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Mi fantasma



Esa persona no tenía nombre ni tampoco un aspecto invariante en mi mente. 

Apareció en los tiempos en los que me sentía solo. 

Siempre se quedaba conmigo cuando lo necesitaba, siempre me daba esas palabras de cariño adecuadas para animarme. Me dio un lugar para llorar y unas caricias y besos para compartir. 

Nos amamos en silencio en la oscuridad de la noche y paseamos abrazados a plena luz del día. 

Bromeaba conmigo haciéndome sonreír levemente, formando hermosos recuerdos. 

A veces se reía mientras yo cocinaba, haciendo que la comida de ese día fuera un estuviera más chamuscada pero a la vez animada. 

Nos abrazábamos viendo una película de miedo, nos consolábamos en una lacrimógena y nos reíamos de las románticas porque los protagonistas desconocían lo poderoso que era nuestro amor. 

Nos acunamos en las noches de invierno con el frío, nos dábamos la mano en las noches estivales y cuando escondía mi rostro en su cuello, el mundo alrededor perdía importancia.

Viajamos a lugares mágicos e increíbles, nos besamos en cada rincón del planeta y éramos felices dentro de la inseguridad de lo efímero. 

Yo le agradecía por permanecer conociendo todas mis sombras más oscuras, mis pensamientos más complejos, mis cristales rotos y afilados mientras me respondía que todos teníamos derecho a ser amados, a dar y recibir ese regalo. 

Teníamos toda esa tranquilidad de los amores eternos, porque sabía que siempre estaríamos juntos. Me animaba a hacerme valer ante los demás y a tener coraje.


El único problema era que no podía sentirla apenas. 

Cada vez que intentaba jugar con su cabello, solo se colaba el aire entre mis dedos. 

Observé su mano sobre mi hombro en el espejo, pero al tratar de tomarla sentía la rugosidad del jersey. 

Las noches en las que tenía una pesadilla, movía mi brazo buscando su tacto, arrugaba la funda del colchón y siempre acababa por hacer que mis manos se acariciaran entre ellas. A pesar de ello, si cerraba los ojos era capaz de ver sus dos manos estrechando las mías.

Respirando hondo, apreciaba su dulce aroma. Exactamente el mismo al de las flores frescas que colocaba sobre mi mesilla cada semana.

El silencio a veces era algo abrumador que no me permitía conciliar el sueño. Lo solía romper poniendo algo de música y mis penas se aliviaban al contemplarla cantar tan hermosa.


Ambos nos decíamos que nos queríamos aunque en el fondo me dolía saber que sus sentimientos no eran como los míos. 

Siempre jugábamos a palabras encadenadas, acertijos, contamos chistes o inventamos historias mientras paseábamos. Observamos los escaparates de las tiendas, las fachadas de los edificios o las personas yendo y viniendo con todo el ajetreo. 

Era todo casi perfecto salvo que no podía sentir su cuerpo a mi lado a pesar de que ella siempre estaba conmigo. 

Quería creer en un amor así, imperfecto pero permanente, los besos que sabía que ella quería darme más no podía notar y las lágrimas que yo derramaba que ella no podía secar.


Una vez me dijo que no podía estar completamente bien quedándome con ella. Que merecía a una persona “de carne y hueso” a la que amar. 

Le dije que no temeroso, dado que tenía miedo de que esa persona no fuera tan amable, tan considerada ni tan cuidadosa como ella. Respondió sonriendo con dulzura que no me conformara con algo que no me hacía del todo feliz y que hallara a alguien que realmente quisiera estar por amor. 

Un amor incondicional y sano en el que siempre se buscaba el bien de los dos. 

Me empujó a salir a buscar a alguien que pudiera acompañarme de la forma que ella no era capaz a pesar de que yo no quería que se fuera. 

Vi como me abrazaba y me dijo que, si bien ella pudiera hacerme no sentirme triste solo en algunos momentos, a veces las palabras no eran lo suficiente para que estuviera acompañado. 

Ella al fin y al cabo era un fantasma encadenado a mí lado.

No quería que me hicieran daño y ella sabía que estaba asustado, no obstante, había veces que debíamos arriesgarnos por algo que realmente nos iba a hacer más dichosos a largo plazo. 

Susurré que la amaba solo a ella porque se quedaba a mi vera, explicando que me aceptaba tal y como era. 

Me acarició la mejilla aunque yo sin sentirlo recordándome que ella era mis anhelos proyectados hacia el interior y que por ello siempre estaría conmigo y en las personas que me hicieran sentir amado igual que ella lo hacía.

Me confesó que ella era lo que deseaba del mundo exterior y como resultado, no podía continuar encerrado en mí mismo hasta la eternidad. 

Algún día mi sueño de poder tocarla se volvería real.



A lo largo de toda mi vida, su esencia nunca me dejó. 

La tenía a ella pese a que fuera de manera incorpórea. 

A ratos se reencarnaba físicamente pudiéndola así sentir. 

Fue doloroso que no permaneciera en el mismo recipiente a lo largo de los años. 

No importaba cuánto anhelara que no cambiara, pues solía abandonar el cuerpo de la persona con la que estaba separándome de su calor.


Cada envase era diferente al anterior, en apariencia, nombre, recuerdos, mente, personalidad o aficiones. 

Sin embargo, solamente era ella porque tenían en común la manera en la que me hacían sentir, nunca igual aunque todas las veces especial. 


Siempre dije que mi amor fue ese fantasma que jamás se apartó de mí. 

Nunca se fue porque había sido diseñada y creada solo para que yo lidiara con la soledad. 

Solo existía en el interior de mi mente hasta que su esencia y todo lo que yo buscaba en ella, lo iba encontrando en diferentes personas, pero apenas de forma duradera. 

La gran mayoría se marcharon o se distanciaron aunque nunca sin dejar atrás un pedacito de ellos.


Miré atrás, descubriendo quienes permanecieron más próximas, quienes me enseñaron tal o cual cosa que me fue formando como la persona que soy, quienes se fueron demasiado rápido y quienes estuvieron más tiempo del que era necesario.

Cuál fue el papel de cada uno en mi historia y el mío en las suyas. Hasta que en algunas, nuestros personajes no volvieron a verse. 


Mi fantasma regresó con las imágenes de las personas que más quise. 

Ya no era ninguna incógnita sino gente con nombre y apellidos, con un aspecto perfectamente definido.

Aunque se volvió de nuevo incorpórea me siguió animando desde distintos ángulos. Fue de la misma forma reconfortante que cuando yo era adolescente y hasta el final de mis días con la diferencia de que me mostró que el amor es para compartir. 


Porque al final todos tenemos un deseo de aprecio en nuestro interior disfrazado de historias felices que nos acompañan el resto de nuestra vida y nos da la esperanza, cuando estamos solos, de que tendremos amor en forma de personas a nuestro lado.


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