Historia 1.
Mujer 1.
Estaba algo inquieta mirando el calendario de la cocina.
Tenía una taza de café en mi mano izquierda mientras que con la derecha contaba los días.
Debería haber tenido la menstruación hacía unos 7 o 10.
Sin embargo, a veces, con algunos factores como el cambio de tiempo o el estrés.
Fui al trabajo sin ningunas ganas de esforzarme, aunque traté de hacerlo tomando algunos descansos más de lo normal.
Esperé a su regreso al piso sin parar de dar vueltas.
Nada más entrar por la puerta, me miró expectante mientras yo negaba ligeramente con la cabeza para decirle que seguía retrasándose.
Notó mi malestar intentando animarme acariciando mi rostro y besando mis labios con cariño.
El trató de tranquilizarme señalando que lo más probable era que en un par de días pudiéramos respirar más tranquilos de este pequeño susto. Ahora no podíamos hacer nada más que dejar correr el tiempo pues no servía para nada mi preocupación excesiva.
Salí a la calle para comprar un test de embarazo en la farmacia deseando así salir de dudas.
Había pensado en aguardar por lo menos 4 o 5 días más por si era demasiado temprano todavía para detectarlo, pero como la inquietud era muy grande, decidió hacerlo a la mañana siguiente, en cuanto se despertó.
Era un domingo por la mañana con lo que ninguno de los dos debíamos trabajar.
Yo me encontraba muy a gusto rodeada por sus brazos cuando me desvelé sin poder conciliar el sueño por la preocupación.
Le di un beso en la mejilla de forma muy tierna recordando todo lo que habíamos cambiado físicamente desde que comenzamos a salir.
Fue hace casi 8 años atrás pero prácticamente maduramos y nos convertimos en adultos juntos.
Quise deshacerme de su abrazo con sumo cuidado escurriéndose por debajo.
Fui medio de puntillas al baño abriendo uno de los armaritos donde había dejado el test.
Activé el interruptor cerrando los ojos automáticamente aunque me forcé a entre abrirlos poco a poco y acostumbrarme así a la cantidad de luz. Leí las instrucciones de letra bastante pequeña, unas 4 veces para no cometer errores.
Sonaba algo exagerado, pero utilicé el reloj digital de mi muñeca para comprobar que el tiempo esperado era el suficiente.
Al fin, miré la prueba esperando si podía respirar algo más tranquila pero al haber dos rayas indicando un embarazo, me quedé completamente bloqueada.
Levanté ligeramente la camiseta de mi pijama observando mi abdomen con la misma forma de siempre, poniendo una mano sobre él algo preocupada.
¿Es que ya era madre? Tener 25 años no era una edad demasiado joven. Además tenía trabajo, no el de mis sueños pero tampoco insoportable.
El sueldo era bastante justito, pero dado que mi pareja también estaba empleada, dos sueldos limitados daban para tres personas.
Un niño era algo inesperado en estos momentos y necesitaba un poco de tiempo para asimilar todos estas especulaciones sobre “mi nuevo futuro”.
Regresé de nuevo a la cama acurrucándome al lado de mi pareja. Sonreí satisfecha cuando él me hizo un hueco de forma inconsciente y sin despertarse.
Toqué su cabello imaginando si nuestro bebé lo iba a heredar al tiempo que le daba un beso en la frente. No me sentía demasiado preparada aunque si era con él cualquier situación mejoraba. Confié en que seríamos unos buenos padres entregándome de nuevo al sueño.
Me desperté entre besos y caricias en el rostro. Parpadeé un poco dándole los buenos días de forma muy dulce.
Él se rió mostrando esa hermosa sonrisa de siempre y entonces recordé el resultado del test que había hecho de madrugada.
Me sentí muy nerviosa simplemente diciendo que había salido positivo en una prueba de embarazo.
La expresión de él se tornó totalmente ambigua preguntando si estaba segura de la fiabilidad y de haber seguido correctamente el procedimiento.
Asentí con la cabeza pero no era desde luego la reacción que esperaba. Rodeé su cuello con mis brazos explicando que yo también estaba muy confusa pero que le amaba mucho.
Expresó que lo superaríamos juntos y me acompañaría a la clínica sin dudarlo.
Al separarme fruncí el ceño haciendo que él también se quedara confundido.
Explicó que lo de la clínica lo había mencionado pues pensaba que no quería tenerlo.
Los métodos de aborto eran actualmente muy seguros y pagaríamos el dinero de los ahorros…
Le observé con dudas y me encogí de hombros diciendo que no estaba segura de si quería abortar sabiendo que mi decisión era en realidad firme.
Había reflexionado y comenté que no tenía que irnos mal porque trabajaríamos como un equipo.
Mi pareja me pidió unos días para asimilar y reflexionar qué era lo que iba a hacer.
Me quedé de piedra cuando se fue, y después la soledad cayó sobre mí haciéndose muy pesada. Aunque no era definitivo, se había imaginado que hubiera recibido la noticia con sorpresa e incertidumbre, pero con alegría también.
La situación era cuanto menos compleja así que estaba bien que no él no tomara ninguna decisión a la ligera de la misma forma que yo tampoco lo iba a hacer.
Pasó una semana agitada hasta que volvimos a vernos.
Nos encontramos sentados en el sofá del salón, algo distantes y con mucha incertidumbre.
Tomé su mano intentando camuflar mi inseguridad mientras le instaba a comenzar a hablar.
El golpe fue muy duro cuando él comenzó a hablar sobre una clínica en la que podría abortar de forma segura.
No podía seguir maquillando mis intenciones en la duda para no herirle y la acabé por confesar que quería tener el bebé.
Noté esa opresión en el pecho cuando él retiró su mano diciendo que tenía muchos planes y sueños. No quería que se truncaran de esa forma.
Nos miramos con sufrimiento. A mí mente venía el pasado y creí leer en sus ojos que estábamos recordando lo mismo.
