Para alguien que no llegué a conocer demasiado. Aquí te seguimos pensando.
…
Andaba por la capital de turismo algo perdido entre el ajetreo buscando la forma de visitar ese museo del que tan bien me habían hablado.
Estaba en el metro leyendo 500 cartelitos sin saber bien cómo funcionaba todo ese jaleo de las paradas.
Me cansé de leer y dar vueltas con lo que fui a pedir a algún trabajador que me socorriera cuando te reconocí viniendo de frente.
No caíste al principio hasta que te expliqué la relación familiar lejana un pelín intrincada que nos unía. Me hiciste sonreír con esa típica cara que pone la gente cuando se le enciende una bombilla metafórica en la cabeza. Tan exagerada y a la vez tan genuina y expresiva que nos recuerda por un instante que, a pesar de no habernos tratado con anterioridad, ambos somos humanos.
Resulta que ibas a hacer una pequeña tarea burocrática y dado que mi día era totalmente flexible, te acompañé.
Te movías como pez en el agua en ese agobiante ambiente, sabiendo exactamente donde tenías que ir, a qué hora y qué vía querías coger para regresar a casa. Las diferentes combinaciones etc.
Ese tranvía de regreso no lo tomaste pues decidiste compartir juntos la tarde visitando este museo que tenía planeado.
Comimos por ahí y conversamos sobre la familia, amigos, aficiones y asuntos de lo más intrascendentes.
El transporte público era tu pan de cada día, tomando el metro incluso para ir al gimnasio a practicar boxeo.
A mí ya me pesaba en mi vida cotidiana si debía caminar más de 20 minutos calificando esa distancia como lejana mientras que para ti estaba seguía al lado. Muy comprensible porque tú tenías que invertir 3 veces más de tu tiempo para ir a casi cualquier lugar.
Costumbre lo llamaban y un “no me queda otra porque vivo aquí”.
Lo último que conocía de tu trayectoria profesional, era simplemente que no te acababa de convencer los estudios en el instituto…
Cursaste un grado superior de formación profesional y me pareció totalmente impresionante que ahora te dedicases a la informática y programación.
Para mí, las entrañas de internet siempre han sido un mundo aparte fuera de mi control. Un paraje inhóspito y oscuro lleno de letras, símbolos y barras que no entiendo.
Además que con apenas 23 años y ya trabajando en ese bosque frondoso e intrincado, me hizo darme cuenta de lo pronto que habías localizado tu forma de contribuir en la sociedad.
En numerosas ocasiones, las personas son sutil e injustamente segregadas entre los que poseen un título universitario y los que no. Asociando a los primeros los calificativos de “más capaces”, “más listos”, “más habilidosos” o “buenos estudiantes” mientras que a los segundos se les tacha de “vagos”, “malos estudiantes” o incluso “menos exitosos”.
Me atrevería a apostar que tienes un buen futuro laboral en un nicho que no para de evolucionar y también personal como uno más en el mundo.
Trabajabas desde casa contando con la ventaja de ahorrar horas de sueño, dinero, empujones de personas o acompañantes un tanto desagradables.
Un lujo es tardar 4 minutos para encender y preparar el ordenador, en vez de 1 hora entre metro, autobuses y caminar a la oficina. Además de omitir asientos incómodos, ropa algo formal, calor o frío, baños de uso colectivo o esa media hora inevitable para ir a pedir cualquier cosa en el bar...
A pesar de todo, para mí, lo mejor era vivir en un lugar tranquilo en el que no te cueste tanto dinero el transporte pero aún así ver a gente, estar lejos de tentaciones como la televisión, ver una mota de polvo y no quedarme tranquilo hasta limpiarla o hacer los descansos con colegas en vez que con mi madre en tu caso u otro miembro de mi familia cercana. En absoluto me llevo mal con ellos, pero verles tanto tiempo la cara no era mi ilusión en principio.
Fue un buen muy buen rato intercambiando números de teléfono al despedirnos por si alguna vez yo me dejaba caer por aquí o tú por mi zona y volver a vernos.
