(La clave es no cuestionar ni rebatir al individuo, sino a las ideas aunque accidentalmente nos apegamos demasiado a ellas y lo sentimos como un ataque personal.
Las ideas son dinámicas y este texto es un ejemplo. No pretendo imponer ni condenar ni ofender con esta idea, tan solo reflexionar un poco a quien le apetezca).
En mis años de estudiante, recuerdo a dos compañeros que ya con 16 años, uno se declaraba de una ideología política totalmente opuesta al del otro chico.
Lo más probable es que en sus casas se cocinaran esas opiniones o incluso, solamente fuera por rebeldía o por desentrañar la cuestión de por qué los padres las llamaban “pantomimas”.
No parecía demasiado destacable hasta que en los recreos, nos mareaban a todos con sus argumentos sacados de libros, enciclopedias, entrevistas, libros de historia…
Se lo comenzaban a tomar muy personalmente.
Los pequeños debates llegaban a ser discusiones en toda regla dado que algunos alumnos, lo narrábamos como si fuera un espectáculo.
Avivando la llama de la discordia con provocaciones innecesarias de ‘Vaya argumento ¿Ahora que vas a hacer para rebatirlo?’ o un ‘Te ha dejado sin palabras, admite tu derrota’.
Peleas de palabras en las que podrías declararte ganador si tenías más apoyo al convencerles más de tus ideas o bien, que el otro se quedara sin saber responder.
He de reconocer que yo fui un poco de los que echaban más leña al fuego, algo totalmente contraproducente, pero seguía la corriente de la emoción.
Como si de un partido de tenis se tratara en el que el objetivo, más que marcar un punto, fuera golpear al contrincante en la cara con la pelota. Era una versión tóxica del deporte a la que no dimos demasiada importancia al nunca llegar a los puños.
Tras un tiempo, la novedad se acabó, volviendo a la normalidad. Los cotilleos regresaban y otros juegos como las tabas, las cartas, las canicas o el ajedrez.
Mientras para la mayoría, los debates habían sido un pasatiempo más que pasó de moda, entre los dos compañeros de creencias dispares, había crecido algo parecido al odio.
Se juntaron con otro grupo de personas ‘fieles’ a sus creencias en sus respectivos partidos políticos continuando la propaganda y manteniendo sus argumentos actualizados.
Me llegaron noticias de que mis ex compañeros habían llegado a puestos altos en sus respectivos partidos de los que eran socios.
Parece que lo “apoyaban” tanto, que hacían la vista gorda de los errores en sus políticas, justificaban sus deslices en la aplicación de leyes con consecuencias inesperadas o puede que fueran el resultado de un sesgo en los datos.
En mi opinión, no creo que así apoyaran a su grupo de manera constructiva ni sana. En mí despertaba escepticismo, la sospecha de una falta de objetividad y transparencia alarmantes.
La pura ideología se diluía en el afán de llevar la contraria, de no darle la razón al contrincante, hacer oídos sordos sin tener en cuenta los argumentos a pesar de que en el fondo puedas no estar en total desacuerdo.
Anteponer las dinámicas de poder al bienestar real de los ciudadanos al fin y al cabo.
Es probable que al ser consecuencias un tanto ‘indirectas’, no inmediatas, ni catastróficas en masa, el ciclo de ver quién gana a quién cueste lo que cueste, continúe.
Soy consciente de lo sencillo que es hablar desde fuera cuando la realidad de mis amigos es mucho más compleja.
Con innumerables matices que escapan a mi total comprensión.
No espero que sean perfectos, cometen errores, son humanos y complicados.
Es natural entrar en esas normas sociales, adaptarse al sistema, ceder para conseguir algo que crees que puede ser mejor y si resulta que no lo es, admitir tu equivocación y aprender de ello.
Al final del día, ganar el poder de dar voz a tus ideas para beneficio social es clave.
Sin embargo, me duele cuando el poder extingue esa voz y la ideología y el partido están por encima del propósito inicial que es el bien común.
Vi discursos suyos en la televisión y entrevistas en el periódico que a veces daban un poco de miedo.
En general es pura táctica de comunicación, no obstante, en el caso de ambos, algo me decía que se tomaban al pie de la letra cada frase dicha, sin dudar, desde que eran adolescentes.
Procedentes de otras fuentes de información, descubrí que uno de esos compañeros de clase, se había divorciado de su mujer.
Aún reconocía en su rostro a otra de mis amigas del colegio.
Habían sido pareja desde hace muchos muchos años y sé que ella no se declaraba públicamente de ninguna ideología, aunque todos los de alrededor que no la conocían, daban por hecho que era acorde con la de su marido.
Quedamos para tomar un café, recordando épocas pasadas.
Los motivos por los cuáles, dos personas decidían separarse, varían notablemente. Son de esas cosas que suceden sin nadie tener culpa necesariamente.