Siendo amigos desde que éramos adolescentes, esas risas compartidas, los abrazos cálidos, las palabras hermosas llenas de significado, las noches rebosantes de caricias y besos, los altibajos y las reconciliaciones.
¿Es que el viaje juntos acababa aquí? Todo apuntaba a que si porque cuando lloré él ya no vino a consolarme. Vi las lágrimas también asomar mientras hacía la maleta recogiendo las cosas que allí quedaban.
No quería llorar y hacerle sentir mal pero fue casi como un acto reflejo.
Permanecí sentada estrechando un cojín entre sus brazos secando mi cara con la tela sin poder contenerme.
No quería que se marchara y pensé en rogarle que no me dejara, tenía mucho miedo.
Mantuve silencio pues me había dado cuenta de que amaba esa idea de ser madre del ser que crecía en mi interior.
No pude levantarme, ni siquiera al escuchar la puerta del piso abrirse y el sonido de las llaves siendo colocadas en el aparador.
Me encontraba expectante de oír la cerradura pero antes me llegó un “lo siento” atormentado .
Estreché un poco más fuerte el cojín contestando que la elección había sido nuestra, nadie nos había obligado y no había culpables.
Su preocupación al preguntar si podría cuidar al niño yo sola me conmovió pues el amor seguía intacto.
Tenía pensado pedir ayuda a mi familia en lo económico y contaba con el apoyo de amigos.
Unas palabras de agradecimiento, por su parte, las bisagras chirriando, un momento de silencio y mi propio llanto rasgando la quietud.
No tardé en llamar a mis padres quienes no dudaron en recorrer en coche los 15 minutos desde el pueblo para verme.
No me ayudó en nada que comentaran lo enormemente decepcionados que estaban con la decisión de él de marcharse.
Usaron un tono de crítica apuntando que el bebé era de los dos, así que ambos debíamos de asumir nuestro papel en la historia sin que él escapara por patas como un cobarde y sinvergüenza.
Les pedí por favor que pararan de juzgarlo por su elección pretendiendo hacerles entender que era la voluntad de cada uno, sin reproches ni rencores por la separación. Era consciente de que a pesar de lograr un respeto hacia él, no cambié su opinión.
Queríamos cosas diferentes e irreconciliables, pero yo estaba conforme con mi elección de ser madre.
…
Hombre 1.
Percibía como si el mundo se desmoronara alrededor.
Llegué a mi casa con esa sensación de agotamiento “injustificado”. No había hecho apenas nada en el día, no obstante, cortar con la persona que amaba es algo que no se hace todos los días y esperaba no volverlo a repetir en el resto de mi vida.
Pensé en regresar, decir que lo había reflexionado más a fondo, que actuaría como el padre de nuestro hijo.
Cuanto más lo pensaba, más me daba cuenta de que ese camino no era el que quería seguir y mentir no ayudaría.
Yo tenía planes aún que no incluía todavía criar a nadie.
Tenía presente sus palabras últimas consolándome, aún cuando era ella la que peor lo iba a pasar. Su empatía y comprensión, era uno de los fuertes motivos por los cuáles la quería dado que sin duda la amaba a ella, no al bebé.
Ojalá pudiéramos retroceder a esa noche en la que las cosas se torcieron. Haber tenido los dos más cuidado y precaución, poner más atención en esas pequeñas cosas que al final crecen y aumentan desproporcionadamente.
Me sentí como alguien irresponsable y desconsiderado. Creía que iba a ser capaz de apoyarla en lo bueno y en lo malo, pese a que no hubiera sido ante testigos firmando unos documentos de matrimonio.
El sentimiento y deseo estaba ahí. La habría acompañado, si hubiera querido, a abortar. Habría tenido mi hombro para llorar en él sirviéndonos de lección y saliendo nuestro vínculo más fortalecido.
Lloré intentando recordarme constantemente que lo más justo era haber expresado mis verdaderos deseos aunque en el fondo nada fuera justo para ninguno de los dos.
Quise haberle dicho a ella que si me necesitaba podría llamarme pues seguíamos siendo amigos, más no lo hice.
Desconozco realmente los motivos. Siendo sinceros, puede que fuera porque ahora mismo era capaz de darle la espalda a esa idea etérea de bebé, pero me embargaba la angustia de que si le miraba cuando naciera, me atrapara el arrepentimiento o la vergüenza.
El niño era de ambos, sin embargo, nadie podía obligarme a mí a criarlo ni yo podría imponer que no lo tuviera. Era su cuerpo, era su decisión al fin y al cabo, y esta era la mía.
Pasaron los meses mientras poco a poco iba avanzando en mi carrera profesional. Me había mudado a la capital y no podía decir que no estuviera satisfecho con mi vida actual sin ser eso incompatible con seguir pensando en ella de vez en cuando.
Rondaba a menudo mi pregunta de si le iría bien sin nunca reunir el valor de llamarla por teléfono y formularla directamente. Tampoco ella se puso en contacto conmigo produciendo en mí una sutil nostalgia que me confundía.
Casi dos años después de separarnos, hablé con mi mejor amigo y excompañero de clase, quién jamás me echó nada en cara, simplemente me escuchó, me entendió y me apoyó en mis inseguridades.
Me atreví a nombrarla y me contó que la había visto contenta hacía un mes paseando el carrito con el bebé. Hablaron poco tiempo y otro de nuestro grupo de amigos le informó de que se había mudado a otra ciudad.
Era un alivio tener la certeza de que lo estaba llevando bien haciendo que esa espinita doliera un poco menos.
…
Mujer 1.
Siempre hubo momentos de duda, de lamentos e inseguridades a medida que el tiempo pasaba y el volumen de mi barriga aumentaba. Supe que era chico y estaba saludable.
Mi familia estuvo apoyándome y dándome mimos en los días de mayor flaqueza, antes y después de dar a luz.
Todo fue muy bien en el hospital, en contraste a las 16 horas de parto antes de la cesárea que imaginaba que tenía que pasar.
