[[Me gustaría agradecerle a la autora Júlia Peró por la novela que ha escrito “Olor a hormiga” en el que se muestra una cara de la vejez que no es demasiado visibilizada.
Porque las personas son complejas independientemente de la edad y no siempre de manera tierna, amable o dulce.
Somos un poco de todo y en este libro se muestra ese “todo” algo perturbador y sin tapujos.
También me parece relevante abordar el problema de la soledad en personas que no pueden valerse por sí mismas y que necesitan un tratamiento profesional específico que no se les brinda.
Realmente no puedo decidir si este libro me ha gustado o no de forma “convencional” puesto que ya de por sí, el escenario no es convencional.
Lo que sí, es que me ha parecido bastante interesante, revelador y fascinante por la forma en que te envuelve.
Este relato corto ha sido inspirado en él.
Cabe destacar que lo escribí cuando no había llegado ni a la mitad del libro y puede que por ello se parezca más a la primera parte, no sé.
En el fondo, es que me hace cierta ilusión poder decir que me inspiré en Júlia Peró a quien admiro, para qué negarlo. ]]
Los años pesan como piedras en una mochila. Más que la que me tiró una vez en las escaleras del colegio. Que yo siempre he sido delgadita hasta que dejé de serlo.
El tiempo nos infla, nos arruga, nos mata y a la vez nos da vida.
Ahora eso ya me da igual, sé que soy una vieja que va a morir pronto.
Lo que me preocupa es ese señor que viene a casa.
Ese señor me da miedo. Sus ojos, sus manos, sus intenciones.
Cada vez que viene yo me encuentro en mi cómodo sofá en el que estoy hundida, en el que estoy segura y protegida. Entre algodones que no me pueden dañar.
Él me pregunta si quiero ir al baño. Contesto que sí y enseguida toma mi mano e insiste en que me levante.
No quiero, no quiero pero no importa lo que yo quiera porque él insiste e insiste.
Me levanto entonces mientras me da su mano también algo menos arrugada con una fuerza inexplicable. Yo tan débil y él tan robusto mientras los años pasaban para ambos.
No era nada justo.
Me caí al suelo confusa sin conocer la causa. Me parece que fue él quien me hizo caer.
Él me quiso ayudar a levantarme, aunque lo hice sola diciendo que no necesitaba su ayuda. Después por el pasillo me empujó golpeando con mi hombro en la pared, dura, rígida y sólida. Rompiendo algunos vasos sanguíneos y tiñendo la piel de morado más tarde.
Me volví a levantar yo sola, rechazando su mano después porque no quería que me tocara. No quería porque me había hecho daño.
Quería que se fuera, que se marchara sabiendo que no se iría si se lo hubiera pedido.
Parece que lo único que quería era que fuera al baño… y provocar mi tormento.
Llegué, bajé mis pantalones, me senté en el retrete y tuve frío.
Me dijo que cuando hubiera acabado le avisara así que obedecí.
Cogió una toallita para lavarme aunque ya me había limpiado yo. No quería que me tocara, me daba miedo, me dolía el hombro y las rodillas.
Una mujer débil como yo ¿Qué podría haber hecho frente a un hombre? Nada.
Así lo veía en la pantalla del salón tras pulsar un botón de color rojo.
Si sonaba la alarma un minuto es que era la hora en la que el señor ese guapo y la mujer simpática aparecían para resolver un crimen.
No eran pareja, pero yo era partidaria de que lo serían.
No me gustó la sensación húmeda de la toallita ni ser vista así, aunque parece que él se dio por satisfecho tirando la toallita a la papelera.
Preguntó si podía vestirme yo. ¿Por qué formulaba esa cuestión? Claro que sabía hacerlo. Era vieja, no inválida.
Subí mis pantalones cuando él me detuvo señalando que así estaría incómoda después.
No entiendo, si llevaba más de 80 años vistiéndome yo sola ahora decía un extraño que todo lo que había aprendido estaba mal.
No y no.
De todas formas, me quedé quieta e incómoda al sentir su mano en mi piel mientras explicaba que tenía que colocar primero la ropa interior y luego el pantalón.
Luego volvimos de nuevo al salón y al menos, no me tiró esa vez… pero daba igual, no me fiaba. De esos ojos que me analizaban, ni de esas manos que me tocaban sin yo quererlo, ni de su forma de hacer las cosas como si yo no hubiera aprendido bien a ocuparme de mí misma.
Sus intenciones… esas intenciones suyas tan ocultas bajo una sonrisa.
Así son todos los asesinos que condenan el chico guapo y su novia simpática.
Quiso saber también si me había hecho daño al “caerme” como si fuera él inocente.
Le respondí que no pues no quería que me mirara más, no quería que me hiciera caso.
Ojalá ser invisible.
Horas más tarde, regresó al salón y me preguntó si quería ir al baño pero no quería que me volviera a empujar, no. A pesar de que sí tenía ganas, no quería ir con él así que le dije negué con la cabeza.
Mala suerte, muy mala suerte, aún cuando pensé que podía aguantar, no lo hice pasando lo que era natural que pasara.