Las circunstancias no son favorables, y según ella, él estaba cada vez más enfocado en su trabajo, rompía la norma de dejar el asunto fuera de casa, cada vez menos tiempo de calidad juntos…
Sonrió admitiendo que era lo mejor para los dos, cada vez con menos cosas en común y caminos diferentes. Ella nunca estuvo interesada en el trabajo de él y él ya no estaba implicado en otra cosa que no fuera su trabajo.
Por otro lado, el otro compañero colgó un mensaje público dejando caer que se avergonzaba y se había defraudado con algunas elecciones de personas cercanas.
Más claro que el agua era que se refería a su propio hijo, quien había decidido dedicarse al mismo oficio apoyando otra forma de hacer las cosas.
En recientes reportajes, el chico evitaba hablar sobre sus relaciones familiares, solamente conversar profesionalmente.
La rigidez es más inquietante de lo que se puede ver a simple vista.
Es extremadamente difícil el desapego de una persona y una ideología cuando la interioriza profundamente y aún más si construía su vida alrededor.
Todo gira en torno a ella, su trabajo que le da de comer, sus amistades que originalmente solo eran socios, apoyos externos como votantes que se manifiestan en internet y redes sociales.
La imagen colectiva de la población como héroe, como villano o como un simple político demasiado apegado a sus creencias.
Las expectativas sociales de que su reputación construida durante años, permanezca inmutable o las posibles ‘decepciones’ de los que creían que no cambiarían.
Todo ello evitaba a esas dos personas que hace tiempo conocí, el plantearse siquiera el darle una oportunidad a una nueva perspectiva, a una nueva forma de ver el mundo con otros matices, de manera más rica y no solo ser el prototipo extremista de mente cerrada.
A nadie le gustan las crisis existenciales de identidad, reconocer que no siempre tenemos la razón, de que podríamos haber actuado de otra forma más beneficiosa, de que somos falibles frente a la opinión pública.
La gente suele desquitarse con temas de política para liberar sus frustraciones personales, hablar sin filtros y agitar el avispero siempre que se pueda, porque nos gusta discutir, sentirnos importantes o validados.
Las discusiones no son necesariamente destructivas si todos comprenden el contexto.
Como una forma de aprender, de barajar perspectivas o incluso de desfogarnos usando el humor hasta un cierto límite.
Lo que sucede es que frecuentemente en las redes sociales, los usuarios pasan a ser leones preparados para ensañarse desmedidamente con críticas ofensivas y dañinas o bulos muy peligrosos por el puro entretenimiento de provocar.
Esa rivalidad insana alimentada por el rencor, resentimiento por la humillación de la derrota viene de mucho antes. Desde que éramos casi niños buscando ser aceptados y un lugar donde encajar.
Tras años sintiéndose acogidos, cuestionar esa disputa entre un ‘nosotros’ y un ‘ellos’ se siente como traicionar la mano que te dio de comer, traicionarte a ti mismo y al concepto que tenías de cómo funcionaban las cosas.
Apostar por ello hasta el final de manera contundente a pesar de que eso te separe de otros que amas y te aman.
Parece un agujero sin escapatoria, en el que tus valores, tus raíces, tu sentimiento contigo mismo se ha vuelto incompatible con una convivencia tranquila.
A veces pienso con desazón, que la realidad sigue teñida de una constante competición entre grupos de socios. Que los ciudadanos sólo son relevantes para ver quién vence y quién es vencido.
Que no podemos separar lo serio que es administrar los recursos de la población.
De reconocer que no hay tanto rivales como personas con opiniones diferentes para empujarnos a todos en el sentido del avance y el progreso.
Poder combinar alternativas sin miedo de que no todas sean procedentes de la misma corriente ideológica.
Las circunstancias cambian y lo que en el pasado funcionaba puede que actualmente no y viceversa, pero ese es el verdadero desafío global ¿No? Adaptarnos.
Ojalá equivocarme, que mi visión sea más pesimista que la realidad, que mis antiguos compañeros sean una excepción de aquellos cegados por un velo que cubre sus ojos.
Ahora, pido que mis amigos puedan hallar toda la paz posible en ellos mismos y en los demás.
Que haya esperanza de no perder de vista el propósito inicial y loable o de recuperarlo cuanto antes.
Con el tiempo me planteo lo que es importante. Velar por la flexibilidad en las ideas, por la aceptación de los cambios, por la imperfección humana, por la educación en el respeto hacia los demás y hacia uno mismo.
Para que la libertad de cambiar de opinión no se vea eclipsada por las críticas de un grupo de gente.
Tratar de no tomarse las cosas demasiado a pecho con las críticas como verdades absolutas, sino relativizarlas con el propósito de aliviar su peso.
Convivir en paz con todos de la forma más cómoda y viable.
Es muy difícil.
Pero las cosas dejan de ser un juego de patio de colegio cuando hay sufrimiento, cuando la intolerancia divide más que une y cuando el orgullo se antepone a las personas.
Es muy difícil.
Pero en la oscuridad, miró hacia atrás viendo el camino que la humanidad ha recorrido.
Es muy difícil.
Pero sonrío por un brillante futuro sin olvidar que depende completamente del presente.

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