Punto y final
Puse punto final, pero no había acabado.
Recuerdo un tenue arco iris surcando el cielo aquel día...
La mañana en la cual la paz se alzaba con el amanecer, los niños salían a ensuciarse en el barro mientras sus madres gritaban enfadadas zapatilla en mano; los hombres madrugaban para alimentar al ganado y labrar la tierra; los aviones transportaban turistas cansados; los fuegos eran artificiales, festivos y vivarachos; la noche era para los enamorados. Simplemente todo volvía a ser como antes.
La humanidad finalmente dejaba de convulsionarse de odio, ira, violencia y guerra.
O al menos era lo que la mayoría podía observar…
El capítulo de la batalla había pasado, sin embargo el de las secuelas estaba destinado a ser sempiterno y ocupar el resto de las páginas de mi humilde libro.
La memoria era la peor enemiga, el miedo su fiel aliado y la noche el escenario idóneo donde la acción se llevaba a cabo.
En mis vespertinos sueños, todo lo que aquel día había vivido era recreado de una manera terrorífica y violenta.
El chiquillo que aquella mañana había traído el periódico, era cargado con un rifle más grande y pesado que él para ser obligado a asesinar a sangre fría a su madre agonizante; el establo manchado de estiércol, era sustituido por un montón de cadáveres cuyos rostros conformaban una horripilante mueca de dolor congelada eternamente; la gente chillaba poniéndose a cubierto de los aviones de combate enviados por el mismo Lucifer que veloces andaban acechantes. Descargando la munición sin control, la gente moría indiscriminadamente y todo el pueblo se convirtió en el Jackson Pollock sangriento más macabro de la historia.
Me había dicho que iba a ser feliz, sin embargo, no me veía capaz y el punto final definitivo se veía demasiado lejano para aguardarlo.
La herida era demasiado profunda para que no quedara cicatriz alguna.
Aunque las personas como yo no fuimos registradas como tal, nunca dejaríamos de ser víctimas mortales equiparables a las del frente en aquel atroz conflicto.

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