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San Valentín

 


13 de febrero.

Mañana sería el primer 14 de febrero desde que nos separamos. 

Desde mi experiencia, hay tres fases de duración variable en este proceso. La primera nada más romper en la que los pensamientos son intensos, abrumadores y frecuentes ; la segunda fase siguen siendo comunes estos recuerdos o deseos de volver a estar juntos sin que te perturben tanto, puede ser que la causa sea la costumbre o que su intensidad haya disminuido ; la tercera en la que la frecuencia también baja, es probable que se encuentren de fondo, siempre presentes pero en nuestro subconsciente y cuando de vez en cuando resurgen lo hacen de forma más discreta.

No es extraño que las cosas nunca dejan de afectarnos del todo, evolucionan desde las lágrimas irrefrenables a una sonrisa sutil y nostálgica pues no las olvidamos, son parte de nosotros.

Me encontraba en la segunda etapa donde empiezas a salir un poco de forma algo inestable.

Son frecuentes los días y épocas algo más complicadas, siendo este uno de dichos periodos. 

Corazones por todos los escaparates con anuncios y ofertas por doquier.

En las redes sociales comenzaron por adelantado las publicaciones de conocidos con los regalos que había dado y recibido de dicha persona especial y me llegaban por duplicado si seguía a ambos miembros de la pareja.

O bien, casi peor eran esos mensajes expresando todo el cariño y agradecimiento que sentían. 

A pesar de que nadie me obligaba a leerlos, no los dejé pasar enterrando casi por completo el ánimo. 

Amplificar las emociones que nos afligen, es lo que hacen con frecuencia los humanos y no me parece algo estrictamente perjudicial si te ayuda a canalizar todas las emociones aún latentes para después continuar. 

Mi error fue que lo hice cuando no había acabado mis obligaciones y no es que no lo hubiera pensado antes, sin embargo el impulso ganó a la razón como muchas otras veces.

El trabajo me llamaba y si llevar gafas de sol en un día nublado era raro, mucho más en el interior de un edificio. 

No me parecería tan molesto si mi labor fuera algo así como trabajar barriendo las calles, en silencio frente a un ordenador o en cualquier situación en la que no tuviera que tratar con los demás. 

Me encontraba en modo ‘no quiero interactuar’, siendo mi labor la enseñanza.

Sé que podría distraerme haciéndome sentir mejor, no obstante, pese a que mis compañeros eran simpáticos deseaba hablarlo con alguien más cercano y de más confianza.

No es ninguna desgracia mostrarte vulnerable ante otros dado que todos somos conscientes de que las personas sufrimos sin excepción y es natural.

Da vergüenza al generar preocupación o demasiadas miradas de curiosidad que no se podían solucionar con un ‘no me apetece hablar de eso’ pues en general la gente mantiene silencio pero no dejan de comentar entre ellos las posibles causas de mi humor y una película en medio, de vez en cuando bastante variopinta. 

Al final todos hablaban de todos y no era algo que pudiera evitarse, lo único que pedía era que no me hicieran sentir como un ratón en una caja transparente.

Lo que más me pesaba era tener que impartir a mis alumnos la clase preparada el día anterior.

No oculté mi mal día, en forma de seriedad, notables ojeras y tono de desgana.

Considero que los jóvenes a veces no se dan cuenta realmente de que los maestros somos humanos también que cumplen una labor y cuyo objetivo no es ni suspenderles, ni humillarles, ni hacer que sus padres se enfaden por las calificaciones haciéndoselo pasar mal. 

Tras salir del centro educativo, comí y me reuní con mis dos mejores amigos para charlar un rato.

Pregunté por su familia y otros allegados. 

No era yo la excepción, ni mucho menos, de tener una genial víspera de San Valentín pues me informaron de que alguien a quien también conocía fue dejado por su pareja justo hoy. 

Opiné que menudo mal trago eso de romper ahora, casi parecía haber sido algo hecho con malicia.

La conversación posterior me hizo reflexionar y comprender que tenía su propio sentido. 

En esta fecha surgen expectativas sociales o costumbres de celebrar el amor aunque fuera felicitarse el día mostrándose alegres por estar juntos y darse cariño genuino.

Añadir presión externa produce que las grietas en una relación se vuelven aún más evidentes. 

Las cosas pueden haberse ido enfriando desde hacía tiempo, no obstante, es probable que la llegada del “día de los enamorados” fuera una especie de “ya no podemos ocultar que las cosas han cambiado tanto como para no sentir que hay todavía algo que festejar… ¿Qué sentido tiene posponerlo pues?”.

Igual que con otros eventos como los cumpleaños y la navidad en los que es costumbre vivirlos con familia, amigos y seres queridos.

Año nuevo en el que es un cierre simbólico de una etapa pudiendo percibirse por ello como un momento acertado para comenzar los caminos por separado.