Sabía que era poco probable que pasara, más bien era un acto de cortesía social con la típica coletilla de “si eso, te doy un toque”.
¿Cuántos contactos tendría ‘por si me daba por quedar de nuevo’ y a cuantas de esas personas ni siquiera les felicitaba el año nuevo?
Quizás nos volveríamos a encontrar, pero lo que es seguro es que esa tarde había pasado como aquella en la que entré por primera vez en aquel museo, me ayudaste a moverme por el metro y nos conocimos algo mejor.
…
Salí rápidamente de mis ensoñaciones en cuanto el tren se detuvo y las puertas se abrieron.
Esperé tranquilamente a poder salir sin riesgo de ser apretujado y pisé el cemento de la estación de mi ciudad justo antes de suspirar y dirigirme al apartamento.
La persona con la que había quedado en la capital había sido tu madre quien, llegado un momento, comenzó a hablarme de ti antes de romper a llorar porque te echaba mucho de menos.
Una tarde de abril te fuiste al gimnasio, acabaste el entrenamiento de boxeo, bajaste para coger el metro y ocurrió un accidente que provocó que nadie introdujera la llave en la cerradura de tu casa aquella noche.
Fue cuando el Sol volvió alto en el cielo azul que me informaron de la noticia.
Recuerdo que me impactó mucho sintiendo un agobio considerable. Esa misma mañana, aprecié que las plantas del parterre de la calle donde vivo, comenzaban a florecer puesto que muchas vidas estaban a punto de comenzar al tiempo que la tuya se había cerrado abruptamente.
La probabilidad había sido segada de raíz, sin embargo… ¿Te imaginas que la historia que acabo de imaginar hubiera ocurrido realmente?
Era difícil encontrarnos en plena gran ciudad, que te hubiera identificado con todo lo que cambiaste físicamente o que pasáramos una tarde juntos. ¿Quién sabe si nos volveríamos a encontrar fuera de las reuniones de parientes lejanos?
De todas las preguntas que se me vienen a la mente, solamente elijo unas pocas.
¿Aquel día admiraste por un instante el Sol ocultándose bajo el horizonte?
¿Cómo era el cielo nocturno la última vez que lo miraste? ¿Apreciaste la sonrisa del lucero vespertino? ese mismo que daría paso al primer alba que ya no pudiste contemplar.
Sin sospechar que iba a ser la última vez ni tener la oportunidad de despedirnos o cerrar heridas de gente a tu alrededor que se quedaron con las ganas de decirte algo.
Al mismo tiempo, debe ser muy duro ser consciente de que te vas apagando, de que cada día, realmente puede ser el último.
Cualquier momento sabe a poco, no importa si tienes 23 años, la mitad, el doble, el triple o el cuádruple puesto que lo desconocido da miedo.
Me parece que cuando era niño ese concepto tan abstracto de la muerte me parecía aterrador pero lo compensaba con lo lejano que parecía estar.
Tenía esa esperanza de que al ser adultos todo lo difícil se haría fácil, igual que escribir o leer más rápido, pero nada más lejos de la realidad.
Existen infinidad de cosas que nos asustan ‘a épocas’ y otras que no sueltan nuestra mano jamás. Lo que pasa es que la mayoría de las veces, los adultos solemos saber controlar, gestionar u ocultar esas vulnerabilidades.
Antes de entrar a mi portal, me fijé en ese mismo parterre que indicaba que volvía a ser primavera otra vez. Pero no para ti.
Parece que tu partida duele más por ser una persona joven ¿no? Por esa noción de ‘lo que se supone que debe de ser’ solo porque es más común que los abuelos mueran antes que los padres y los padres que los hijos. No tiene que ser así y por desgracia, tú eres prueba de ello.
De la misma forma, tal vez exista un mecanismo o vía sobrehumana que no soy capaz de comprender, por la cuál puedas leer todo esto.
Estoy seguro de que en alguna especie de dimensión metafísica estás saltando de ilusión.
La gente dirá que no es verdad, más yo me inclino
a creerlo porque ya sabemos que las cosas improbables también suceden.

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