Nació muy sano y llorón, lo cuál me hacía muy feliz al tiempo que maldecía las noches en las que tenía que levantarme para alimentarlo.
Por suerte al finalizar mi baja por maternidad, ya podía espaciar las tomas y dormir mis 7 horas seguidas antes de ir a trabajar y dejarlo con mis padres por las mañanas.
Eché mi currículum en varios empleos siendo contratada poco después en una ciudad a una hora y media de la que vivía antes.
Dicho lugar no tenía un coste de vida demasiado alto además de que el trabajo era a jornada completa bastante mejor pagado que el que tenía además de disfrutar sábado y domingo de descanso.
Tener la casa de mis padres y el seguro de que no me quedaría en la calle, hizo que buscara un poco más de independencia.
Me daba algo de pena no pasar ya tanto tiempo con mi hijo, y tener que dejarle en la guardería, aunque al mismo tiempo, pensé que relacionarse con niños de su edad en un entorno diferente podría ser conveniente.
Habían pasado tres semanas desde que nos mudamos a mi nuevo barrio y encontré una guardería con no demasiados niños, un personal atento y no demasiado cara.
Los primeros días las trabajadoras me dijeron que lloraba siempre al principio porque me extrañaba, pero poco a poco aceptaba más mi ausencia e interactuaba bien con otras personas de su edad.
También en la guardería me enseñaron un poco a como ir educándolo y me informaban de los alimentos que le iban poco a poco introduciendo.
El trabajo era algo cansado. Más que físicamente, mentalmente pero me las apañaba bien sola con mi hijo y no podía decir que se portara nada mal. Era tranquilo, mimoso y me animaba mucho el día y la vida en general.
La zona era pequeña y acogedora recorriendo calles nuevas cada fin de semana empujando la sillita mientras el bebé no parecía estar demasiado interesado.
Paramos a merendar en una cafetería y andaba comiendo un dulce cuando se puso a llorar bastante fuerte. Le puse el chupete que se le había caído pero parece que lo rechazaba y no dejaba de quejarse.
El pediatra me había informado que las molestias de las que sufría, eran debidas al crecimiento de los dientes.
Le sujeté sentándolo en mi pierna mientras la movía suavemente haciéndole botar. Besé su frente contenta cuando comenzó a reírse algo más aliviada pues no era mi intención molestar a los demás.
Ya me había acostumbrado a ser el centro de atención en varios sitios. Los bebés solían despertar esa ternura en la gente haciéndome compartir pequeñas conversaciones cordiales con otras personas.
Me di cuenta de que en la barra había un hombre joven que nos miraba curioso. Me fijé especialmente en él debido a que me desconcertó que al verme sonreír con amabilidad me diera la espalda y pocos segundos después saliera del local.
Historia 2.
Hombre 2.
Entré por la puerta de casa, fui directamente a la cocina, puse agua a hervir con un chorrito de aceite.
La llamé un par de veces buscándola por el pequeño apartamento hasta hallarla sentada en la cama haciendo que me asustara un poco.
Me agaché preguntando si todo iba bien mientras acariciaba su cara. Asintió levemente con la cabeza rodeando mi cuello con sus brazos y abrazándome.
Nos pusimos en pie despacio y le devolví el abrazo algo confuso aunque guardando silencio pues esa era una de las ocasiones en las que era mejor simplemente servir de apoyo con la mera presencia, sin hablar.
Fue entonces cuando me contó que estaba encinta produciendo en mí desde la sorpresa inicial hasta una intensa ilusión algo mezclada con preocupación y nerviosismo.
Ya faltaba poco para verme diciendo en voz alta muy alegre un ‘voy a ser papá, voy a ser papá’, ‘buenos días, voy a ser papá’, ‘¿qué tal? mi novia está embarazada’ a cualquiera que conociera.
Me reí algo nervioso señalando que era genial que fuéramos a ser padres. Me separé con suavidad de ella diciendo que iba a informar por teléfono a toda mi familia de esa maravillosa e inesperada noticia.
Tiró de mi mano haciendo que nos miráramos. Su cara estaba empapada y yo no pude menos que abrazarla algo desconcertado.
Me preocupé bastante especulando que podría pasarle.
Le pregunté si estaba bien, si le dolía el vientre o si creía que en el embarazo era anómalo… le prometí que iríamos al médico tranquilamente para comprobar que ella y el niño estaban saludables.
Ella negó con la cabeza haciendo que dejara de hablar con lo que ya solamente le recordé que no estaba sola en todo esto.
Tomé su mano para ir a la cocina donde dentro de poco había que echar los macarrones.
Ella bajó el rostro posando sus ojos en las zapatillas diciendo bastante bajito un “es que no sé si quiero tenerlo”. Mi primera reacción fue decir “¿Qué?” Y la segunda cuando no me miró fue un “¿Por qué?”.
Se encogió de hombros explicando que pensaba en que era muy joven, además de que tenía miedo de los cambios tan tempranos de su cuerpo.
Respondí que la seguiría viendo igual de hermosa y deseable entendiendo que tuviera temores porque ella era la que sufriría más cambios y estrés físico.
No parecía demasiado convencida así que traté de no atosigarla y darle un margen diciendo que lo meditara antes de decidir algo tan importante.
Saqué los macarrones cuando estaban cocidos, les eché un bote de salsa y los serví en un par de platos mientras comíamos en silencio.
Fue bastante incómodo el pretender que todo era “normal” y que ninguna elección crucial estaba a punto de ser tomada.
Preguntar sobre nuestros respectivos trabajos realmente no nos importaba a ninguno de los dos dadas las circunstancias.
Pensé en informar a mis padres siendo frenado por la idea de que se lo contaran alegremente a todos los miembros de la familia.
Solo lo supo mi mejor amiga quien me apoyó dándome el consejo de esperar un par de días antes de retomar la discusión con mi pareja.
Un día pude contenerme. Nos sentamos en el sofá justo después de comer.