Me quedé rígida y muy quieta, a lo mejor se olvidaba de mí si no me movía, como un toro bravo que te ignora si estás quieto.
De nuevo desgracia que ese señor además de un toro que sentí que me quería embestir y mochar con sus cuernos, tuviera el olfato de un sabueso y me preguntara “¿Se te escapó el pis?”.
Asentí abochornada porque sabía que lo sabía y también que me obligaría a levantarme y que me golpearía para poner cara de cordero degollado después y que no podría hacer nada para impedirlo y que y que y que… estaba aterrorizada.
Así fue.
Hizo algo para que me cayera. Estoy segura. No me había dado la mano, pero me había resbalado con el suelo. Debía de estar húmedo y yo no lo había mojado.
Había sido él y me miraba como un ángel tratándome como si no me enterara de lo que quería hacerme. Como todos los hombres criminales, nunca lo parecen.
Llegamos al baño y me dijo que me quitara la ropa para ducharme.
Mis manos temblaban, porque ya de por sí temblaban y porque tenía miedo.
Miedo, miedo, miedo.
Me daba vergüenza delante de él, de sus ojos, porque las cosas en la televisión nunca acababan bien.
Nunca, nunca, nunca.
Por mi cabeza pasó que si alguno de estos días era el último por muerte violenta o abuso, a lo mejor el hombre guapo que veía al apretar el botón del mando y su novia guapa, investigarían lo ocurrido y le atraparían.
Quería dejar un mensaje pero oculto.
Si él lo encontraba me mataría enseguida y puede que jamás fuera atrapado.
Como yo era incapaz, insistió en “ayudarme”.
Un botón desabrochado, y otro y otro… mientras mi mente decía en voz baja “te condenarán, te condenarán, te condenarán…”
Comentó que si no prefería ponerme el camisón, que así podría estar más cómoda que con pantalones.
Negué con la cabeza porque era lo que él quería y no iba a entrar en su juego más de lo que ya estaba atrapada.
Mi piel estaba ya al descubierto mientras le miraba echando la ropa en una cesta informándome de que más tarde pondría una lavadora.
No se iba, nunca lo hacía.
Creo que le gustaba verme sufrir así. Verme vulnerable, dominarme.
Sí, porque era floja.
No importa si en el pasado, cuando él nació yo podría haber sido lo suficientemente mayor como para hacerle daño.
No, el pasado no importa.
No importa cuando antes tenía compañía mejor que me amaba.
Ni siquiera sé si ese alguien fue real. Tengo en la cabeza una sombra de luz que me hacía sentir segura en sus brazos. Pero se fue y ya no le veo.
El pasado no importa pues no me protegería.
Ahora no.
Ordenó que me metiera en la ducha y me sentara. Su voz fue suave, pero sé que era una orden. Una orden que no debía de ser desobedecida.
Mientras, él cogía la alcachofa habría el agua esperando a que se calentara un poco.
He de reconocer que la temperatura estaba bastante bien pero tampoco podía relajarme demasiado.
Cogió un bote indicando que era gel de ducha aunque yo le miré desconfiada. ¿Y si le hubiera echado algo que me abrasara la piel?
Echó un poco en una esponja y me la ofreció comunicando que podía lavarme con eso el cuerpo.
Lo intenté y más o menos lo conseguí con los brazos y las piernas y el cuerpo. Me dijo que así estaba bien y me aclaró el jabón con el agua que salía de la ducha.
Me dio la alcachofa para que la sujetara con mis manos y no tuviera frío colocándola en mi pecho y así el líquido tibio recorrería todo mi cuerpo, todas mis arrugas, todos mis surcos como tierra que había sido cultivada una y otra y otra temporada.
Al final se acaba quedando seca e infértil.
La sujeté como me notificó, sin moverme y muy atenta a lo que él hacía.
Cogía otro bote para el pelo así que me previno que lo mejor era cerrar los ojos para que no me picara.
No quería entornar los párpados porque si no, no le vería y me sentiría mucho más pequeña de lo que ya era. Pequeñita, pequeñita pero no lo suficiente como para pasar desapercibida y que no la aplastaran. Como una hormiguita, como una cucaracha que se metió donde no debía. Probablemente inofensiva pero asquerosa y que se había metido donde debía o con quién no debía.
Me echó la sustancia en la cabeza mientras con sus manos sentía los dedos en mi cuero cabelludo.
No me gustaba ¿Estaba intentando hipnotizarme?
Conmigo no funcionaría, no soy tan tonta.
Estuve con los ojos abiertos hasta que algo me entró en el ojo, creo que era ese mejunje que él me había puesto. Picaba mucho así que instintivamente solté la alcachofa y grité.
Había acabado por hundirme en la oscuridad, como él quería… Ahora qué me haría, tenía mucho miedo pero es que me quemaban los ojos así que no podía volver a abrir los párpados.
¿Y si me hubiera quedado ciega?
Ya no volvería a ver el poco Sol desde mi ventana.
Sentí frío, mucho mucho mucho frío, como tocar un cubito de hielo.
Después el agua por fortuna volvió y me arropó en su calor. Por mi cabeza y el cabello y por mi cuerpo.