Es curioso cómo las personas esperan o se ponen fechas “tope”, a veces con significado personal o social, para abordar los problemas y lógico que los conflictos se hagan más evidentes en períodos en los que es habitual compartir tu tiempo con otros.

Mis amigos me sugirieron que tomara ese día como uno más.

Un día común con la diferencia de que la gente estaría comentando los regalos, cenas o actividades de pareja por redes sociales. 

Pasar tiempo con seres queridos era otra opción aunque no me veía con motivación para afrontar preguntas acerca de mi seriedad ni convertir una reunión ligera en una terapia psicológica.


14 febrero 

No miré nada del móvil antes de ir a trabajar ni durante, sin embargo, los recuerdos de lo que estaba haciendo hace un año, no paraban de llegar.

Unos besos en el desayuno, un día eterno separados por el horario laboral, una hermosa cena, detalles, sonrisas, palabras de amor y una noche maravillosa.


Cuán diferente era el presente en el que simplemente aguardaba a que pasara ya el mal trago.

La tarde se estaba haciendo larga pensando en mi expareja así que me permití el capricho de comprarme una caja de bombones, ir a la floristería a por un ramo de margaritas sustituyendo así las flores artificiales que estaban en el único jarrón que había en casa.

Las compré porque eran la versión más grande de las que los dos arrancamos del césped en esas bonitas tardes.

Más tarde, acudí al cine en soledad a ver la película que hacía varios meses me comentó que quería ir a ver en el estreno.

Mis pasos me llevaron a una hamburguesería cercana observando de lejos esos dos asientos donde ambos cenamos la misma noche que hablamos sobre comenzar una relación romántica. 


Dado que aún era algo pronto al llegar al apartamento, me preparé un buen baño de agua caliente y espuma mientras escuchaba algo de música como intento de apartar de mí los pensamientos en los que deseaba su compañía.

Era irremediablemente no volver al bucle con todas esas canciones románticas, de desamor o de famosos cantantes que nos gustaban a ambos.

Incluso antes de dormir, me comí un bombón de chocolate negro y blanco porque me gustaba a mí y otro de chocolate con leche con trocitos de avellana de la caja pensando en que sería el que mi pareja elegiría.

Todo un día entre pequeñas lágrimas intermitentes hasta que salieron todas a la vez al tumbarme en la cama.

Por lo menos pude conciliar el sueño no demasiado tarde.


15 febrero 

Hablé con mi hermana quedando en una terraza preguntándome cómo lo llevaba pero mi cara no era precisamente de ausencia de sufrimiento.


Le dije que había comprado unos dulces, unas margaritas, fui al cine, cené en un restaurante de comida rápida y me di un baño relajado. Pregunté “¿No te parece muy penoso? Hacer actividades románticas en solitario”. 

Mi hermana negó con la cabeza respondiendo que en absoluto era penoso o de lo que lamentarse y que no tenían que ser actividades necesariamente para hacer en pareja. 

Ni siquiera por lo que la caja de bombones tuviera escrito en relación con San Valentín. Ni por su forma de corazón.

Porque las fábricas de chocolate, las producciones del cine, las canciones, el agua caliente e incluso el jabón de la espuma no están ahí específicamente para los enamorados. Estaban ahí para que lo pudieran disfrutar todo el mundo sin excepción en diferentes momentos del año de la forma que quisieran. 

Y las flores crecían bellas en sí mismas, sin que su valor aumentara según el número de personas que las compartían. Continuaban igual de valiosas independientemente de que estuvieran solas en el campo lejos de nuestros ojos o en un parterre colocado en la plaza mayor de una gran metrópolis donde muchos las miraban. 

No era triste pues y me hizo más consciente de que en numerosas ocasiones, las cosas las dotamos de un significado o interpretación determinada que puede transformarse y ser algo dinámico.


Entonces, comencé a intentar equilibrar todos esos simbolismos que me hacían aferrarme al pasado de forma insalubre.

Disfrutar de las películas por la trama además de porque una noche la vi con mi pareja, de las margaritas por sus pétalos suaves y su olor además de por los buenos momentos recogiéndolas, de los baños de espuma que relajaban los músculos a pesar de que también quisiera compartirlos, del chocolate por ser siempre tan dulce y cremoso sabiendo cuál era su preferido, de las canciones por su ritmo y letra aunque me hicieran sentir añoranza, de aquel asiento en la hamburguesería donde ocurrió ese especial momento pero a la vez tenía buenas vistas de la calle, de mi cama tan cómoda y calentita que me permitía descansar plácidamente pese a que ya no tenía a nadie al lado.

Acabas por dejar de asociar todo a la presencia de dicha persona, de seguir modificando el significado que le dábamos a cada estímulo. Haciéndonos un pelín más sencillo el duelo y entrar en la tercera fase.

Nada es incompatible con que todavía hay algunos disparadores muy fuertes del pasado, como el de la canción que tan feliz te hacía cantarla juntos. 

En la última fase del proceso me permito decir que tu recuerdo se vuelve tranquilo en mi corazón.



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