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Sábanas de rebajas



Llevaba pensando en él toda la semana. La forma en la que pareció que se despedía de mí para siempre y yo me giraba para verle marchar en silencio. 

Me estaba secando una lágrima con la mano cuando giré la cabeza hacia un escaparate donde vendían objetos para el hogar. 
Pasaba la mayor parte de los días por delante de él y solía mirarlo unos segundos a ver si variaba algo las ofertas.

Quería comprar un juego de sábanas nuevo en concreto pero estaba aguardando a ver si bajaba el precio así que en cuanto vi el cartelito de las rebajas entré decidido al tiempo que sacaba la cartera del bolsillo del abrigo.

Cuando estaba pagando, vi al fondo un cuadro sencillo que ponía “lo común está bien y lo no convencional, también” y fue cuando caló dentro de mí esa idea de que entonces no había nada que me impidiera hacer lo que quería porque igualmente sería correcto. 
Fue una frase necesaria llegada en el momento más oportuno, como una especie de señal del mundo esperando a que yo la viera.
Me entusiasmó el cuadro y me juré a mí mismo que si lo compraba, sería con él a mi lado. 
Le pregunté a la mujer si podía reservarme ese cuadro hasta mañana pues puede que lo comprara.

Salí de la tienda y regresé caminando deprisa hasta su portal quedándome sentado con la bolsa y las sábanas en el interior, esperando mientras me decía que estaba totalmente loco al tiempo que justificaba que todos lo estábamos un poco. 

Apareció una hora más tarde y le di un abrazo confesando que era mentira que lo que sentía era solo amistad pues deseaba que estuviéramos juntos pero tenía miedo de no tener una vida como la de los demás. Me sonrió de forma muy expresiva y hermosa expresando que no éramos necesariamente como los demás. 
Nos dimos un beso muy dulce en los labios y cuando nos separamos le dije que lo primero que teníamos que hacer en ese momento era regresar a una tienda a comprar un cuadro. 


El día comenzó algo gris y lluvioso. El despertador sonó a la misma hora de siempre y yo me quedé los mismos 5 minutos metido en la cama mentalizándome de lo que tenía que hacer aquella mañana. Aparté las sábanas sin ver a nadie a mi lado, al tiempo que sonreía porque iba a ser por poco tiempo. 
Saqué un pie de la cama, después el otro y sentí ese fresquito al apoyar mi piel sobre el suelo. Algo a lo que siempre hay que enfrentarse a la hora de comenzar el día sin llegar tarde a todos los sitios, era aguantarse y sentir algo el frío. 
Otra cosa era ducharse, mejor dicho, salir del agua calentita que te relajaba todos los músculos para después medio morir congelado antes de alcanzar la toalla o el albornoz y vestirse…

Entré en el cuarto de la niña dándome algo de lástima porque estaba muy a gusto dormida abrazada a su almohada, pero tenía que hacerlo porque saltarse las clases no era adecuado para su educación. 
Ya había puesto la excusa de que estaba mala la semana pasada porque me dijo por la mañana que le dolía la cabeza.
Fuimos a urgencias a buscar a mi cuñada que es médico básicamente para que le dijera que lo que tenía no era nada grave, falta de sueño como mucho. Le hizo un justificante y ya la iba a llevar de nuevo al colegio cuando me preguntó si podía quedarse en casa viendo la televisión… 
Le dije que solo por esa vez y ella me dijo que yo era “el mejor padre del mundo”, fruncí el ceño y pregunté por mi pareja a lo que me dijo que él era “el mejor papá del mundo y yo el mejor papi”. No a los favoritismos y sí a que nos llamara papi y papá porque los nombres de pila sonaban demasiado impersonales. 

La pena por ella se me pasó cuando me miré a mí mismo al espejo con más detenimiento sintiendo una especie de autocompasión cuando tener hijos 10 años, te suma 50 años de  golpe.
Al menos me quedaban solo unas horas para dejar de ser padre soltero porque regresaba mi pareja, pues se había tenido que ir casi un mes desde mi punto de vista (y 4 días para el resto del mundo), porque su tía abuela estaba ya muy enferma. Le di el pésame cuando me informó de que falleció ayer por la mañana y sería el funeral hoy a primera hora.

