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Maternidad



Estaba completamente exhausta, como si hubiera corrido una maratón de 40 kilómetros careciendo de entrenamiento previo.


No tenía fuerzas para moverme ni encontrar una posición más reconfortante tumbada en la cama con sábanas blancas y colchón excesivamente duro.
Después de las ocho horas más largas de mi vida, lo único que deseaba era reposar y dormir.
Junto a mi cama, se hallaba él.
Tumbado en el sofá marrón se encontraba roncando con la boca entreabierta, y respirando pausadamente.

A través de la persiana, se filtraban unos pocos y débiles rayos de luz que indicaban que se estaba haciendo de día.
Ahora sería el momento de ponerse los vaqueros y abrigo por encima del pijama para comprar unos cuantos churros, llegar a casa, preparar el chocolate a la taza, y desayunar de manera contundente y de buen humor para superar todas las dificultades que te impidieran llegar a tu objetivo.

Estaba a puto de desentenderme de la realidad y sumergirme en el mundo de mi subconsciente cuando llamaron a la puerta de la habitación.

Coloqué mi mano encima de la suya despertándole suavemente, con una profunda lástima de interrumpir el sueño que le había vencido al tratar de velarme y acompañarme en aquellos momentos

En la sala entró un chico de unos 25 años vestido con un uniforme blanco como el resto de personal.
Su sonrisa era dulce y carismática, en sus brazos portaba con un esmero vocacional una manta de rayas azules y rosas.

Se acercó y me ofreció cogerlo. Levante los brazos con un esfuerzo sobrehumano, cuando lo acerqué a mí, pude observar la carita tan preciosa que esperando ver durante años.

Era pequeño, frágil, rostro tranquilo frágil con los ojitos cerrados y tan indefenso ante todo lo que le rodeaba.
 La sensación fue de protección, responsabilidad y el comienzo de una nueva etapa en mi vida fundamental para mi desarrollo como persona.

Giré ligeramente el cuello buscando su apoyo, y al cruzarse mis ojos con los suyos pude sentir todo aquel cariño y ternura infinita por la pequeña vida que habíamos creado sin ni siquiera tocarlo, recordando el momento en que nos comprometimos a cuidarla y hacerla crecer como persona de la misma manera que lo hicieron con nosotros, para que algún día estuviera preparado para formar su propia familia.

Me pregunté ¿Cuál sería la primera palabra que dijera? ¿Cuál sería su juguete favorito? ¿Qué voz tendría? ¿Le gustaría hacer deporte? ¿De equipo o individual?¿Preferiría pintar? ¿Leer? ¿Cantar? ¿Bailar? ¿Tocar un instrumento? ¿Qué asignatura sería su favorita? ¿Quién sería su primer amigo? ¿Sería feliz? 

Estaba impaciente de poder ir respondiendo todas esas cuestiones. Poco a poco y con mucha paciencia y amor. 

Le besé cuidadosamente la cima de su desproporcionada cabeza y le susurré al oído que le quería.


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