Vanidad de vanidades.
Fue cuando me desvelé en un lugar ajeno aparentemente similar.
Aunque…
Todos sonreían, la tristeza era íntegra, nadie escapaba.
Angustiosamente era como lo contaban:
Primero intentarás ayudar, hacer felices al resto, preocuparte, pensando erróneamente que lo harían por ti.
La realidad te atiza con su puño de acero. Nadie da nada sin esperar algo. Regalar pierde su significado.
Después alguien dice que puedes fiarte. Confundido y abrumado confías… Inopinadamente, eres manejado como un objeto. Descubres una nueva palabra, hipocresía.
Las heridas jamás acaban sanando, pero te acostumbras al dolor.
Eres mejor, sobresales, destacas. Intentan convencerte de lo contrario, ignoras.
Comienzas a relucir e inminentemente se echan encima, golpeándote ferozmente para que no te vuelvas a levantar.
Intuyes que las flaquezas son esenciales para desvelar quién es quién.
Vences, triunfas, y cuando ven que no pueden hundirte, juran jamás haber obstaculizado.
Cruel, atroz, implacable. Debes ser optimista, todo depende de la perspectiva.
En estos días catárticos que orean el alma, los buenos recuerdos aventajan a los malos, elemental para dictar si con ilusión seguirás combatiendo o alzarás bandera blanca.

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