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Antes de la adultez

 


Andaba tomando una caña con unos compañeros y amigos del trabajo. 

Salió uno de esos temas tan recurrentes de… “Cualquier tiempo pasado fue mejor”, “¿Recuerdas cuándo éramos mocosos y no teníamos que hacer nada?” o “cuándo éramos adolescentes, saliendo y entrando sin más preocupaciones que andar por la calle todo el día con los colegas”. Me reí afirmando que mi “yo” de hace tiempo debía pagar facturas, ni ir a trabajar o responsabilidades como hacer la comida o limpiar etc.

No obstante, me detengo a pensar y sigo reflexionando profundamente ¿Realmente querría volver a mí infancia? 


...


Viajo con mi mente muchos años atrás y vuelvo a la juventud. 

La infancia es la época a la que le asociamos la despreocupación, la salud, la vitalidad, el juego, la falta de responsabilidad.

La adolescencia lleva escrita los cambios, el crecimiento, la búsqueda de independencia, la experimentación y algo desafiante pero también para disfrutar.

Siempre hay personas desafortunadas que no tienen una niñez "feliz”, donde los problemas del mundo no pueden ser ignorados porque ya te golpean nada más nacer o poco después. 

No fue por suerte en mi caso, mi infancia fue muy normal y de las que se podría denominar "feliz”.

Fui de esos chicos con adultos cerca, mis padres, que podían proteger y ofrecer lo que necesitaba, me cuidaron.

¡Qué caprichosa es la vida cuando me viene la nostalgia al observar a niños jugar pero no soy capaz de recordar nada apenas!

Uno de los primeros recuerdos que poseo (no sé si de verdad fue así o mi cerebro imaginó cosas y lo clasificó como recuerdo) es de ir a comprar con mi familia y ver el estante de chuches. Yo las pedí, aunque me dijeron que se me iban a picar los dientes de tanto dulce si además no me lavaba bien los dientes. A mí “yo niño”, no le gustaba lavarse los dientes. 

Lo de que si me las compraron finalmente o no, ya no está registrado en mi cabeza.


En los primeros años, dependías de si alguien adulto te acompañaba al parque con los amigos o querías ir a ver una cosa a una tienda y no podías simplemente salir por la puerta sin preocupar a nadie, siendo lo común y correcto no dejar que un niño ande solo dando vueltas por la calle.


Día tras día madrugar, ir con prisas si querías dormir más para reunirte con tus compañeros de clase y de sufrimiento. 

Tener que sentarte en la misma silla incómoda mientras un adulto iba a contarte cosas que no te interesaban y que se molestaba si intentabas mantenerte despierto hablando con tu compañero, jugando al tres en raya o leyendo un cómic colocado debajo del cuaderno. 

Algunos con su voz potente que te pitaba el oído aunque al menos te ayudaba a no dormirte, otros con una voz suave que parecían cantarte una nana.

Nunca olvidaré el estrés de preguntarle al compañero en qué página estábamos, qué ejercicio había mandado hacer o por dónde andábamos leyendo antes de que me tocara a mí seguir. Eso cuando nos iban nombrando en orden de asientos, porque si iba llamando al azar o con un patrón que no conocías, era la muerte.


La montaña de ejercicios junto con la velocidad de caracol escribiendo y pensando me hacían sumar horas sentado frente al escritorio de casa sin poder tocar esos juguetes que demasiado cerca se encontraban… 

El tiempo que dediqué a copiar enunciados, hojas arrancadas por mala presentación en el cuaderno o dibujando era más que el de pensar la respuesta a los ejercicios y escribirla. La tarde era casi igual de tortuosa que las mañanas con descansos demasiado cortos y tareas poco menos que eternas.

Además de que los profesores se enfadaban si hacías ejercicios en sus horas de clase de otras asignaturas, solo porque querías disfrutar algo entre semana, no solo 2 días del finde. Era lógico su perspectiva, pero también que quisiera no estar ‘esclavizado’ desde tan temprana edad.


Malos tragos, fueron tener que hablar en público. Con otros 4 más te mandaban al paredón del encerado y comenzaban a dispararte con preguntas sobre algo que puede que ni siquiera leíste. Los exámenes escritos solían pesar más en la calificación final, pero la presión de tantos ojos mirándote y una figura de autoridad que apuntaba en directo si lo hacías bien o mal, era horrible. Si te ponían un 0 en un examen escrito o pusiste algo descabellado, al menos el profesor lo leía en privado.