Mi pareja me comentó más seria que había mirado una clínica para interrumpir el embarazo.
Parecía muy segura y con su determinación, todas las ideas felices desaparecieron de un plumazo. Tuve muchas ganas de llorar.
Le pregunté de nuevo si no había otra alternativa respondiendo que su vida iba a cambiar drásticamente de manera que no pretendía. El embarazo era un proceso muy duro y exigente.
Comprendí perfectamente y le ofrecí un “te acompañaré y cuando des a luz me puedo quedar yo con la custodia del niño. No tendrás más responsabilidad con él”.
Realmente quería ser padre y no quería que la oportunidad se perdiera sin haber barajado todas las opciones.
La vi dudar y pensé en que podría ser mi oportunidad de convencerla ofreciéndole “lo que me pidiera”.
Rompió en lágrimas argumentando que no se trataba de eso.
La culpa me atenazó la garganta, en consecuencia me paralicé y no supe cómo responder.
Salí de casa levantándome, cogiendo mi abrigo y cerrando la puerta suavemente.
Saqué un pañuelo de papel para secar mi rostro y limpiar mi nariz diciéndome que era muy mala persona por dejarla sola. Por otro lado, la situación se cernía sobre mí como un tsunami del que no iba a poder escapar.
Solo pedía un poco de tiempo muerto para continuar luchando.
Llamé a mi mejor amiga por si no estaba ocupada pues querría hablar con ella si no le importaba.
También saqué la compostura suficiente para llamar a mi trabajo diciendo que esa tarde me había surgido una pequeña emergencia y que no podría acudir a trabajar esa tarde. Me dijeron que no me preocupara y que tomara todo el tiempo que necesitara.
Fue un alivio el buen trato por parte de mis superiores, una de los motivos por los cuales escogía un trabajo u otro si es que era posible.
Fui a casa de mi amiga, a pesar de que pueda parecer extraño no había nada más entre nosotros que la amistad desde que éramos mucho más jóvenes.
Cabe decir que su pareja estaba allí y aceptaba nuestra relación sin reticencias aparentes.
Acabaron ambos dándome apoyo moral. Siempre me dio vergüenza eso de llorar delante de personas que no fueran cercanas, no obstante, lo que necesitaba era desahogarme.
Les conté que, a pesar de haber sabido del niño hacía solo 1 día, ya lo sentía como mi hijo y como padre quería protegerlo pero al ser también la pareja de ella, quería cuidarla también.
No sabía qué hacer.
Me consolaron haciéndome aceptar que era totalmente normal, tener esos sentimientos y contradicciones. A pesar de ser ahora mismo solo unas cuantas células, ya había interiorizado mi idea de tener un bebé.
Expresé que había barajado la opción de continuar incidiendo en que solo serían 9 meses y yo lo cuidaría bien.
“¿Y vosotros qué haríais?” quise saber, sin embargo no quisieron influir en mi opinión ni en mi decisión.
El foco del asunto se centraba más en la libertad personal de cada uno y de su cuerpo…
Era un proceso muy exigente que tenía consecuencias a largo plazo y durante la gestación. También estaba el bebé si lo consideraba como tal, no era fácil.
Había complicaciones comunes que parecían bastante desagradables, sin contar con las más graves que eran muy muy preocupantes.
Ojalá asumir esa responsabilidad. Lloré porque ella no me pudiera pasar a mí esa carga ni poder ser el padre que me hubiera gustado.
Ni ella había elegido ser mujer ni yo hombre. No había justicia para ninguno de los dos.
Mis padres me criaron con la idea tradicional de asumir las responsabilidades de nuestros actos en el tema de la concepción.
Sé que les decepcionaría saber que no peleé lo suficiente por su nieto, presionando a mi pareja o haciéndola sentir culpable si era necesario.
Mi amiga opinó que hiciera lo que yo sentía que me iba a dejar más “en paz”, a mí y a ella.
Abortar era un proceso que tampoco había que tomarse a la ligera con lo que, aún no se muy bien por qué, pero quise quedarme con ella y apoyarla en su decisión.
Regresé por la noche algo temeroso de que me echara los trastos a la cabeza o me echara de casa.
Entre en silencio y vi que las luces estaban todas apagadas suponiendo que se habría marchado.
Eché un vistazo en todas las habitaciones y resulta que se había ido a la cama.
Me acerqué en silencio por si estaba dormida aunque ya vi que no lo estaba cuando se giró.
Lo siento. Querría hacerlo por ti pero es que…
No lo hagas si no es lo que quieres, es tu cuerpo. - le dije interrumpiéndola a la vez que la abrazaba con cariño.- perdón por haberte dejado sola antes necesitaba reflexionar, por presionarte. No quiero que te sientas culpable porque no es culpa de nadie.
No pasa nada. Sé que también esto es muy difícil para ti.
Besó mi mejilla tranquilizándome un poco acariciando su pelo y su mejilla preguntando si ya había cenado.
Comimos algo que pillamos por ahí y nos fuimos a dormir con ella apoyada en mi hombro.
Era su cuerpo al fin y al cabo, pesara a quien pesara, también imaginé que no me podría perdonarme ni vivir tranquilo si ella sufría alguna complicación, aunque no fuera nada grave… me sentiría responsable de haberla insistido. Acaricié su hombro y lloré imaginando cómo sería ese bebé que no nacería.
¿Cómo serían sus ojos? ¿Su rostro? ¿Su risa? ¿Su carácter? ¿Nos llevaríamos bien?
Se quedaron todas esas preguntas sin responder en la quietud de la noche.
La amaba y la respetaba sin quitar toda la aflicción de las súplicas no dichas, de los reproches manipuladores, de las cargas impuestas.
Todos tenemos dudas y actuamos según el momento, a veces a ciegas.
Tomé una decisión y la acompañé a esa clínica no habiendo ningún problema en el procedimiento afortunadamente.
Lo que ya no estaba en mi mano era lo que pasó más tarde.
