pude continuar respirando algo más. 

Nos dieron algo de comer aunque no tenía apenas apetito pero me obligué a acabar toda mi ración. 

Era un alma en pena que se preguntaba si en realidad había sido alguna vez, eso que la gente denominaba “buena persona” y tantas veces había escuchado a lo largo de mi vida desde mocoso. 

Esa mirada de terror que dirigió hacia mi esa persona me hicieron sentir inhumano.

Comencé a replantearme mi vida al igual que la idea de haberle hecho caso a mi pareja o que la decisión de mi amigo de ayudar lejos del infierno era la mejor… 


El regreso de mi fantasma


El vehículo se paró, haciendo que desviara la vista de la pintura de la familia del hombre que me atormentaba profundamente. 

Bajamos por fin reencontrándonos con mis conocidos sonriendo pero ya algo de mí estaba muerto. Tantas veces había deseado ese reencuentro pero en el momento en el que sucedió de verdad, fue la cosa menos emotiva del mundo. 

Mi pareja cogió mis manos sintiéndolas cálidas mientras las miraba con cariño. No era ninguna ilusión. 

Estaban algo más magulladas aunque esa no fue de las causas por las que las retiré. Aquella fue la primera de muchas otras veces, cada cual más dolorosa que la anterior. 

Ya supo que la guerra también me había cambiado, igual que le pasó a su primo e igual que les sucedía de alguna forma a todos. 

La vida quiso seguir como siempre, el panadero vendiendo pan, los jóvenes con sus chismes, las personas trabajando con sus cosas, los adolescentes dándole patadas a un balón, los escaparates con sus productos o mi madre con sus guisos igual de sabrosos. ¿Cuántas veces les había contado a los insectos la receta que seguía mi madre en las noches que me tocaba hacer guardia?¿Cuántas veces me quise imaginar ese buen sabor mientras hacía el esfuerzo de tragar algo asqueroso que nunca pensé que podría considerar comida? Ahora que era real, ya no me abría el apetito como antaño.

Mi pareja me abrazaba y me besaba, más ya no quedaba nada que yo pudiera ofrecerle del cariño que necesitaba. Me sentía incapaz de volver a tocarla o dejar que me tocara sin apartarme. La seguía apreciando profundamente, sin embargo… ¿Cómo mancharla a ella de toda esa destrucción que creé con todo mi cuerpo? No me sentía digno.

La veía llorar diciendo que tenía razón en que ya no era el mismo al tiempo que confesaba su arrepentimiento por no haberme insistido más en no apuntarme. 

Lo peor es que me produjo mucha indiferencia puesto que el pasado se veía tan irreal como un buen sueño. Una historia que le sucedió a otro.

Fui sincero diciéndole que no creía que me hubiera podido convencer de ninguna forma. 

Me respondió que ojalá se hubiera casado conmigo a lo que yo le contesté que menos mal que no llegamos a hacerlo porque habría sido la viuda de ese hombre “bondadoso” que algún día fui. 

Unos meses después nos miramos y reconocí perfectamente lo que hacía tiempo quería decirme pero no se atrevía. 

Quise hacerle todo un poco más fácil, por tanto, le dije que ya había sido suficiente agradeciendo todo lo que había hecho por mí desde niños. 

Confesó que ya no podía más, que no era feliz, que me amaba pero no era suficiente para arreglar todo el pasado mientras solo le pude contestar que tenía razón en que ni la voluntad ni el amor eran siempre suficientes.

Me abrazó sin parar de sollozar repitiendo que lo había intentado con toda su alma pero todo se había derrumbado. 

Algo de tristeza sentí, no por mí, sino por ella pues no pude evitar lo inevitable ni darle la vida que merecía. 

Le deseé que fuera feliz desde el poco corazón que me quedaba de igual modo que ella esperaba que pudiera recuperarme poco a poco. 

Cerró la puerta a una vida que a esas alturas se percibía como una fantasía mientras sentía que la pena de la situación, comparada con el campo de batalla, era mínima. Que daba igual las desgracias que me echaran encima puesto que no iban a conseguir hundirme más en la miseria.

La noticia del suicidio del “bromista” de mi grupo llegó a mi como una ventisca más, en mi eterno invierno. 

Durante el entierro yo estaba impertérrito como de costumbre, recordando aquella última noche antes de que la persona risueña y optimista que un día fui, la tragara las tinieblas. Él nos había hecho prometer a todos que por lo menos una vez al mes el resto de nuestras vidas, saldríamos de fiesta hasta el amanecer sin importar si los críos nos veían como unos viejos demasiado mayores para seguirles el ritmo. 