Para algunos alumnos era toda una hecatombe no saber la respuesta al sentir que te ponían en evidencia de manera oral al igual que los alumnos metiendo las narices en el examen corregido viendo que alguien que sacaba buenas notas había tenido un traspiés. ¿Quién no lo usaba como una excusa para que tus padres no se enfadaran tanto?, pues si alguien ‘de los buenos’ había tenido resultados parecidos, tenía que haber sido difícil ¿no?.


Para otros era imponente la mirada del profesor y las regañinas de los padres, pero no lo suficiente como para renunciar al juego, a la pereza o a hacer algo distinto, por ponerse a memorizar.

Algunos alumnos maldecían sus capacidades de retención de datos a pesar de haber estudiado mucho. 

Los nervios bloqueando la información que no llegaba cuando se necesitaba. 

Chiquillos que se desmotivaban cayendo de manera natural en el común “para qué esforzarme si voy a suspender igual”.


Asignaturas y profesores para todos los gustos. Alumnos que se tomaban las matemáticas como un juego divertido y otros como uno en el que siempre acababan perdiendo y frustrados. Materias en las que era un pequeño descanso intelectual aunque aburridos o a lo mejor algo de creatividad incentivaban como plástica, religión o música. 

A todos solían gustarle esas horas en las que, podías hablar un pelín más con el compañero. 


Educación física siempre ha sido de esas asignaturas que polarizaban a los alumnos entre los que eran su favorita y los que la odiaban bastante.

La emoción de ir con tus mejores amigos en el mismo equipo junto con esas pequeñas rivalidades y piques entre compañeros.

Practicar desde los deportes más tranquilos como el frisbee hasta un poco de artes marciales o placajes de rugby pasando por pequeñas acrobacias en el que sin querer alguien salía lesionado, malabares o juegos con raqueta donde entre hora y hora los niños se golpeaban con ellas hasta que alguien comenzaba a llorar.

Más de un brazo, pierna fracturada o esguince se hizo alguno y compañeros ilusionados por firmarle a otro la escayola.

Anécdotas divertidas pero muy bochornosas donde todos te miraban a ver si dabas bien la voltereta o te reías inocentemente de alguno que no se había enterado de que habían cambiado el ejercicio.

La asignatura en la que el despiste grita más que cualquier otra si te parabas o llegaba tu turno sin saber de qué iba. El profesor te mira inquisitivamente y el punto negativo estaba al caer, uno que jamás apuntó y otro que sí y no te lo dijo.


Los negativos y los positivos eran otra cosa que a muchos oprimían. Podrías ser el alumno con mejor comportamiento, que si te faltaban los deberes, no sabías la respuesta o te perdías en tu mundo, era posible que te cayeran. Hablar era lo típico por lo que te los ponían al tiempo que los niños de la primera fila atentos a lo que el profesor anotaba en su cuaderno y tú preguntando dudas mientras mirabas buscando tu nombre como un poseso a ver el número de positivos si compensaban a los negativos. 


Los profesores ponían en los trabajos grupales a los más aplicados con los que no lo eran demasiado a ver si les motivaban a hacer algo, aunque más bien hacían que los primeros se partieran el lomo por los segundos. 

Desde niños establecer nuestras prioridades hasta que la vida te enseña a pasar un poco de ciertas cosas y ser tolerantes cuando la salud mental se veía perjudicada si debías de dedicarle 10 veces más de tiempo para llegar al sobresaliente y no quedarte en el ‘aceptablemente bien’. 

Luego los profesores que con buena intención decían que si alguien no trabajaba se lo dijeran y los malos rollos entre compañeros empezaban. Acababas callado como un muerto antes de ser un bocazas y caer mal.


Profesores que nunca revisaban si habías realizado los deberes del día anterior y maestros que no fallaban ni un día.

Algunos que no les importaban las trampas en los exámenes y otros que estaban más que atentos a ver a cuántos suspendía por esa razón.


Luego llegó la reducción de deberes y el aumento de estudio con exámenes más exigentes y era casi peor. 

De ahí salieron unos estrategas expertos en saber cuál era el mínimo tiempo para dedicarle y sacar un 5 mientras otros prácticamente por y para estudiar.