Mujer 2.
Sentí que había renunciado a más de lo que esperaba.
Ya no estaba segura de haber elegido lo que quería. Él me repetía por activa y por pasiva que no era nada que hubiéramos podido prever.
Mis besos no correspondidos, los abrazos distantes, sus ojos esquivos, las sonrisas nerviosas, las palabras tristes.
Casi parecíamos unos extraños condenados a vivir bajo un mismo techo.
No tenía sentido seguir de esa forma y no pude evitar echarme a sus brazos como antes buscando su calor sin hallarlo por ninguna parte.
Acaricié su cara esperando ese consuelo de antaño pero simplemente había desaparecido.
Me quise disculpar por si podría haber hecho para salvarnos cuando él negó con la cabeza llorando. Explicó que lo que sucedía era que no era capaz de sacar de su mente la pena de lo que pudo haber sido.
Era implícito que yo le recordaba ese deseo incumplido de ser padre, de esa hermosa imagen bucólica en la que los tres estábamos yendo de picnic y de muchas otras más.
Recuerdo esa última vez que trató de aliviar mis inquietudes, lo que había estado haciendo desde que nos conocimos y siendo una de esas cosas que tanto amé.
Me dijo que muchas personas se juntan y se separan sin razones en concreto o por motivos que ninguno de los dos podía controlar.
Prometió serio que pensaba interrumpir el embarazo había sido lo mejor si no era lo que yo deseaba realmente.
Decía la verdad por la forma en la que estrechó con firmeza mis manos por primera vez desde hace tiempo.
Lo cierto era que en ese momento mi única certeza era que no quería en absoluto era que se fuera, que me dejara…
Callé aunque siendo consciente de que él era capaz de ver ese deseo en mí igual que yo pude verlo en él anteriormente.
Me refiero al desgarrador impulso de suplicar, reducido a un suspiro resignado.
De la misma forma que no quiso imponerme tener el bebé, yo no pretendía forzar estar juntos.
Se lo dije con mucho tormento cuando me abrazó clavándose ese momento en mi piel de manera dolorosamente dulce.
No se trataba de un castigo por otro, de una injusticia por otra proveniente del resentimiento.
Tan solo éramos personas con caminos divergentes.
Lo ideal era tratar de no perderse el rencor ni la desazón perpetua.
Por mi parte, estaba segura de que el rencor no dominaría más que el arrepentimiento dado que siempre me quiso sin juzgarme, me apoyó y me respetó a pesar de no comprenderme completamente.
Esperaba con el corazón en un puño que él pudiera decir lo mismo de mí.
El reto estaba enfocado en encapsular todo ese abismo del momento en una de esas espinitas invisibles clavadas en el alma con las que todos intentamos aprender a vivir lo mejor que nos es posible.
Y lo superamos.
Historia 3
Hombre 2.
Su ausencia me ayudó a distanciarme ligeramente del pasado.
Cerrar un capítulo, y enterrarlo como parte del pasado.
Mi estado era literalmente el de “voy tirando”, como todos solemos decir frecuentemente.
Aguantar no era poco y hasta me parecía que comenzaba a ser un poquito feliz.
Las experiencias nos hacen más sensibles a determinados escenarios como el de aquella mañana en la cafetería.
Era sábado, no obstante, debía recuperar algunas horas de trabajo. Aquella semana no había rendido precisamente todo lo que necesitaba. No era habitual tener que ir un sábado, pero uno de mis compañeros estaba enfermo y su parte también debía de ser acabada.
Estaba bastante hecho polvo, y me alegré de que por fin llegara la mitad de la mañana, la hora de ir a tomar el café.
Los compañeros con los que mejor me llevaba, se encontrarían a esas horas acabando de desayunar, en pijama o disfrutando de cualquier otra manera de su tiempo libre. Pensar en lo bien que otros se encontraban era desalentador e inevitable a partes iguales.
Solo me di cuenta de que justo detrás de mí había un bebé en el preciso instante en que éste se puso a llorar.
Ese hecho me hizo algo más consciente de todo lo que había avanzado.
Anteriormente reinaba el desánimo al reconocer a mi ex novia en cada mujer joven, al bebé en cada niño o niña inocentes o mis deseos plasmados en otras vidas.
En cambio, ahora no iba desquiciado localizando mi atención en todo lo que me devolvía a bucear en el dolor del pasado. Era cada vez más habitual esa sutil nostalgia algo amarga y silenciosa.
En todos los procesos los altibajos existen y escuchar ese llanto me hizo sentir vulnerable.
Ojalá acunarlo en mis brazos igual que a mí me gustaría que alguien también lo hiciera conmigo aún siendo adulto.
Le confesaría que yo también estaba triste pero que al menos, dos personas tristes acompañándose era mucho mejor que sentirse en soledad.
Hice el esfuerzo consciente de no girarme aunque acabé por ceder y quedarme contemplando esa escena.
Se trataba de una joven que tomó un sorbo de la taza y trató de ponerle de nuevo el chupete al niño. A pesar de los esfuerzos, él lo escupía sin dejar de quejarse.
Le cogió con cuidado por debajo de los bracitos y le colocó sentado en su pierna con mucho cariño sin dejar de sujetarle.
Ella comenzó a moverla haciendo que el bebé botara un poquito y mantuviera el silencio para comenzar enseguida a reírse los dos juntos.
Se acercó con cariño su rostro al del bebé y le dio un besito en la frente muy tierno.
Al menos el pequeño parecía tener a alguien que le cuidara y así uno de nosotros dos tenía compañía.
Sin esperarlo, los ojos de la mujer se posaron sobre los míos descubriendo que estaba mirando.
A pesar de su cálida sonrisa, me sentí muy avergonzado al perturbar ese momento tan personal siendo yo un extraño.
Me di la vuelta hacia la barra, pagué lo que debía lo más rápido que pude y me fue deprisa con mi cabeza agachada al notar que mi armadura de ‘todo está controlado’ se resquebrajaba.