Con el tiempo más o menos pude ser alguien funcional, sonreía levemente pero estaba resentido con el mundo. 

Me mudé de casa de mis padres a un piso yo solo porque de cierta manera me gustaba mantener algo de independencia a la vez de que sabía que les dolía verme así cada día.

A mí compañero que por aquel entonces, ya era un buen médico reconocido en la ciudad, al reencontrarnos, le vi llorar por todo lo que yo había cambiado. 

Comenté que en ese pasado tan distante, todos habíamos pensado que él era un cobarde y yo era uno de los afortunados que habían podido sobrevivir a su valentía. 

Expresé mi opinión de que él había realizado la elección más sensata. La que le había permitido hacer feliz a la mujer a la que amaba, criar a unos hijos maravillosos, permanecer con la gente que quería además de avanzar profesionalmente.

En contraposición, yo había sacrificado todos esos aspectos de mi vida a cambio de una cruel tortura.

Muchos se refugiaban en ese efímero reconocimiento de “al menos me dio el pésame el gobernador, hablé con el ministro, me estrechó la mano incluso un rey…”. Daba igual incluso si el cielo se abría haciendo que el mismo Jesucristo te mirara puesto que en lo más hondo, rechazarías todo sin pensarlo dos veces si eso devolvía la vida a tu allegado o te extirpaba de tu alma la ponzoña. 

El rastro del miedo, del ruido, de la desesperación. Imágenes de personas desmembradas a las que se le salían las tripas pero aún no habían acabado de perecer… y esas miradas a las que no sabías cómo explicar que no podíamos salvarles ni nos quedaba morfina.

Me repugnaba el que me denominaran “héroe”.

¿Un héroe? ¿Yo?¿Por haberme metido voluntariamente en el juego de la muerte? ¿Por haber robado sueños y crucificado esperanzas?

Todo eso eran patrañas de unos desconocidos a los que no les importábamos más que ninguna otra persona.

Nos invitaban a una ceremonia política de consolación en un edificio elegante y rebosante de palabras vacías.

Te otorgaban al final una chapa con forma de círculo a la que llamaban “medalla” como forma de condolencias por parte de algunas personas en nombre de todo un país. 

A todos nos envolvía la misma situación humana y conflictiva. Unos con papel de mandar, otros con el de ser la carnaza, otros con curar a esos segundos y otros rezando por ellos esperando a su regreso.

Ninguno eligiendo el puesto mientras nos odiábamos los unos a los otros fingiendo que por decir “ellos” y “nosotros”, éramos diferentes.

Jamás conocí a la esposa ni al hijo del hombre cuyas pupilas negras me seguían envolviendo cada día.

Entregué ese dibujo que sentía como una losa, en un cuartel por si podían hacérsela llegar a algún pariente suyo. Supongo que acabaría en la basura pero al menos ya me había deshecho de ella sin haber sido yo el que la arrojara directamente. 

No quería acabar con mis días voluntariamente, como otros en el pasado hicieron. 

No era porque no me tentara la idea, sino porque pensé que no podría hacerle eso a las personas que me amaban aún habiéndome transformado. 

Mi hermana, mi hermano, mis sobrinos, la gente de toda la vida del barrio que siempre me daba un motivo para hacer mi existencia algo más soportable. 

Por la única persona que amé de forma romántica en mi vida. Pasados un par de años, habiendo reconstruido su vida con otro y aceptando el pasado, regresó como los buenos amigos que nunca dejamos de ser.

Insistió en hacerme el padrino de sus hijos a los que me gustaría que fueran también mitad mía, sin embargo, me alegraba de que el hombre que eligió la amara tanto y viceversa. 

No podía evitar pensar que él era una sombra de mi pasado, un “yo alternativo” en un universo donde hubiera decidido no acudir a filas.

Al menos ella pudo ser feliz y yo ser algo así como ‘el mejor tío del mundo’ de los dos chicos, bastante más que con mis sobrinos consanguíneos.

Ellos me empujaron a seguir cuidándome a mí mismo. 

Me dieron un propósito en las épocas en las que las noches se volvían un infierno por el silencio, la oscuridad, la soledad y el pavor de dormirme por la posibilidad de revivir esos momentos en mis pesadillas. 

No era la familia convencional que siempre imaginé pero, con lo poco de mí que aún reconocía, les adoraba.


