(Conocedores del dicho de no juzgar un libro por su portada e inconscientes de todas las veces que no seguimos ese consejo).
Acabamos de salir de clase un viernes a las 14 h de la facultad. La mañana se había hecho demasiado larga y no veía hora de comer y tirarme en el sillón a dormir un rato antes de comenzar a estudiar.
Iba con 2 compañeros de clase y una chica amiga de uno de ellos que, por lo
que explicó, había ido a recogerle para ir a un restaurante a comer con sus familias.
No fueron necesarias presentaciones formales pues enseguida se integró en el grupo charlando.
- Bueno, hasta el lunes, que voy a pillarme un "Glovo"- dijo uno de los chicos refiriéndose a utilizar el servicio de una empresa de comida a domicilio.
- ¿Un globo? - se extrañó ella visualizando en su mente un trozo de plástico elástico inflado por la presión del gas en su interior
- Sí, es que no he cocinado nada.
- Ah vale, estaba pensando en que ibas a comprar un globo, como el de los cumpleaños y las fiestas.
Miré algo extrañado a mi compañero mientras reíamos un poco todos, incluida ella.
- Los globos están muy bien, sobre todo los de helio, porque suben... ¿Y vosotros nunca habéis comprado estos globos grandes atados a una goma elástica para hacer rebotar en la mano?- comentó mientras hacía algo de mímica indicando la magnitud del globo y como se supone que el mismo debía de rebotar en la mano, parecido a una pelota de baloncesto pero más veloz.
Respondimos que no sabíamos a lo que se refería pero, sinceramente hacía años que no jugaba con un globo y no me interesaban apenas.
Nos despedimos del chico que iba a comprar su almuerzo y continuamos nuestro camino mi compañero, su amiga. Como ni mi compañero ni yo teníamos nada de qué hablar, la dejamos hablar a ella el resto del trayecto.
- Pues a mí me gustan mucho los globos, los columpios, los animalitos tiernos y en general todo lo que hace ruido, es suave, se mueve, brilla y tiene muchos colorinches.
Nos contó que veía en general vídeos de muchos animales distintos, pero sus preferencias tendían más hacia gatos, conejos, hámsters, perros y pájaros.
Admito haber sentido un pelín de bochorno por mi amigo y por mí. Dos hombres hechos y derechos, que lucían algo de barba y nos afeitábamos, que estudiábamos en la universidad, que habíamos trabajado en verano… conversando con una persona que tenía una persona que no paraba de gesticular de forma bastante exagerada y tratando temas de manera tan infantil.
Estuvimos hablando sobre las razas de algunos perros que vimos por la calle. De hecho mi compañero y yo comentábamos la raza que podría ser o a la que se le parecía, mientras ella alegaba que le gustaba mucho ese o el otro por cosas muy superficiales como su aspecto peludo, el color o la forma de andar.
Mi papel quedó relegado al de observador pasivo hasta que nos despedimos.
Ella insistió en buscar un vídeo determinado, uno con casi 1 millón de "me gusta" donde se mostraban unos cachorritos jugando. Había que admitir que eran tiernos pero no al nivel de ponerse a pegar grititos de emoción…
La observé desconcertado con una expresión de “¿Qué haces? No es para tanto” aunque se podría interpretar por reproche o algo más ofensivo. En ese momento determinado me pilló mirándome de esa forma, haciéndome sentir ligeramente sonrojado pues no quería herirla. Sin embargo, cuando ella sonrió pensé que no se habría dado cuenta de que me daba algo de vergüenza ajena.
Nos dijimos adiós con la mano y seguí solo hasta mi casa caminando pensando en la edad que ella tendría. Tal vez unos 12 años por el tipo de conversación arbitraria, sin demasiada conexión entre temas, sin filtros y muy despreocupada al no haber hablado de nada “más serio” o profundo… definitivamente, la apariencia me desorientó en la cifra, debido a que podría pertenecer a un rango de años difuso.
Estuve pensando el fin de semana en esa cuestión, así que el lunes en clase cuando vi a mi compañera, traté de salir de dudas.
En primer lugar, pregunté qué tal general y cómo había ido la comida. Pura formalidad para evitar ser invasivo, pues no era lo que quería saber realmente.
Dejé caer el tema de la edad de ella, comentando que podría encajar en una amplia variedad.
Saber que hacía unos pocos años que había traspasado el par de décadas, al igual que nosotros, me descolocó totalmente.
Otra cosa iba a comentar, cuando justo llegó el profesor y tuvimos que guardar silencio.
Me hallaba pensativo dando vueltas sobre lo que me acababa de enterar. La razón más lógica que se me ocurría para explicar tal actitud, era un desajuste entre su madurez y su edad biológica en comparación con la mayoría de personas que me rodeaban.
Vi en internet que el número de personas con cociente intelectual entre 70 y 85 era del 2/7 (casi 30%) de la población mundial. Muchísimas personas realmente y no sería de extrañar que yo conociera a gente que estuviera en esa zona de la escala sin yo saberlo, al igual que en el lado opuesto.
Quise conocerla un poco más, no estaba interesado en ser colegas ni nada parecido, lo que ocurría es que me atraía su forma de pensar como pinceladas sobre un lienzo, sin dirección ni propósito. Si fuéramos cuadros, yo sería una pintura realista o un Mondrian y ella un Picasso o arte contemporáneo.