El resto del día estuve algo inquieto pensando en la mujer y el bebé. No me había quedado con sus rostros, más pensé que eran desconocidos pues nadie de mi entorno cercano de amigos había tenido un bebé hace menos de un año.
Con el inicio de una nueva semana hasta arriba de trabajo había medio enterrado ese momento. Me di cuenta de comprar un par de cosas para apañar la cena y en el pasillo donde estaban los artículos de higiene, volví a verla.
En realidad era otra mujer empujando una sillita para infantes. Dudaba si eran los de la cafetería, de todas formas, daba igual que lo fueran, seguíamos siendo desconocidos.
Cogí el gel de ducha que necesitaba justo situado al lado de donde estaban y me fui no sin antes fijarme en el pequeño y después en la amable sonrisa de ella.
No podía ya sacarme de la cabeza a ambos.
El bebé mirándome con esa carita tan frágil y la madre joven que me miraba con tranquilidad y calma.
Creo que mi situación me hizo acabar atrapado en esa “familia ideal” de la que yo no formaba parte. El niño tendría un padre, seguro que muy agradable y cariñoso con el que yo no podría “competir” aunque tampoco fuera ninguna competición cuyo premio fuera tener de familia a esa mujer y su hijo.
La cabeza me daba vueltas y tan solo quería vivir tranquilo y en paz, sin ser atormentado por anhelos ni deseos del pasado.
El fin de semana fui a despejarme dando un paseo solo por el parque y volví a ver a una joven con un bebé sentados en un banco.
Pensé en darme la vuelta y cambiar el rumbo de mi recorrido, sin embargo ¿por qué debía de modificarlo?. Les miré de nuevo y estuve casi al 100% seguro de que eran las mismas personas que las del supermercado. Con la cara del bebé y la expresión dulce de ella.
Pasé delante suyo para justo después acelerar aún más el paso sintiendo la mirada de la mujer clavada en mi espalda.
Mujer 1.
Le vi alejarse bastante confundida ¿por qué reaccionaría de esa forma tan esquiva? No me costaba demasiado diferenciarlo de los demás hombres por su actitud apresurada, nerviosa y tímida. Tras encontrarnos unas 3 o 4 veces más o menos pude identificar su rostro.
Supuse que era de esos que iban medio corriendo a todos sitios hasta que le reconocí caminando tranquilo al otro lado de la avenida.
Yo estaba esperando a que el semáforo se pusiera en verde y él también quería caminar por el mismo paso de cebra, solo que yo hacia su lado y él hacia el mío.
Me pareció que su expresión se tensaba al distinguirme a mí y al bebé cuando nos cruzamos de frente. Tras pisar la acera, giré mi cabeza apreciando su ritmo acelerado al marchar.
Quería aclarar un poco la situación de su actitud huidiza puesto que todavía no tenía demasiados amigos en la ciudad y estaba algo preocupada por si había ofendido a ese chico sin querer.
No estaba segura de comenzar una conversación porque no le conocía, no obstante, no parecía en absoluto alguien peligroso, simplemente un poco extraño conmigo.
Acabé por apagar esas dudas diciéndome que estaríamos en un lugar público y que unas palabras no hacían mal a nadie, ¿quién sabe si podríamos al final llevarnos bien?
Hombre 2.
Reflexioné sobre cambiar la ruta del paseo al volver a encontrarme con ellos sentados en el mismo banco.
Traté de contener la calma cuando la mujer se levantó saludándome.
Miré hacia donde ella miraba sin ver a nadie más, con lo que no me quedó más remedio que detenerme si no quería parecer un maleducado.
Hola ¿Sabe usted dónde está la plaza mayor? - preguntó sonriendo.
señalé donde se encontraba. Le dije que cogiera el bus urbano nombrando la parada más cercana a la plaza.
Me dio las gracias y cuando iba a continuar con mi paseo me explicó sin previo aviso que se había mudado a la ciudad no hacía mucho tiempo sin conocer a nadie.
Tuve curiosidad y le pregunté de dónde era. Como era de una ciudad bastante cercana y bien comunicada con esta, comenzamos a conversar sobre algunos lugares específicos de allí.
Resulta que uno de mis amigos vivió por mucho tiempo en ese lugar volviéndose la interacción más cercana.
Cogió en brazos a su hijo y me lo presentó a pesar de que el bebé no parecía estar muy interesado en mirarme.
Ella quiso saber si es que no me agradaban los bebés, no estaba seguro pero me parece que su cuestión iba a raíz de lo esquivo que había sido.
Negué con la cabeza y respondí que me gustaban mucho así que me preguntó un “¿Quieres cogerlo en brazos?”.
Le advertí que no tenía mucha experiencia con niños y no quería que se me cayera.
Me ofreció sentarme en el banco para que no hubiera riesgos y sin saber exactamente los motivos, cedí. Puede que en mi interior me atrajera la idea de poder sentirme unos segundos, completamente responsable de otra persona.
Me sentí extraño. En el fondo, era una desconocida a la que había visto unas pocas veces con lo que no entendía por qué confiaba tanto en mí.
A lo mejor por su afán de hacer amigos en un ambiente diferente, porque conocía algo su ciudad o quién sabe.
Sin dudarlo, sentó en mi regazo a su hijo diciendo que lo sujetara por debajo de los brazos. Obedecí un poco tenso y creo que el niño se dio cuenta de mi mala maña al ponerse a berrear en cuanto ella apartó las manos.
Me sentí fatal cuando la madre lo volvió a coger haciéndome pensar que a lo mejor estaba enfadada si creía que le había dañado sin yo haber hecho más que lo que me mandó.
Le acunó un poco y se calló mientras ella me sonreía igual de gentil que otras veces.
Me disculpé por mi incompetencia con los bebés pero me comentó que no me sintiera mal, a veces los niños lloran sin ser culpa de nadie, al igual que los adultos.
Sonreí al reconocer esa verdad que a veces se nos pasaba por alto.
