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Aún te oigo

 



El cielo se encontraba empedrado mientras se serenaba paseando por la desierta calle.

Salir de entre las agobiantes paredes que parecían derrumbarse sobre él, debía de ser un alivio para cualquiera, no obstante, en esa ocasión no parecía hallar ningún consuelo. Ni en eso, ni en nada.

Ese día estaba más oscuro de lo normal al igual que su estado de ánimo.

Regresaba de nuevo a su casa pues nada podía hacerse y ya era hora de dormir en un sitio donde no fuera aquel incómodo y duro sillón reclinable que algún que otro dolor le había producido en la espalda.

La tristeza, la desgana, la decepción o incluso la rabia teñían sus pensamientos. No era justo que ella estuviera sufriendo tanto

Saber que ya sólo vería en contadas ocasiones a aquella persona que tanto le había cuidado y dado por él le hacía la persona más desgraciada del mundo, no obstante, su interminable agonía le destrozaba el alma.

Nada aparentaba tener sentido sin su sabiduría dada por los años, sin su jovial sonrisa surcada de arrugas, sin su vitalidad pese a los momentos duros acontecientes, sin su benevolencia, amabilidad y energía positiva que emanaba de su persona y alegraba a todos los que en su alrededor se hallaban.

Ella siempre había estado para tenderle una mano y ahora que parecía irse de su lado, no sabía qué sería de él.

Sin embargo, nada más taparse con las cómodas y suaves sábanas de su cama cayó rendido presa de la fatiga.


"Se encontraba dando un agradable paseo por el parque en su compañía una hermosa tarde de verano.

- Abuela, te quería decir una cosa- anunció, y nada más hacerlo, ella automáticamente comenzó a caminar más deprisa.

Sorprendentemente a pesar de sus usualmente debilitadas piernas, aceleró de manera impresionante e inesperada.

Se alejaba y seguirle el ritmo le era imposible

- ¡¿A dónde vas?!- exclamó - abuela, ¡espérame!

Se quedó afónico pero ella ni siquiera se giró para mirarle

Su figura se hacía cada vez más pequeña hasta desaparecer en el horizonte".


Se despertó de repente muy angustiado. Con el pijama pegado al cuerpo por el sudor, la respiración agitada y con gran confusión.

El teléfono sonaba encendido sobre su mesa con lo que miró que podría ser. En efecto, era quién esperaba.

Descolgó con el corazón en un puño conteniendo el aire en sus pulmones.

Treinta escasos pero densos segundos de conversación para que al colgar el mundo le quitara el ladrillo colocado sobre su espíritu pero a su vez le diera una punzante estocada en el corazón.

Se había acabado para bien o para mal y supo con certeza que ya jamás sería lo mismo que antes


Tres años después…

Había conocido a alguien , y como todo lo que en su vida acontecía, solamente tuvo ganas de contárselo a una sola persona que por desgracia se había dejado aquel mundo hacía ya mil atardeceres.

Esperó impaciente hasta la noche y de nuevo, igual que las otras veces, se metió en su confortable cama.

Cerró entonces los ojos y se durmió pensando fuertemente en ella proyectando su aspecto sobre la blanca pantalla de su cabeza.


"Tumbado sobre el colchón entonces, se puso de pie ingrávido levitando a dos centímetros del suelo, se dirigió al salón bajando las escaleras

En el sillón de enfrente estaba ella sonriendo dispuesta a escuchar todo lo que quería comentarle.

- Abuela ¿Qué tal estás?- preguntó alegre.

- Esperando siempre ansiosa a que charles un poco conmigo.

Le contó entonces todo sobre esa persona tan especial que había llegado a su vida, le relató con ilusión sus deseos, sus sueños y sus pensamientos más íntimos.

También sobre cómo estaba el abuelo. Él estaba algo nostálgico pero estaba en una residencia donde tenía todo lo que necesitaba. 

Conversaron como habitualmente hasta que la aguja del reloj colgado en la pared señaló la hora.

- Me tengo que marchar- le informó con ese toque melancólico en su voz. 

El tono de quien debía despedirse de un amigo teniendo que dejar la conversación a medias.

- Dile al abuelo que la mariposa que se posó en su reposabrazos, era yo dándole los buenos días.

Ya sabían que él era un hombre incrédulo, de los que nunca se dejaba llevar por la espiritualidad, el destino ni la religión. De cualquier manera, la mujer insistió opinando que, en el fondo, le gustaría.

Fue de regreso a su cama y entornó los párpados."


Abrió los ojos un segundo más tarde percibiendo la claridad dada por los rayos de luz a través de la persiana. Sonrió por lo afortunado que se sentía al poder seguir manteniendo aquel contacto tan especial con ella a la vez que comenzaba su rutina.


El primer respiro del día, justo tras el desayuno. 

Los cuidadores le habían dicho que atención con resfriarse, que los catarros eran muy malos con esa edad. 

El hombre pensó que lo anormal era llegar a cumplir los años que tenía, así que todo era peligroso a esas alturas de la historia.

Mirando a nada en concreto, sus ojos se dirigieron al delicado aleteo de un lepidóptero. El animal aterrizó justo donde hacía unos diez segundos había tenido su mano. 

A su esposa le habría encantado ese momento.

Seguramente le habría dicho “El color de ese insecto… ¿Recuerdas lo bien que me sentaba ese tono en la ropa?” a lo que él contestaría con una cursilería del tipo “¿Cómo olvidarlo? La primera vez que vi el Sol”. Casi pudo apreciar esos labios en su mejilla y después las yemas de sus dedos limpiando el color carmín de su piel. 


En ese lugar, nunca escatimaban en calefacción teniendo que secarse rápidamente el sudor de la frente.

El trabajador le indicó que su familiar se encontraba tomando un pelín el aire en el jardín. 

Esquivó alguna que otra silla de ruedas y le encontró sentado en una de ellas, mientras miraba las flores. 

Le saludó con el habitual abrazo hablando un poco de lo que había pasado la última semana. 

-Abuelo, ¿Al final te visitó la abuela esta mañana?. Me refiero a la mariposa amarilla que se detuvo en tu silla.

Él frunció el ceño realmente impactado.

Sí, la había observado con atención, con calma, con deleite buceando en el pasado. 

-¿Y tú cómo sabes eso?, estaba solo cuando vino- quiso saber desconcertado.

El joven sonrió ligeramente encogiéndose de hombros mientras comentaba que la mujer le extrañaba también. 


Estuvieron en silencio unos minutos hasta que despidieron con margen para que el abuelo no llegara tarde a cenar.

Había observado esa expresión pensativa en su rostro envejecido. La que siempre ponía al buscar la explicación más probable a un acontecimiento. 

Le había molestado ligeramente debido a que era una coincidencia demasiado rara, que ponía un poco en jaque el pilar alrededor del que había construido su vida, la lógica.

Tenía la total certeza de que le habría echado la culpa al caprichoso azar pues… ¿Quién en su sano juicio le creería si se lo confesara?

Eso era lo de menos.

A pesar de que su abuelo solo creyera en las casualidades, eso no le había impedido enamorarse de una de ellas.

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