Lo típico de modificar la fecha de los exámenes fastidiando a unos y “beneficiando” a los que no se habían organizado bien o los de la mentalidad de “cuanto más tarde mejor”. 


Tampoco es sencillo de dejar a un lado todos esos buenos momentos que hacían los días algo mejores. 

La sensación de euforia cuando el profesor te mandaba que corrigieras un ejercicio que no habías hecho, te lo inventabas y no te descubría. 

Las pequeñas charlas a través del papel con tu compañero de pupitre aunque solo fueran escribir “esto es un rollo. No entiendo lo que dice ni me importa”, dibujitos o cosas algo inapropiadas, las partidas ganadas al ahorcado o los aviones de papel.

Cuando a la hora de copiar escondías perfectamente las notas a letra minúscula y aprobabas gracias a tu habilidad con las manos. El alivio de que cayera lo poco que habías estudiado o cuando el profesor decía algo gracioso en clase y los alumnos con sus bromas bien traídas.


Sonreímos añorantes con la frase de "esos tiempos en los que el peor castigo o amenaza era un ¿a que se lo digo a mamá /papá/ profesor? y solo nos caía una regañina”. 

A mi nunca me dieron ni con la regla, ni el anillo, ni cachetes, ni tirar de la oreja, pero eso no quitaba para revivir esa tensión, ese temor, ese suplicante "perdón, pero no se lo digas” refiriéndonos a nuestros padres o profesores. 

Mirando desde la perspectiva actual es una tontería, pero para mi "yo de niño” era bastante agobiante. 


A los adultos nos pasa igual. Ya no es mamá, es nuestra pareja de la que buscamos aprobación o nuestros amigos e hijos, ni el profe sino la policía aunque la infracción solamente sea una multa y nada "grave”, o el jefe cuando puede que no nos costara hallar otro trabajo. 


Es difícil hallar empleo, pero para mí también lo era decepcionar a los padres, a los profesores, a tener fama de niño maleducado e irrespetuoso. Miradas de enfado, levantar la voz, preguntas o casi peor… esa expresión cansado o resignada de los padres con hijos que no sabían qué hacer para educarlos. 

En otras personas lo vi y no quería ser ese "caso perdido”, ese chico del que sentir vergüenza o del que la gente sintiera pena por mis padres al tenerme como hijo. 


Siempre hubo gente que desde edades tempranas supo gestionar bien los fallos, no dramatizar pero aprendiendo de ellos para no repetirlos, otros que se ahogaban en un vaso de agua, otros que tampoco pretendían hacer bien todo ni cumplir a rajatabla con las expectativas de los estudiantes. 


Y qué decir de la escuela… un lugar rebosante de lecciones a la hora de vivir en la sociedad. Aprender a tragarse injusticias o cosas que creemos que no son las mejores porque no somos los que mandamos. 

Me parece que adaptarse es muy relevante y beneficioso. Siempre habrá reglas en cualquier aspecto del mundo, no hemos de estar de acuerdo con todo de él, pero es bueno saber las normas y sacar provecho. 


Es cierto que ahora las irresponsabilidades pueden tener más peso o ser más graves al ser más capaces, pero también es al contrario. Podemos hacer más cosas por los demás y por nosotros mismos cuando antes éramos más dependientes del entorno.

Idealizamos la juventud, cuando, a pesar de no ser mala época, olvidamos ciertas dificultades que para unos niños son igual de agobiante que las adultas. 

Tenía miedo de crecer debido a lo que oía de que ser niño es mejor. 

Pesaba la expectativa de tener que comportarme “como alguien responsable de mi edad”, sin embargo, con el tiempo vamos aprendiendo a gestionar las circunstancias lo mejor que se puede. 

Respecto a la alegría o energía no tienen por qué apagarse, simplemente se transforma la manera de expresarla.


Me divertí mucho en la escuela, con mis amigos en clase, profesores entrañables, asignaturas no demasiado emocionantes y anécdotas inolvidables.

No fue malo, pero elijo la experiencia, la resiliencia que me dio el tiempo. Poder relativizar sin creer que se acabe el mundo en el proceso teniendo mayor número de referencias en cuanto que es lo que me parece importante. Mi autoconciencia, autoconocimiento y madurez. La rutina actual y la libertad.


(Reflexión sobre mi miedo a crecer: Cuando no recuerdas haber vivido otra situación, es más sencillo aceptarla pero también aferrarse a ella por inquietud a lo nuevo.)

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