Nos despedimos viendo como ella esperaba en la parada del autobús y yo continuaba mi ruta.
A pesar de que no había la cercanía de haberle dado o pedido el número de teléfono, esperaba que nos volviéramos a encontrar.
Mujer 1.
Casi me pasó la parada del autobús dándole vueltas a lo que había sucedido hace unos minutos.
El conductor bastante amable me ayudó a bajar la sillita mientras yo cogía al bebé en brazos.
Cuando le senté en la silla rompió a llorar pero lo único que hice fue abrocharle, ponerle el chupete y darle un besito en la nariz que siempre le gustaba.
Sonreí pensando en que no había ido tan mal esa pequeña conversación.
El joven parecía amable y me alegré mucho cuando comenzó a ser más activo en la conversación.
Parecía algo tímido y sensible. Pasé algo de vergüenza cuando el niño se puso a llorar pero me pareció muy enternecedora su expresión de pena y preocupación.
Al día siguiente en el trabajo pensé que iría al parque de nuevo con mi hijo y puede que me volviera a encontrar con ese hombre.
No habíamos acordado vernos, no obstante, tenía la sensación de que él también había encontrado agradable la charla y regresaría de nuevo.
La jornada se pasó algo lenta cuando salí del trabajo, fui medio corriendo a la guardería, recogí a mi hijo sin entretenerme, subí a casa a coger la sillita, le abroché y caminé hacia el parque para estar sentada en el mismo banco a la hora en la que nos encontramos el día anterior.
Por alguna razón, no quería que pasara por su camino sin saludarnos.
Me apoyé en el banco mirando el reloj sin ver a nadie aunque aún faltaban 7 minutos aproximadamente.
Me pregunté que por qué estaba nerviosa si era probable que no apareciera puesto que no habíamos hablado de vernos.
Habían pasado ya 5 minutos sin despegar mis ojos del lado del camino donde las dos veces anteriores vino caminando.
Empecé a desilusionarme así que cogí en brazos al niño para consolarme.
Le di un beso en la frente susurrando un “parece que esta vez no” aunque seguí esperando por si acaso.
A los 8 minutos después llegó. Me puse muy alegre aunque traté de simplemente mostrar esa sonrisa amable sin dejarme llevar por la emoción.
Esa vez me dejó acompañarle en el paseo mientras charlábamos primero del bebé, después de la ciudad, del trabajo y luego un poco más de nosotros.
Me supo muy a poco ese corto tiempo y esperaba que él también le hubiera parecido agradable.
Al día siguiente nos volvimos a ver repitiendo el paseo y al siguiente llegué un poco tarde por enredos con tareas laborales preocupada por si ya habría pasado de largo.
Quizás, esas conversaciones que a mí me hacían tanta ilusión, él no las sintiera igual.
Me encontraba inquieta hasta que me paré al verle esperándome de pie junto al banco.
Sonrió y se iluminó un poco el Sol sintiendo unas ligeras mariposas en el estómago.
Poco a poco parecía que se iba rompiendo esa máscara de frialdad que se había puesto sin yo saber las razones.
Hombre 2.
Cogí de nuevo al niño en brazos como ella me indicó.
Le dije que no sabía si era buena idea cuando el bebé se puso a llorar. La mujer parecía bastante segura de si misma y me calmó diciendo que a veces su hijo no le gustaban los extraños pero que pronto dejaría de percibirme como tal.
Me impactaron curiosamente esas palabras y el hecho de que ya no fuera un extraño para el bebe ni para ella. ¿Desde cuándo habíamos comenzado a ser eso que llaman amigos?
No nos conocíamos desde hace demasiado pero se notaba que había esa chispa o conexión. Esa sintonía y confianza entre ambos que me producía la percepción de habernos conocido hace un año en vez de hace un mes.
De la parte inferior de la silla cogió un babero y se lo puso al bebé pegando el velcro detrás de su cuello.
Había dejado de llorar y notaba cómo movía sus piernitas mientras le tenía sujetó con mi mano la tripa.
Ella se rió diciendo que así no podría darle la comida porque necesitaba las dos manos.
Cogió al bebé con cuidado y lo sentó más hacia atrás, casi en mi cadera y el niño apoyó su cabecita a un lado de mi abdomen.
Pude apreciar un sentimiento de profunda protección por el pequeño preguntándome si así sería la sensación si mi hijo hubiera nacido y yo le habría sujetado por primera vez.
Tardé un instante en ver que la joven me estaba hablando diciendo cómo darle bien de comer.
Removió el puré del tarro un poco con la cuchara y cogiendo una cucharada no demasiado llena miró al bebé quien no abrió demasiado la boca aunque tampoco apartó la cara para evitar la comida. Le limpió un poco el puré que se le había caído fuera de los labios y dándome el tarro cogió en brazos al niño diciendo que me tocaba a mí intentarlo.
He de decir que me puse de rodillas delante y al final parece que comió más el babero que el niño.
Me disculpé por el estropicio pero ella me sonrió diciendo que lo había hecho de maravilla, creo que porque le daba bastante pena mi torpeza.
Me pasó al niño de nuevo, mientras ella le limpiaba con un pañuelo de papel la boca, quitaba el babero poniéndolo en una bolsa de plástico y se sentaba al lado.
La mujer comentó un “parece que le gustas bastante más” haciendo que unos segundos después me sintiera que el lugar donde estaba era el adecuado.
Me sentí aceptado y querido.
Si estaba cansado podía sentar al niño en la silla aunque negué con la cabeza pensando en que hacía mucho más para cansarme de esa personita.
Cogí una de sus manos y agarró con cierta fuera uno de mis dedos haciendo que le diera sin pensarlo un beso en la cabeza. Su piel era muy suave y delicada haciéndome sonreír.
Enseguida me di cuenta de que ella me estaba mirando atentamente pidiendo de nuevo perdón pues entendía que a algunas personas les molestara que un extraño diera un beso a su hijo.