A mi hija le recordé que tenía que ir al colegio y como no se levantaba le encendí la luz mientras ella se quejaba un poco. Traté de animarla indicando que un nuevo día comenzaba, más sin mucho éxito, creo que por mi careto.
Me preguntó “¿Cuándo regresa papá?” y le dije que en 8 horas… Creo que mi pareja era algo así como la mamá a la que los niños llaman porque él es el ordenado de la pareja, el detallista y el que cuida que los colores de la ropa combinen. Yo era el más práctico haciendo buen equipo dado que de vez en cuando alguno de los dos se iba un poco hacia sus extremos. 

Le dije a mi hija si podía encargarse de peinarse, asearse y vestirse mientras yo le ponía la ropa y le daba el desayuno a su hermano de dos años.
Ella se quejó un poco diciendo que es que papá siempre la peinaba y le hacía trenzas pero yo le respondí que mañana tendría sus trenzas pero yo no daba a basto con los dos.
Se encogió de hombros y desapareció en el baño mientras a mí me tocaba encargarme del pequeño individuo. 
Hasta me daba la sensación de que me estaba desafiando con la mirada diciendo “¿A qué no puedes vestirme?” Porque no paraba de moverse y no me hacía caso pidiendo que se portara bien, pero me hizo estar como 5 minutos extra hasta lograrlo y sentarle en la trona.

La otra me estaba reclamando diciendo que si podía coger algo de chocolate y yo estando tan saturado le respondí que vale pero 3 onzas solamente. Me parece que se tomó más de tres la vez que fui yo el que fue a atacar la tableta.
Después me puse mi café, la leche de ella y la papilla de él. Con mi mano derecha le daba de comer y con la izquierda comía yo. No es que disfrutara demasiado del desayuno, pues desde hacía años era un ritual para evitar que me rugieran las tripas de forma vergonzosa a media mañana. 

Le lavé los dientes al niño, le puse el abrigo y justo cuando ya abría la puerta del piso, mi hija me llamó de nuevo y me preguntó un “¿Es que no vas a revisarme si llevo todos los libros a clase?” A lo que le respondí que sabía que papá lo hacía pero papi ahora estaba liado y se fiaba al 100% de ella. 
Me puso cara de súplica pues el otro día sí que lo supervisé, y vi que los críos no perdonan a un pobre adulto víctima de sus exigencias.
Cogí la agenda, y ojeé los libros diciendo que todo estaba correcto. Le mandé un mensaje a mi pareja comunicándole que ya no volveríamos a revisarle la cartera a nadie a partir de los 8 años.

La verdad es que estaba siendo un día complicado en la oficina según me comenzaba a sonar el móvil. Cogí el coche y llevé al chico a la guardería, a la niña al colegio y yo al trabajo. 
Contesté esas impacientes llamadas antes de llegar a mi despacho y leer correos como si no hubiera un mañana… 

Recogí al finalizar la mañana a las dos crías humanas, llegamos a casa y abrí la puerta con ningunas ganas de cocinar así que pondría a hervir el agua y haría macarrones. 
Me fijé en el abrigo colgado en el perchero pues resultó que mi pareja había venido unas horas antes de lo previsto y estaba preparando la comida. 
Le di un abrazo muy fuerte y le expresé que menos mal que había regresado porque casi acaban esos dos torbellinos conmigo. 

Nuestra chiquilla se lanzó igual que yo a sus brazos acusándome de no hacerle trencitas en el cabello. La miré diciendo que vaya agradecimientos, aunque enseguida me arrepentí de no haberlo dejado estar cuando comentó que debía de ser más a menudo padre soltero porque la había dejado faltar a clase y quedarse en casa viendo la tele. 
Olvidé decirle que eso lo mantuviera en secreto y mi pareja me regañó por consentirla pero a la vez comprendió que era una situación extrema así que no se lo tomó tan mal. 

Fui al comedor a poner los cubiertos y volví a mirar ese cuadro en el que estaba escrita la frase con la que comenzó todo... 
Mi pareja me dijo por detrás que algún día les contaríamos a los niños que las sábanas de nuestro cuarto que estaban de rebajas y el cuadro en el comedor, habían sido el inicio de esta familia tan poco habitual pero tan buena. 


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