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Cielo

 


De todos los apodos que utilizamos para llamarnos unos a otros, el que más poderoso me parece, es cielo. 

Seguramente es porque así me llamaba alguien que marcó mi vida de manera muy especial, aunque eso no le resta valor.


Caminamos juntos por la calle cuando comenté que parecía que hacía un buen día y media hora después, ambos estábamos empapados de la cabeza a los pies porque el chaparrón nos había cogido de improviso. 

La primera y única persona que me preguntó ‘¿Cuál es tu cielo favorito?’. Al pillarme de improviso, me encogí de hombros. 

Rió diciendo que le gustaban los atardeceres, comunes y hermosos a partes iguales, no obstante, sí sentía una cierta curiosidad por fenómenos extraordinarios como las nubes ‘morning glory’ que parecían guiarte en una senda o bien la inestabilidad de Kelvin Helmholtz que le invitaban a imaginar ángeles surfeando el cielo. 

Sentí inspiración por esas metáforas y me quedé reflexionando sobre esa simple cuestión…


“El firmamento despejado en su azul más puro y claro transporta a esos veranos soleados disfrutando del agua fresca, a esos días rebosantes de alborozo.

El humor de las nubes… Los cirros tienen una presencia sutil como pinceladas difuminadas; los cumulonimbos que acostumbran a retarnos para que adivines sus formas y los estratos son los más caprichosos cubriendo todo el azul de un gris perla.

El cielo encapotado que amenaza con precipitar. Si tomas distancia respecto a la lluvia, podrás ver las nubes inclinándose hasta el suelo. Abandonando ese trono en las alturas desde el que nos miran altivas y caen sus besos sobre tus mejillas en forma de gotitas frescas.

Esas luces que iluminan en un segundo el cielo mientras otras logran rasgarlo, una violenta raíz de luz buscando el suelo pareciendo que lo sujetan a golpes, igual que las plantas fijan el terreno. 

A veces un arco iris incompleto cuando el sol se asoma y si hay suerte, otro arco externo secundario cuyos colores se encuentran invertidos.

Los atardeceres en llamas puramente naranjas y rojizos al oeste y con un perfecto degradado pasando por el morado hasta llegar al azul en el este. 

En menos ocasiones verás las nubes anteriormente blancas volverse rosas como el dulce algodón de azúcar.

Al esconderse el sol, la oscuridad es perturbada por la Luna y las estrellas. 

En el lugar correcto podrás observar un poco mejor nuestro lugar en el universo. Un rastro de estrellas del brazo de la Vía Láctea. Como un pintor celestial salpicando con su brocha el lienzo. Como una mujer derramando leche de su pecho.

Incluso las noches cerradas tienen un encanto especial. Cuando los animales se vuelven menos tímidos y más escurridizos entre las tinieblas. 

En los polos las auroras traviesas juegan a perseguirse alegremente. Encendiendo de colores la negra bóveda celeste.

En todos había magia, en todos había algo atrayente y cambiante. Sobre nuestras cabezas afortunados los que pueden mirar el espectáculo siempre que quieran.”


Al acabar de leerlo me preguntó “¿Entonces no tienes un cielo favorito? Porque todos tienen su encanto”, miré hacia arriba y luego a sus ojos. “De hecho, sí que lo tengo, cielo” justo antes de permitir que nuestras emociones explotaran como truenos de amor y conexión.

Recuerdo verte llorar el día en que nos separamos, como el vapor arrastrado por las diferentes corrientes de aire. 

Las lágrimas brillaban y corrían como estrellas fugaces de todos esos deseos que no cumpliríamos en nuestra unión y por los otros que decidimos perseguir teniendo que sacrificar los primeros. 

Ahora estamos en paz en nuestros caminos a pesar del anhelo de nuestras manos entrelazadas.

De cualquier manera, siempre pedí a todos los demás que nunca me llamaran con este nombre. 

Ese toque nostálgico y bello de todos esos momentos tranquilos, turbulentos, felices, melancólicos, traviesos, aburridos, esperanzadores, desgarradores, ardientes y helados. Análogos a todos esos escenarios que hace tiempo reflejé en un papel. Están vivos.

Sigue vivo. El día en que perseguimos el atardecer sobre un mar de nubes montados en ese avión, temblando de emoción.

Vivo como el vibrar de nuestras dos voces pronunciando esa palabra que no quiero que nada empañe. 

Lo sigo pensando, lo sigo creyendo, lo sigo sintiendo… que pocas cosas cambian más que el firmamento, pero yo decidí que mi único cielo serías tú. Vivo y eterno.

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