En el presente 


Hace tiempo que no utilizo la palabra “alegría” al sustituirla por “alivio” porque creo que se ajusta mejor a lo que llevo pasando todos esos interminables años llenos de angustia. 

Al final de mis días, escribo esto concluyendo que el mundo era a veces hostil. 

Yo ya no pude dejar de pensar en el monstruo que había despertado en mi interior y en el tormento de mis recuerdos.

Porque dicen que la guerra muestra lo mejor y lo peor de los humanos pero en mi caso, todo lo mejor, no merecía la pena frente a todo lo peor que podía sacar de nosotros. 

Paradójico me parece que hasta me dé algo de pena despedirme de la vida. Me inclino a pensar en que es por la incertidumbre de lo desconocido pero trato de ver a la muerte como una vieja amiga a la que esquivé en ocasiones. 

Me animaba la idea de que tal vez me pudiera llevar a un lugar en el que habitaba la gente que había partido. 

Sonreí emocionado imaginando el próximo chiste que me contaría mi colega, la respuesta de mi joven compañero tras preguntarle si el mar estaba revuelto o imaginando conocer mejor a ese hombre cuya mirada abisal nunca dejó de estar presente en mi mente. Seguro que nos daremos un abrazo como dos viejos amigos.



AHIJADO


Cuando yo tenía 9 años mamá me entregó una medalla redondeada con unas letras que no sabía qué significaban. 

Me extrañé debido a que no había realizado nada extraordinario, haciendo que ella me susurrara en secreto que se la había cogido al tío porque él ya no la quería y había pensado que yo podría custodiarla hasta el día en que la volviera a valorar.

Resaltó que era crucial que no me la viera y que no la perdiera tampoco. 

No entendí muy bien pero simplemente me dijo que la escondiera en la cajita de la mesilla de mi cuarto y que tras asegurarme de su ausencia, podía volverla a sacar. 

Traté a ese objeto como el mayor de mis tesoros puesto que si mamá me había dicho que la guardara sería porque era importante además de que era muy bonita. 

No me explicaba el por qué al tío no le gustaba ese premio dado que eso significaba que habría ganado algo aunque, sinceramente, el tío no parecía que le gustaran demasiadas cosas… 

Debido al hecho de que la palabra "padrino" era algo complicada de pronunciar para los niños que empezaban a hablar, comenzamos a llamarle tío. Ya por costumbre, cariño y la informalidad de la palabra, se quedó con ese apodo a pesar de que técnicamente era nuestro padrino. 

Nuestro tío siempre estuvo ahí desde que nació primero mi hermano y cuatro años y meses después, nací yo. 

A excepción de las noches y el tiempo de trabajo, él se encontraba en la casa sentado en “su sillón”.

La imagen que me viene de esos inicios de mis recuerdos, es a mis padres sentados en el suelo jugando cuando podían con nosotros, leyéndonos cuentos antes de ir a dormir, dando paseos dados de la mano y riendo mientras que el tío caminaba a nuestro lado más bien como una sombra. 

Solía vigilarnos a mi hermano y a mí desde su sillón mientras miraba a veces un punto fijo, se asomaba a la ventana o leía algún libro. 

Nunca jugó con nosotros ni le vi sonreír abiertamente, no obstante, podíamos interpretar sus expresiones porque fruncía el ceño o tensaba algo más el rostro, siendo mucho más sutil y complicado. 

Cuando mi hermano y yo nos peleábamos, el tío fijaba la vista en nosotros, preguntando si nos pasaba algo. Nosotros negábamos con la cabeza sin atrevernos a explicar las quejas como resultado de que su seriedad bastaba para portarnos mejor.

Jamás nos había gritado ni nos había regañado más que decir un “no hagas esto” o ya informando a nuestros padres para que se encargaran ellos mejor. 

No comprendía por qué nuestros papá y mamá se llevaban tan bien con él.

Ellos eran muy alegres, cariñosos y divertidos, contrastando con la sequedad, estoicidad, seriedad e incluso puede que frialdad de él.  

Papá y mamá se cuidaban entre ellos y eso me parecía normal. Lo que llamaba mi atención en comparación con los padres de otros amigos, era que mamá también atendiera mucho al tío y me preguntaba los motivos al igual que por qué papá no lo hacía tanto. 

Creo que antes tenía un poco de miedo de nuestro tío puesto que le creía alguien muy extraño, con una actitud algo inusual similar al de una estatua que lo único que hacía era “estar”, vigilarnos y permanecer quieto. 

