(La persona por la cual querría vivir un poco más).
Los dedos torcidos, la piel menos elástica, pelo blanco, rodillas que se resienten, energías menguantes, dolores frecuentes, enfermedad acechante… esta era la vejez de la que tanto hablaban.
Nunca hubo época en la que los días fueran tan iguales al anterior.
Levantarme, desayunar, asearme, vestirme, maquillarme ligeramente los labios y los ojos, mirar en la nevera la lista de cosas que me hacían falta y si no había las suficientes solo salir a por el periódico y el pan.
Saludar a las mismas personas de siempre del barrio con una sonrisa que no era como solía ser y regresar a casa.
Comer cuando me apeteciera pues ya no tenía que esperar a nadie a mi mesa y con los inventos de la maravillosa comida congelada, las latas o los precocinados ahorraban mucho esfuerzo.
Solamente unas pocas fotos eran la prueba de que algún día yo también fui un bebé. Un bebé al que debían de coger en brazos y sentarle para darle de comer. De la infancia aún mantengo algunos recuerdos de ir con mis trenzas y la muñeca con la que solía jugar. Memorias tan borrosas como si las hubiera soñado.
Podía andar para sentarme con un plato lleno de comida delante.
Después mis primeras batallas con los fogones y enseguida comenzó a ser mi voz la que llamaba al resto o aguardaba a que llegaran antes de servir la mesa.
Tres niños pequeños y revoltosos de los que ocuparse más una jornada laboral, cansaban a dos adultos de manera irremediable.
Ellos crecieron, se independizaron y volaron dejándonos de nuevo a nosotros dos solos con una tranquilidad que olía a descanso y añoranza a la vez.
De vez en cuando los nietos venían a visitarnos y los macarrones gratinados tenían un éxito innegable. Un poco de juventud regresaba a casa durante un par de horas y el agotamiento físico posterior me hacía recordar que los años pesaban más de lo que me gustaría .
Hace dos años que ya no salía de paseo cogida de su brazo. Me despedí de mi compañero de viaje y con el que más me entendía.
Fue en silencio, fue sin dolor y estaba agradecida por haber disfrutado hasta el último instante, sin haber dejado nada por decir, aunque le extrañaba.
Los nietos eran ahora adolescentes y jóvenes. No necesitaban ser cuidados cuando sus padres no estaban presentes, en consecuencia, cada vez las visitas eran más escasas.
Meses sin verles.
De esas cosas que nunca se dicen, pero todos saben, era el claro favoritismo que tenía por uno de mis nietos.
No en el sentido de que no velara por el bien de todos, sino con la persona que más confianza tenía.
En verano siempre me acompañaba a hacer los recados, le hacía ilusión empujar el carro y me ayudaba a colocar los artículos en la despensa.
Con ella, no tenía que agacharme a un suelo que con la edad se había alejado.
Un día le dije que qué haría sin su ayuda y me contestó riendo que lo mismo pero sin ella. Las dos sabíamos que ya me las apañaba cuando ella debía ir al instituto o estudiar, sin embargo, eso no quitaba que fuera la forma de decir que apreciaba que decidiera a estar ahí.
El resto de sus primos preferían levantarse a la hora de comer, pasar las tardes con amigos y por la noche quedarse despiertos jugando a videojuegos o de juerga.
Les quería a todos mucho pero me daba lástima que algunos de ellos, solamente me hablaran para pedirme algo o felicitarme por mi cumpleaños cuando sus padres les insistían.
Con ella era diferente, siempre me decía que no quería que le comprara nada ni le diera dinero explicando que sentía que le estaba "pagando” por estar juntas.
Ella es esa chispa juvenil que queda ahora, esa sutil energía que me motivaba y alegraba.
Me encantaba tenerla a mi lado, pero al mismo tiempo me sentía impulsada a animarla a que estuviera con gente de su edad aunque eso me restara momentos felices.
Creo que era lo mejor para ella, al menos, hacerla saber que no me enfadaría ni me pondría triste si se encontraba bien, tanto cerca como lejos de mí.
Cuántas horas acumuladas jugando a las cartas, cuántas horas charlando o viendo ese episodio de la telenovela lenta, aburrida con ese punto de emoción que hacía que te engancharas. Sin tener nada mejor que hacer, eran casi oficialmente las series para jubilados.
Llega un momento en el que cualquier día es probable candidato a ser el del comienzo del declive.
A mí me ocurrió eso con el famoso cáncer que yo más bien lo llamaba, fallecer por la vejez.
Los años parece que me pesaban mucho más… Un poco peor cada día, un poco más cansada y dolorida, con cada vez menos fuerzas de seguir.
¿Esto es lo que uno siente cuando te vas apagando poco a poco?
Que la vida definitivamente se escapa escurridiza entre los dedos.
El tiempo nunca corrió tan raudo esperando con inquietud a la vez que impaciente por el final.
No es que ansíe la muerte, sino más bien la sensación de “ha sido un trayecto hermoso que va acabando”, la medio aceptación de que todo termina, de sentirme satisfecha, realizada y que ya no tenía nada más que hacer.
Justo después de ese pensamiento, me embarga la nostalgia debido a que una parte de mí aún quería seguir.
No me refiero solo al miedo, sino a ella. Mi nieta es la persona por la que querría vivir un poco más.
Participar en su futuro y cumplir todos esos planes de donde comería la familia cuando llegara mi próximo cumpleaños.
Un momento que sabíamos casi con certeza que no llegaría. Tan irreal, tan idealizado. Un destello de esperanza que se alejaba un poco más cada día.
Es una rueda que nunca acaba, ver a tus seres queridos encontrar su lugar, encontrar algo que les hiciera estar felices, ver el mar en el que el río desemboca.
Generación tras generación ese anhelo persistente.
Por algún lugar la cuerda ha de romperse, no obstante, me considero afortunada de poder haber vivido tanto y ver un gran número de historias acabar y otras comenzar, como la de ella con un dichoso inicio.
Lloré mucho por dentro y fuera cuando ya siendo poco menos que una mujer me ofreció un abrazo. Era de los últimos.
Me dijo que sabía que la diferencia entre nuestros nacimientos era de 60 años pero eso no evitaba que le gustara la idea de envejecer juntas ni de que disfrutara más conmigo que con mucha gente joven.
Ella ahora había entendido que el amor no depende de la edad, de la apariencia ni de si alguien se va por enfermedad o bien por improviso. El duelo es diferente y personal y todos muy válidos.
Solamente somos dos personas de las muchas cuyos deseos no concuerdan con la realidad, que quieren estar juntas pero no pueden.
Sé que ahora le duele, sé que hay alegría por los buenos tiempos, sé que me extrañará, sé que el tiempo suavizará mi ausencia, sé que estará bien y sé que vivirá por las dos.

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