No sabía bien cómo contactarla al no tener apenas confianza, en consecuencia y de manera muy natural, acudí a la persona mediante la que nos habíamos conocido.
Propuse a mi compañero un día que íbamos a dar una vuelta, que la invitara escudándome en que me había parecido simpática. No mentí, simplemente omití que parecía más interesante que maja.
Ella nos saludó con efusividad con su mano alzando la voz en un “hola ¿Qué tal?” a pesar de estar próximos. Una mujer y un par de niños giraron su cabeza para mirar a quien le hablaba produciendo en mí algo de apuro.
Por curiosidad le pregunté a qué se dedicaba, aunque respondió sin dar detalles, que a un asunto que no sabía si le gustaba. Me pareció de lo más común, dando por sentado que sería algo relacionado con la administración o apoyo tal como reprografía, repartos u organización básica de un centro.
De forma planeada les dije que fuéramos por una calle en la que había un edificio al que acudían personas con dificultades de inserción laboral debido a sus capacidades intelectuales.
Dejé caer que si sabían de ese centro respondiendo ambos que no lo conocían. Les pedí opinión y ella respondió “Pues bien. Está hecho para ayudar a personas que no lo tienen fácil.”
Quise saber si conocían a alguien que acudiera a alguna institución parecida, en otras palabras, que si conocían a alguien con ese tipo de dificultades.
Mi amigo dijo que a una persona aunque no hablaba apenas con ella cuando estaban en el colegio, solamente sabía que tenía profesores de apoyo que les impartían lecciones individuales.
Ella contestó que el hermano de una amiga suya pero que acudir a una organización parecida a esa, le había ayudado mucho a prepararse algunos estudios y conseguir un trabajo que le permitía ser independiente.
Escuché atentamente su reflexión acerca del estigma social que caía sobre esas personas que tenían dificultades en un área determinada, como a la hora de relacionarse, tomar decisiones o razonar en actividades escolares. Ya suficientemente mal debían de sentirse al ver por ejemplo que eran separados del grupo de compañeros en determinadas asignaturas, para que después ellos también te apartaran durante los recreos.
Me pareció impactante porque su respuesta presentaba mucha madurez, en contraste con sus aspavientos o risa ruidosa por cosas bastante ordinarias.
Mostraba ahora una faceta de sí misma comedida y con mucho sentido.
Luego añadió “Todos tenemos derecho a elegir a las personas de las que nos rodeamos pero me parece que a veces sería mejor dar la oportunidad de descubrir más las cartas sin decidir de antemano quiénes son. Suele pasarnos a los que parecemos diferentes. Tampoco pasa nada si no quieren hablarnos, lo que me lastima es que hablen de forma despectiva de nosotros, como si nuestra forma de ser fuera menos adecuada o fuéramos menos dignos”.
Sus palabras no fueron de reproche ni de resentimiento, más bien, con una comprensión y aceptación admirables.
Era consciente de que no hablaba por mí, sino de manera genérica sin que eso quitara la sutil sensación de culpa. A pesar de que no la había ofendido, sí que había dado por hecho como era ella.
Pregunté a qué se refería con que era diferente, a pesar de que sospechaba lo que iba a decir.
“A veces la gente me mira de forma extraña por mi manera de expresarme o emocionarme con las cosas pequeñas teniendo una edad y por matricularme en una ingeniería en vez de ser educadora o animadora infantil. Ser espontánea y genuina con mi alegría es de lo que se compone la felicidad en la rutina, desde mi punto de vista. Sé que en el futuro dejaré de hacerlo, pero aún quiero continuar un poco más permitiéndome tener ilusión en un mundo adulto tan aburrido, preocupado, estresante, caótico y doloroso. Todos tenemos maneras de sobrellevar las dificultades y la que he escogido yo es la de reírme de lo que me hace gracia sin miedo.”
Hubo un lapso de silencio hasta que la chica exclamó algo desilusionada, que no sabía que la papelería de la esquina había cerrado.
Mi amigo sonrió y ella se justificó explicando que para qué iba a dar vueltas innecesarias a un tema ya gastado en ese momento y del que nadie le apetecía seguir tratando. Sacaba otro que le parecía entretenido sin preocuparse por si no estaba relacionado con el anterior.
Fue cuestión de acostumbrarse tras un rato a sus giros inesperados. Esas pequeñas sorpresas o sinsentidos que hacían de una conversación más entretenida, graciosa, sorprendente y memorable.
Cuando nos despedimos, expresó que le había entretenido mucho y que se alegraba de que la hubiéramos invitado.
Con actitud divertida, comentó que valoraba mucho mi voluntad de saber más acerca de lo que me parecía extraño.
Mi cara de sorpresa, daba a entender que no esperaba que hubiera intuido mis pensamientos ni que se hubiera dado cuenta de mi cara escéptica constante solo porque ella no parecía darle importancia.
Su expresión de amabilidad calmó la vergüenza de haberla juzgado apresuradamente. No estaba ofendida, no pretendía dar lecciones morales a diestro y siniestro para hacerse la importante.
Su actitud no era de soberbia al ser consciente de que todos podemos errar en nuestras percepciones, no obstante, es conveniente dejar ese espacio flexible en el que aún podamos abrazar el cambio.
Le estoy sinceramente agradecido debido a la dulzura con la que me hizo llegar el mensaje y por la profundidad alcanzada en mi mente.

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