Para mi “yo” niño él simplemente tenía una apariencia intimidante con lo que no me atrevía a hablarle demasiado ni a acercarme. 

Mamá me dijo que numerosas veces el temor viene de la incomprensión. 

Afirmó rotundamente que él nos quería mucho a los dos, lo que pasa es que no sabía bien cómo expresar sus sentimientos a veces. 

Si era ella la que lo aseguraba, entonces confiaría en él. 

Mamá desde que tengo uso de razón quiso inculcarnos su sabiduría y generosidad. Nos mostró a mi hermano y a mí que si solo nos fijamos en lo que podemos ver, nos perderíamos lo que hay más allá. En demasiadas ocasiones, por comodidad no nos esforzamos en descubrir ciertas cosas que merecían la pena.

Mamá me dijo que el tío estaba solo. Él era parte de la familia haciéndola un poco diferente al resto, pero íbamos todos unidos.

De vez en cuando, se quedaba a dormir en la sala de invitados y rara era la vez que al ir yo al baño, no le escuchara dar bastantes vueltas en la cama. 

Parecía que no dormía tranquilo, sin saber yo que hacer más que informar a mamá. 

Respondió que por eso se quedaba en casa, porque los adultos también sufrían de pesadillas y de ese modo, si necesitaba algo ya no estaba solo.  

También lo entendí mejor cuando una noche antes de dormir, le pedí opinión a mi hermano, quién, tras llamarme pesado, explicó que el tío sí que nos cuidaba y le importábamos mucho a su manera. 

Me recordó cuando nos había acompañado donde quedábamos con los amigos a jugar porque ni mamá ni papá podían, siempre poniéndose solo en un rincón sin relacionarse con los padres de los otros niños. 

No era nada entusiasta pero si queríamos algo, nos daba el capricho. Sobre todo comida porque desaparecía aunque con la condición de no dejar nada en el plato, ni siquiera las verduras. 

También se preocupaba por nuestros padres y se hacían bastantes favores entre ellos, como recados o compras. 

Lo que más me impactó fue saber que cuando el tío nos trajo esas cosas para el colegio, era porque mamá y papá no podían comprarlas. 

Mi hermano les escuchó llorando porque no llegábamos a fin de mes. 

Él siempre solía desobedecer a pesar de las advertencias de mantenernos alejados si la puerta del dormitorio se cerraba. 

Trataban cosas de adultos que los niños no podíamos conocer. 

Recuerdo haber pensado que mi tío era el más aburrido del mundo porque nos regalaba material escolar… aunque después de que mi hermano me diera esa información, pensé que fui bastante desagradecido.

Un día estaba con él y me disculpé diciendo que gracias por comprarnos cosas que necesitábamos para estudiar aunque no fueran nada divertidas. 

Contestó que era nuestro padrino señalando que a la familia se la cuida y que no cometiera ese error o me arrepentiría más tarde. No comprendí en ese momento por qué dio tanto énfasis, pero no le pregunté tampoco.

A medida que crecía comencé a conversar un poco más con él. De hecho descubrí que hablaba más de lo que creía, con el mismo tono de voz y actitud cansada a la que ya me había acostumbrado.


Respecto a la guerra, todos decían que era malísima. Mi hermano y yo teníamos curiosidad, así que un día que habíamos hablado con los compañeros, le preguntamos a mamá sobre la guerra. 

Ella nos contó lo que todos decían, que era horrible y que la gente sufría mucho, parece que aunque nosotros teníamos esa “ilusión” o “emoción” cuando le preguntamos si había muchas bombas y disparos, nos miró muy seria y dijo que no era nada divertido. 

Cuando mencionó que el tío había estado en el frente, pregunté si podíamos pedirle que nos contara algo aunque nos lo prohibió tajantemente. 

Yo me sorprendí un poco y me asusté porque mamá casi nunca se ponía tan seria y tampoco la había visto llorar apenas delante de mí.

Creo que fue algo dura explicándolo, para mí hermano que tenía 15 años puede que no, pero a mí con 11, me impactó bastante. 

Lo describió como un lugar de muerte y destrucción donde se segaban almas. Nos contó que antes de ir, nuestro padrino era tan atento y cariñoso como papá pero que la guerra le destrozó dejando un remanente frío, serio y atormentado que duraría mucho más tiempo.

De todas formas, él era de los ‘afortunados’ que habían podido abrazar de nuevo a sus seres queridos y aún vivía. Al final concluyó que esa horrible experiencia de ver morir violentamente a las personas que amas, te persigue para toda la vida y hay gente que no puede soportarlo quitándose su propia vida.

