(Lo que puedes ver y lo que puedes observar son dos cosas diferentes.
Si ves una cosa, puedes observarla. Si la observas puede que encuentres algo oculto que no hayas visto antes.)
Él siempre fue un chico tirando a solitario. No le gustaban las grandes aglomeraciones y no era frecuente que accediera a salir por ahí con colegas y echar la tarde.
Una vez cada mes decía que sí y a mí me hacía ilusión porque me daba esa sensación de estar con alguien un poco diferente, incluso misterioso.
De esas personas que solamente ves en el mismo centro educativo o en el trabajo, las horas que les toca estar y luego podrían perfectamente desintegrarse hasta el día siguiente.
Con aquellas que apenas coincides fuera, ni en el supermercado, ni en el médico, ni en la calle ni en ningún bar.
Solamente cuando era planeado, parecido a una especie de ente creado solo en ciertos escenarios y que sólo aparecía al ser invocado, nada de casualidades.
Se trataba de uno de esos días extraños en los que él se animó a salir con el resto del grupo. Iban a acudir a una discoteca después de haber estado toda la tarde por toda la ciudad.
Yo no me encontraba con ánimos y él nunca había salido de fiesta desde hacía años sin intención de regresar.
Me estaba acompañando a casa cuando en el suelo vi una asquerosa cucaracha con las patas hacia arriba. Pegué un salto hacia atrás al invadirme un fuerte sentimiento de repulsión.
Vi que el chico se arrodillaba apoyando su pantalón directamente en la calle y tocando una de sus antenas con su piel desnuda comentó que parecía que no estaba muerta…porque se movía un poquito.
Grité que me parecía repugnante y que la matara de un pisotón o que lo haría yo si se apartaba.
Fui completamente ignorada y parecía que la estaba intentando coger. Escuché que decía un “ay, que asco” así que le pedí que la dejara alegando ser la opción más razonable.
Respondió que le estaba intentando no arrancarle ninguna pata ni aplastarla con sus manos.
Creo que en ese momento se me revolvió en el estómago la cena pero sin moverme esperando a ver lo que ocurría.
Sentía vergüenza ajena dado que la gente miraba de reojo a mi amigo preocupados o bien un poco como si le faltara un hervor. Al fin se levantó tras un par de minutos diciendo que ya la tenía en su mano.
Nada más ver algo de césped plantado junto con árboles, dejó a ese bicho allí con cierto cuidado.
Le dirigí una mirada de “no estás bien de la cabeza” a lo que simplemente se encogió de hombros.
Quise saber la razón por la cual lo había hecho y contestó que probablemente si no hubiera cogido él la cucaracha nadie lo habría hecho y la habrían acabado espachurrando.
Le pregunté que si le daba asco, pues él mismo lo había dicho, por qué no acabó con ella.
“Si no iba a comerla ni hacía daño, ¿Por qué matarla? ¿Solo porque me dio asco y estaba algo sucia?”.
Supuse que era un tanto exagerado hasta que me explicó claramente su punto de vista que no había contemplado antes.
“¿Nunca te has identificado con ningún bicho? No solo con las mariposas o mariquitas tan llamativas y de colores. Con esos pequeños seres que pasan desapercibidos la mayor parte del tiempo, invisibles e incluso despreciables a los ojos de los demás. ¿Nunca has sentido que no le importas a ciertas personas sino que les estorbas porque no te pareces a ellos?. Yo antes tampoco atendía a esas vidas hasta el momento en el que me sentí algo solo por no encajar.
Paseaba solo por la ciudad cuando comencé a percibirlos a mi alrededor como una sutil compañía. En las plantas, en las flores, en las hierbas, en los árboles o en el río.
Igual de diminutos, poco vistosos, comunes, sensibles o frágiles que yo, sin eso quitarles el mismo derecho a existir.
En un mundo tan grande y complejo, los seres vulnerables han de ayudarse entre ellos. ¿No crees?”
Me pareció algo surrealista al ser la primera vez que escuché que alguien se identificaba con una cucaracha y más entes desagradables de una forma tan filosófica y profunda.
Surrealista pero comprensible.
No cambió drásticamente mi relación hacía ellos, no obstante, he de decir que al verlos les esquivo en vez de tener el impulso de pegarles con la zapatilla.
Todo ello me llevó a preguntarme en qué proporción él escogía alejarse por apetencia genuina y cuántas veces lo hacía para no agudizar la incomodidad personal de no ser como otros. Lo más probable es que en numerosas circunstancias ni siquiera él estuviera seguro.
Puede que igual que a mí me gustaba pasar tiempo con gente diferente, él pudiera disfrutar de su singularidad en un futuro.
No solo ser aceptado, sino sentir que lo es por los demás y de esa forma, sin notar ningún vacío, abrazar genuina y completamente la soledad y su espacio personal.

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