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Militia est vita hominis super terra

La vida de los hombres sobre la tierra es lucha.

Mil cosas sentía al unísono, ninguna de ellas agradable. Mojados, embarrados hasta los huesos, famélicos, sedientos pero sobre todo asustados. Escondidos tras la trinchera, los supervivientes del pelotón.

La noche acechaba y la penumbra nos envolvía.
El silencio era estremecedor, quebrantado por los chillidos de  roedores con quién compartíamos lecho.
Nos mandaron descansar mientras no nos tocará hacer guardia.



Me tumbé mirando al cielo anaranjado deseando que llegara ya el amanecer.
Se me inundaron los ojos rompiendo a llorar en silencio engullido por la soledad, deseando volverla a ver una vez más.
Conseguí conciliar el sueño pensando en aquellos ojos herméticos a juego con su cabello despeinado y rebelde, su endulzada y carismática sonrisa.
Me desperté con un estallido cercano golpeándome contra la pared y, dejándome sin aliento. Un grito rasgó el ambiente.
Abrí los ojos observando el firmamento encapotado con numerosos haces de luz formados por balas trazadoras atravesando todo a su paso.


Me levanté enfilando mi fusil hacia el enemigo. Disparé un par de veces pero sentí el impacto brutal de una bala en mi hombro tirándome al suelo.
Iba a morir. Intenté tener valor.
Me volví a levantar y disparé a las personas que más se aproximaban.

Lance mi granada por fuera pero antes de que explotara, la enviaron dentro de nuevo donde estábamos nosotros. Todo paso muy deprisa, sin pensar, sin poder cambiarlo.
Miré a mi compañero que corrió y  abrazó la granada desesperadamente como a la salvación. Explotó en el siguiente instante volándolo en mil pedazos de carne y manchando mi uniforme de sangre.

Los enemigos estaban encima.
Se asomaron y una lluvia de balas cayó sobre nosotros, me desplome contemplando como una nube blanca tamizaba la luz del alba formando unos hermosos rayos crepusculares.

La silueta de un soldado tapó la luz, la muerte. Fijé mis ojos en los suyos descubriendo una chispa de melancolía, pánico e incluso compasión. Le devolví la mirada y le sonreí levemente pues él también quería marcharse a casa.


                                                                                

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