Mi hermano y yo la abrazamos mientras pedíamos disculpas y ella nos dio un beso a cada uno diciendo que todas las personas necesitan aferrarse o tener algo en este mundo para seguir avanzando, sobretodo para gente que había contemplado la peor cara de la humanidad. 

No obstante nos dijo que mi hermano y yo, éramos de las principales alegrías del tío, que le quisiéramos mucho porque a pesar de que no parecía ser demasiado expresivo ya, eso le ayudaba a continuar aquí con nosotros. 

Mamá me explicó que la condecoración se la habían dado por ir a la guerra pero que para él solo representaba dolor así que se iba a haber deshecho del reconocimiento cuando ella se la quitó y me la dio a mí. 

Dentro de unos años, esperaba que se la pudiera devolver cuando pudiera aceptar o al menos no arrepentirse de la elección pasada.



Le estreché el hombro asintiendo con la cabeza cuando me miró inquieta. 

Fue caminando hacia el anciano de 88 años al que veía llorar desconsoladamente por primera vez. 

Su expresión impertérrita se había resquebrajado cuando enterraron las cenizas de una de las personas que más amó.

Le observaba tocar la piedra de la lápida que aún no tenía nombre dando la sensación de que con su deteriorada salud, el llanto también le iba a quebrar en cualquier momento. 

La joven puso su mano sobre su espalda encorvada y escuché que le decía un ‘Abuelo, papá me ha dicho que estuviste enamorado de la abuela’, el hombre la miró con sus ojos cansados diciendo que nunca dejó de estarlo y se abrazaron de forma muy cálida mientras ella también comenzó a llorar. 

Mi tío cogió un pañuelo y se lo dio a mi hija mientras la observaba al tiempo que buceaba entre sus recuerdos.

Le oí comentar que era la viva imagen de mamá cuando habían planeado una boda que jamás se celebró y verla llorar le recordó cuando ella le suplicó que se quedara en casa y no le hizo caso. Ignorar su petición era lo que más lamentaba en su vida.

Le pedí a mi padrino que se mudara conmigo para que no estuviera solo pues se negaba a ingresar en una residencia de ancianos igual que nuestro padre, alegando que él ‘por desgracia’ no tenía alzheimer.  

Mi hermano se había mudado hacía ya casi tres décadas a otra ciudad y lamentaba que tuviera que cargar con casi todo yo solo aunque él intentaba pasarse siempre que podía por aquí. 

Discutimos sobre la medalla y la carta que mamá le había escrito después de toda una vida. Fue cuando los médicos le dijeron que teniendo ya más de 85 años, el cuerpo estaba fallando. 

Estábamos dudando de cuando hacerlo porque no parecía que él hubiera aceptado nada de su pasado, parecía bastante débil y afectado por la ausencia de mamá. Mi hija era la única que podía hacerle sonreír un poco más con su energía y su amabilidad. 

No deseamos que un golpe emocional así pudiera afligir más aún.

Reflexionamos en si dentro de unos meses mejoraría aunque la vejez tenía esos altibajos en los que era difícil saber cuál podría ser el definitivo. 

Determinamos que fuera enseguida ante el hecho de que más adelante ya no pudiera comprender ambos objetos por su deterioro. 

El paño que envolvía con cuidado el metal estaba algo sucio y la carta había adquirido ya un ligero aroma a madera. 

Parecía que al retirar la tela descubriendo lo que era, la miró con desdén y dolor mientras cogía el papel escrito con algo de incomodidad.

No obstante, cuando reconoció los característicos trazos de las letras, su expresión se suavizó rápidamente.

Ocupaba una cara del folio, aunque la estuvo observando varios minutos y a juzgar por sus ojos que volvían a la parte superior del papel una y otra vez, pretendía absorber todo su contenido e integrarlo muy al fondo de su ser. 

Se le empaparon las mejillas diciendo que ella siempre sabía cómo tocar su corazón mientras sonreía un poco con una mezcla de emociones muy variadas. 

Mi padrino quiso darme un abrazo agradeciendo a mi hermano y a mí por haberle dejado sentirnos como los hijos que nunca tendría, más ya le contesté que nosotros siempre tendríamos una madre y dos padres. 

Se emocionó incluso más y dijo que hacía mucho que no sentía algo tan parecido a la felicidad.

Nos dejó aproximadamente medio año después, sin embargo, me inclino a pensar de que a pesar de que físicamente iba en profundo declive, se esforzaba por vivir lo poco que tenía con nosotros al tiempo que pensaba con cierta ilusión en todas las personas que ya marcharon y quería volver a ver. 

