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Demasiado


No era una buena época. Tampoco era la peor época.

Nada malo me había ocurrido, pero la sensación de extrañeza y fatiga estaban presentes.

Me parece que lo que me agotaba, era que los últimos meses no habían sido especialmente desahogados.

Demasiado repetitivo resultaba mi nuevo trabajo y por ello agotador mentalmente. Aburrido hasta decir basta. 

Mis energías se drenaban tan solo al pensar que me tocaría volver un día más.

Era relativa la suerte de trabajar de lunes a viernes.

El tiempo para mis aficiones se reducía a un día si quitábamos el sábado por la mañana durmiendo y el domingo por la tarde de lamentos inevitables.

Como un robot tenía bien tabulados mis tiempos antes de entrar a mi trabajo.

Vestirse unos 3 minutos, ir al baño y asearse 7, desayunar unos 15, lavarme los dientes 5, revisar todo lo que necesito 5 y caminar el trayecto de 18 a 20 en función de si el clima acompañaba y los semáforos también. 

Últimamente, vivía de ese café a media mañana con los compañeros, de los paseos de aquí para allá y de alguna que otra película pausada para preparar la cena y ver el resumen de noticias del telediario.

Hoy me levanté ya con cansancio apagando el despertador. 

La noche había sido de lo más común. Solamente una vez me desperté para ir al servicio con los ojos entornados y regresé entre las sábanas volviendo a caer en el sueño enseguida.

Por alguna razón en concreto que desconozco y muchas posibles, aquella mañana fui más lento de lo normal, teniendo que medio correr hacia el trabajo con la hora pegada. 

La jornada se hacía terriblemente pesada un día más aunque yo con menos fuerzas para afrontarlo.

El descanso en un suspiro voló y al salir lo último que me apetecía era tener que cocinar algo. 

Compré eso que mis amigos llamaban “menú de estudiantes”, aunque un gran invento que en 3 minutos al microondas la comida estuviera servida. 

Nada demasiado ligero al tiempo que nada difícil de ingerir y deglutir. 

Parecía exageración, pero alguna vez la mandíbula la notaba un pelín dolorida teniendo que parar unos segundos de masticar. Un lácteo al final, siempre entraba bien y la cama esperando una siesta de una hora, fenomenal. 


La segunda mitad del combate diario se dio mucho peor que la primera. Varios KO mentales y golpes directos al hígado de la motivación. Brazos flojos para cubrirme y actitud totalmente defensiva, o más bien, de supervivencia y deseando tachar un día del calendario hasta el viernes. 

La mayoría de las veces activaba mi modo piloto automático y hacía lo que tenía que hacer sin pensar demasiado en si me gustaba o no, en si mi amiga estaba en la playa, si mi primo de crucero o si el otro decía tener el empleo de sus sueños. 


Hoy fue uno de esos días en los que la mente no paró de señalarme todas mis desgracias al tiempo que mi consciencia, que ya se olía que nunca acababa bien ese discurso, trataba de anclarme al ahora. 

Uno, dos, uno dos, uno dos, uno dos, uno dos. Un segundo, y otro, y otro, y otro, y otro, y otro. 


Al salir llovía y con el viento el paraguas era poco efectivo si no quería romperlo más. 

Algo de música en mis auriculares y 4 minutos de canción pasaron mientras tarareaba. Quedaban 16 minutos hasta casa. Otros 4 minutos la misma canción y quedaban 12 minutos. Casi la mitad del camino y solo un semáforo por cruzar. 

Tres veces más canté en bajito hasta entrar en mi portal. El ascensor bajando y bajando con los números indicando la planta en la que se encontraba. Luego subiendo y subiendo. 


No fui al supermercado, en consecuencia, un par de sándwich de pan de molde y lo que tuviera, me serviría. Paté fue uno, jamón y queso quería el otro sin encontrar el queso por ninguna parte y tampoco tener ganas de sacar todo del cajón y volverlo a colocar. 


El perro del vecino ladrando y un hombre de edad similar a la mía entrando en su piso. 

Apenas habíamos hablado desde que yo me había mudado. Saludos casuales, conversaciones breves y algún ingrediente simple o producto de limpieza me pidió como favor entre vecinos.


No sé, pero tras una jornada interminable, algo me apetecía hablar, conocernos incluso un poco más pues dudaba de si fue él quien me dijo que trabajaba en la construcción o era abogado. 

¿Y cómo se llamaba? Lo había olvidado, la inicial me vino enseguida, pero el resto del nombre era un borrón en mi cabeza.


Salí con la excusa de pedirle el queso y llamando al timbre, escuché de nuevo al ruidoso can, él ordenando al animal que se comportara y sus pasos acercándose.

Giró dos vueltas la llave antes de abrir la puerta y le saludé un poco abochornado.

Sonrió amable mirándome. Esa actitud diciendo “¿Qué pasa?” Porque ni él era mi amigo al que podía molestar sin motivo sin que fuera raro ni yo más que un extraño que no solía alargar demasiado las conversaciones.


Pregunté si tenía queso para un bocadillo cuando él asintió dirigiéndose a su cocina a cogerlo. 

Dos lonchas preparó en una servilleta al tiempo que el perro estaba sentado en la entrada con su cara igual de simpática que su dueño.

Le di las gracias disculpándome por haberle molestado.

Un par de segundos sin yo moverme y de nuevo ese silencio incómodo de “¿Algo más?”. 

No me atrevía a decirle a un desconocido educado que mi día había sido horrible y que si podía charlar con unas cervezas en la mano como si de repente tuviéramos confianza. 

En vez de todo eso me salió un medio alegre “¿Qué tal el día?” sonando increíblemente forzado. 

Él me respondió que bien y me concedí a mí mismo la libertad de decirle que el mío bastante largo.

Sonrió haciéndome otra vez sentir que me chillaba un “¿Qué te ocurre?” en silencio. 


Entornó la puerta lentamente comentando que iba a preparar la cena y que tuviera una buena noche. 

Un adiós fue lo que salió de mis labios para enseguida dar tres pasos hacia mi apartamento maldiciendo mi sinvergüencería. 

No creía realmente que hubiera pensado nada mal de mí, tan solo un minuto incómodo sin preguntarme “¿Por qué sigues ahí parado? ¿Qué es lo que realmente quieres?” por cortesía. 


Sinceramente no sabía bien qué esperaba realmente. 

Era lógico que no me abriera su casa como a su mejor amigo y también mi apuro de pedir algo de compañía, de contacto de persona a persona.


No era necesario saber apenas el uno del otro para tener ese impulso natural de querer conversar.

Simplemente nacía de sus palabras y su actitud que transmitían esa humanidad anhelante.


Di buena cuenta de los dos sándwiches y como no había nada demasiado interesante que ver, me fui a la cama esperando a ver si el día siguiente era uno un pelín mejor. 

Puede ser que me llamaran para alguna entrevista tras leer mi currículum o que cruzara alguna buena oferta a la que solicitar empleo.


Me parece que si hubiera admitido mi deseo, me habría ayudado gustoso. Yo habría puesto un pequeño broche a mi pesado día y ¿quién sabe si hubiera sido el inicio sincero de una amistad?


Admitimos la existencia de malas rachas y de que todos estamos mal de vez en cuando, pero… ¿Cuánto pesa el miedo a expresarlo en ese preciso momento en que lo estás? 

Demasiado.


(Curioso fue que sin conocerme me hablara de sus preocupaciones. Poderoso fue el amor propio que tuvo al mostrar el lado que intentamos maquillar para encajar, porque necesitaba ser escuchado por alguien. Hermoso haber sido ese alguien en el que percibió esa humanidad).


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