Respondió que no tenía que disculparme de nada y que se alegraba de que me gustara el bebé.
Mujer 1.
Creo que los sentimientos en mi interior estaban creciendo por aquella persona. Me hipnotizaba la forma en la que trataba a mi hijo, con tanta dulzura y cariño. Deseé que conmigo hiciera un poco lo mismo mostrándose algo más cercano puesto que cada vez que le dirigía la palabra se cerraba un poco en sí mismo.
Era con el niño cuando podía ver mejor quien era.
Un día me encontraba muy ocupada en el trabajo y le llamé por si no le importaba recoger al bebé de la guardería para que no estuviera más tiempo de su hora.
Me respondió que lo haría encantado dándome bastante apuro porque no quería ponerle en ningún compromiso.
Les encontré en el banco de enfrente de la guardería sin haberse movido una hora desde que salieron.
Tenía a mi hijo tapado con una manta y se había dormido pareciendo muy tranquilo en sus brazos.
Me senté al lado dándole las gracias con un beso en la mejilla y posando mi mano en su hombro.
Nos miramos y vi que se había sorprendido con lo que le dije que lo sentía aunque respondió que igual que yo le había dicho que no me disculpara, ahora me lo decía a mi.
Hombre 2.
Definitivamente algo estaba surgiendo entre ellos dos y yo.
Me atrevía a pensar en que ella sentía algo más que amistad y mi corazón latía algo más acelerado pensando en la posibilidad de llamarles familia.
Al mismo tiempo, trataba de reunir el valor suficiente para preguntar que dónde estaba el padre del niño.
Temía que la respuesta fuera que andaba de viaje por negocios o algo similar y que volvería haciendo que se olvidaran de mí.
Un día mientras yo empujaba la sillita por el parque dejé caer el tema.
Lo nombré casualmente con un comentario de si el color del pelo del bebé era heredado del padre porque no se parecía al de ella.
Sonrió diciendo que eso lo había heredado de ella, solo que se había teñido el pelo.
Solo estaban su hijo y ella con lo que automáticamente me arrepentí de haber preguntado dándoles mi pésame diciendo que lo sentía mucho creyendo que había fallecido recientemente.
Se encogió de hombros respondiendo que ella estaba feliz con su elección de ser madre soltera.
Me explicó que se quedó embarazada pero su novio no quería ser padre así que cortaron y decidió tener el hijo ella sola. Puede que fuera algo más complicado criar al niño sin pareja, pero contaba con el apoyo de sus padres y para ella, su hijo compensaba todos esos momentos difíciles. Para ella no era un sacrificio como muchas personas creían, sino una bendición.
Le conté entonces, que yo también había tenido una pareja que se había quedado embarazada aunque al final no tuvimos al niño. Yo quería haber sido padre, pero respeté que ella no y al ser la que llevaba todo el proceso físico, acepté que no era justo obligarla a tenerlo.
Me abrazó muy cálidamente de improviso quedándome paralizado y al apartarse me quedé de piedra cuando me consoló señalando que de todas formas, yo ya tenía una familia.
Mujer 1.
Igual que él yo me quedé como una estatua. No sé por qué me salió decirlo de esa forma aunque no podía negar que le estaba sintiendo como una figura importante para mí hijo desde hacía tiempo.
Me dio mucho miedo haber dicho algo que no debía o de la forma no adecuada. No quería haberle cargado con la responsabilidad directa de hacerse cargo también del niño cuando no tenía nada que ver con él, solo me ayudaba porque él quería, no era su obligación.
Añadí tímidamente un “si quiere, claro” como mal intento de arreglarlo. La tierra no me tragó en ese instante tan incómodo aunque de repente sentí que me estrechaba entre sus brazos cálidamente.
…
Me apoyé en su hombro muy cómoda observando la forma en la que jugaba con el niño mientras se reía.
Coloqué mi mano en su mejilla pidiéndole atención y haciendo que bromeara con que no estuviera celosa de nuestro hijo.
Recuerdo perfectamente su cara de ilusión cuando el niño le llamó por primera vez papá y el abrazo tan fuerte que me dió a mí expresando su alegría. Desde entonces comenzó a considerarle también su bebé.
Nos miramos con cariño y susurré que ojalá pudiera estar aquí con nosotros su hijo que no nació de su anterior pareja y que estaba apenada porque él no hubiera tenido la opción de elegir de la misma forma que yo pude.
Me dio un beso en la frente diciendo que estaba bien, pues ya no serían solo dos sino que éramos tres.
Le corregí diciendo que cuatro antes de que me abrazara casi llorando de la alegría.
Enseguida cogió al niño en brazos y le dijo unas 5 veces que iba a tener un hermano a pesar de que era aún demasiado pequeño para entender qué pasaba.
Tuve que tranquilizarle numerosas veces acerca de que no creía que fuera a amar más a su hijo biológico que al que ya teníamos porque estaba inquieto por la posibilidad de favoritismos.
Hombre 2.
Entré en la oficina muy contento y le dije a la recepcionista un “Va a ser niña”, subí por el ascensor encontrándome a un par de compañeros remarcando “es una chica” mientras me felicitaban.
A media mañana ya lo sabía todo el edificio pues no podía evitar comunicar toda mi felicidad por volver a ser padre por segunda vez.
…
No había pasado apenas ni una semana desde el nacimiento cuando la convencí para acompañarme a mí trabajo con la niña en brazos mientras yo empujaba la silla del otro.
Los trabajadores no pudieron evitar acercarse para darnos la enhorabuena y hacerle carantoñas a mis dos hijos de los que estaba totalmente orgulloso.
De paso le hice una visita guiada a mi pareja que estaba un poco avergonzada cuando me ponía a vocear como un loco saludando a la gente pero no me importaba porque estaba muy contento.
Al final sí que había podido compartir ese momento con mis compañeros más cercanos que estuvieron aguantándome durante toda mi historia alegrándose porque ahora era muy feliz.

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