Cogí la medalla y la carta devolviéndolas al cajón del qué habían salido hacía ya 6 meses. 

La hoja de papel estaba bastante más doblada, algo manchada y con un par de arrugas en forma de círculo debido a las lágrimas que habían caído. Me pareció que casi había adquirido su olor al tenerla siempre consigo desde el momento en que se la mostré.

La abrí contemplando las palabras aún se veían perfectamente mientras gritaban el nombre de quién las escribió. Innumerables veces había visto su caligrafía y casi un año después de su partida me volvió a envolver su presencia. 

La transcribí en un folio diferente por si quería leerla sin deteriorar la original.

En cuanto mi hermano nos visitó, se la di con el fin de abrazar y llorar con la persona que mejor podía entender en ese momento. 



“Para la persona que nunca ha dejado de caminar a mi lado y de las que más amo:

Ha pasado mucho tiempo desde la última carta de amor que te escribí. Fue la que envié al frente sin saber si la llegarías algún día a leer. 

Ese fue el evento que marcó un antes y un después en nuestras vidas y las de muchos otros. 

Siento haberte mentido diciéndote que habías perdido la medalla cuando ibas a tirarla puesto que fui yo la que la guardé. 

Recuerdo cuando incluso te quejaste diciendo que hubieras preferido una en forma de estrella, en cambio, esta podría confundirse con una moneda grande si no fuera por la tela de colores de la que cuelga.  

Soy consciente de todo el dolor indescriptible que te causa verla y el arrepentimiento de haber renunciado, sin saberlo, a un futuro un poco más feliz. 

Yo también me cargo con esa parte de la culpa. He estado pensando todos estos años en que a lo mejor podría haberte incluso provocado un esguince para que no pudieras acudir, pero con el paso de los años y el número de arrugas acabas por tratar de no seguir dejando que te corroa.

La guerra no hizo bien a nadie, y cuesta creer que toda esa destrucción pudiera llevar a algo bueno, pero de una forma u otra fuiste de los que contribuiste a que acabara. 

El precio de la paz es siempre demasiado elevado. Desconozco el resultado de que hubieran ganado unos u otros aunque yo solo puedo decir objetivamente que nuestros hijos han crecido sin guerra y siendo ciudadanos libres.

Ya no quiero que cuando vuelvas a mirar la condecoración solo pienses en esas promesas rotas sino que te fijes en el presente que hemos ayudado a construir. 

Nuestra nieta acaba de cumplir 12 años y soy consciente de que te recuerda a mí. 

Ella siempre me hace revivir esos momentos lejanos siendo de nuevo conscientes de que algún día nosotros también fuimos niños. 

El pasado ahora viene teñido de una sutil melancolía y pese a no ser la vida que soñamos algo bello hubo si aún sigues con nosotros peinando canas. 

Mil veces te he repetido que los chicos no son consanguíneos tuyos pero son tus hijos de todas formas desde antes de nacer igual que míos y de mi marido.

Para ellos eres como un padre diferente al de la mayoría, cercano a su manera

El sentimiento es lo más importante aunque a veces te hayas sentido que sobrabas porque tradicionalmente no encajabas.

No eres el tío o padrino convencional que la sociedad dicta. 

Eres su cuidador, su protector, su consejero, su apoyo... Los chicos tienen suerte de haber tenido una persona más en su núcleo cercano en comparación con los demás compañeros.

Ojalá pudieras algún día aceptar que antes no eras bueno y ahora malo. Lo entendí cuando regresaste, que nadie nace ni buena ni mala persona porque todos somos empujados por las circunstancias. 

No digo que lo que pasó fuera positivo, no obstante, nadie sabe cómo actuaremos en ciertos momentos y eso no te hace ninguna bestia, solo humano. 

Aunque tú siempre digas que aquel día falleciste, siempre te he sentido conmigo, he sentido tu amor de manera distinta pero especial y por fortuna el mundo nos ha dejado seguir unidos.

Existimos solamente una vez y me alegro de haber podido compartir contigo está historia. 

Agradezco tu esfuerzo tanto en aceptar como el de ser aceptado en nuestras vidas.

Estoy muy alegre y orgullosa de que finalmente sí que hayamos podido cumplir nuestros sueños de ser una familia íntegra y eso es algo que la guerra nunca podrá arrancarnos.

Siempre juntos en nuestros corazones.

Tu amor”

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