Su voz de nuevo diciendo que tenía que limpiarme con la esponja en las zonas donde no me había podido lavar yo.
Luego su imagen al abrir los ojos y la esponja en la espalda que bajaba y bajaba y bajaba.
Qué incómodo y vergonzoso todo, cuanto tardaba en torturarme, en avergonzarme, en humillarme en ese estado tan lamentable.
Estaba indefensa y parecía que lo aprovechaba para hacer lo que quisiera. Me dijo que me pusiera un pelín de rodillas pero yo no quería.
No, no y no.
Igual que con la toallita, no me gustaba.
Insistió así que tuve que ceder.
Su cara era de esas que seguro que daban mucho miedo, ahora no, creo que si se enfadaba sí. Enojado me habría creído que se convirtiera en un ser que escupía fuego o veneno por su boca.
Escalofriante.
Muy ágil pasando la esponja y enseguida aclarándome con el agua y luego cambio de posición un poco y por delante también. Desplazando todos esos pliegues de la piel que se iban cayendo más y más cada día.
¿Algún día llegarían al suelo? No lo sé.
Luego apagó el agua y se fue diciendo que volvía en un momento.
Creo que eso de pasar frío era parte de la tortura.
Después volvió a pasar por mi piel otro objeto.
No sé qué manía tan extraña tenía esa persona tan temible de querer tocarme la piel y de darme miedo.
Está cosa era seca y me envolvió con ella y dijo que si quería cenar e irme a dormir.
Las baldosas estaban frías, el suelo de madera no tanto. No me hizo caer por lo menos.
Me dio ropa para que me la pusiera otra vez y cómo no, acabó por decirme que así estaba incómoda volviendo a colocarla molestando más con sus manos que si no lo hubiera hecho.
Cené un puré y unas croquetas de las que vienen congeladas me parece.
Riquísimas, siempre ricas excepto cuando una vez no estuvieron el tiempo suficiente en el calor y fue como morder una bola de nieve.
Ahora están sabrosas.
Me dijo que quería algo antes de ir a la cama y yo le dije que un cuaderno y un bolígrafo para apuntar algo antes de que se me olvidara.
Parece que se sorprendió algo como si me creyera incapaz de escribir aunque mis manos temblaran un poco.
Él se sentó a leer el periódico en el sillón y yo con el bolígrafo haciendo trazos irregulares en la libreta, puse “Socorro. Va a matarme”.
Luego con disimulo, le pregunté a ese señor como quien no quería la cosa su nombre.
No le entendí demasiado, pero puse los sonidos esos que había captado al no querer volver a formular la cuestión y él se levantara para ver qué había escrito.
Le dije que si podía llevarme un libro a mi dormitorio y mientras estaba fuera de la sala, arranqué la hoja arrugada y la escondí debajo del cojín del sillón en el que no estaba sentada.
Me siguió a mi cama como una sombra y me dijo que se iría a cenar.
Sus labios extraños y arrugados se apoyaron un momento en mi frente y luego se fue tras encender la luz de mi mesilla para que leyera.
Obviamente había pensado en huir, pero me delataban los muelles del sillón. Les decía que se callaran, pero eran igual de viejos y estaban cansados, también tenían derecho a quejarse.
Al menos dijo que se iba a cenar escuchando la llave bloqueando la puerta con dos vueltas de muñeca.
No sabía dónde tenía las llaves aunque a pesar del encierro, por las noches estaba segura.
No habría peligro, no habría sorpresas y pese a no hacerme nada de ilusión la soledad, mejor sola que mal acompañada.
Lo malo es que siempre regresaba al día siguiente, siempre volvía y yo no quería. Pero siempre lo hacía, dado que soy floja y no me atrevo a pedirle que no vuelva porque a lo mejor se enfada.
Si tenía ya un hombro y las rodillas algo moradas, sin haberse siquiera molestado ¿Que haría si realmente sintiera ira?.
En la tele nunca acaba bien.
Golpes y golpes y golpes.
Los “bien dados” te harán sufrir, los “mal dados” te matarán.
Si te dan muchos, hay más posibilidades de que uno sea “mal dado”.
Como a la de la tele… que la mataron con ensañamiento y el guapo y su novia simpática descubrieron que había sido el cuñado.
Apagué la luz y cerré los ojos más tranquila, mucho más calmada sin él.
A veces tenía visitas de una mujer jovencita y simpática.
Esperaba que viera mi mensaje y los días junto a ese hombre raro llegarían a su fin.
Tanto como si él se iba, como si al final me mataba por haber descubierto el triste ardid de una anciana.
Quedaba ya menos para estar en paz.
…
Cerré la puerta una noche más y cada vez era peor.
Tuve ganas de llorar y derrumbarme, no obstante, no lo hice sin saber cómo.
Ya ni siquiera dormíamos en la misma habitación, ni que decir que en la misma cama.
Después de que una noche se pusiera a llorar y cuando le pregunté si sabía quién era, negó con la cabeza.
Una punzada muy cruel y otra y otra y otra…
Antes por lo menos me reconocía en algún momento todos los días y ahora se cumplen dos semanas desde él último momento que me miró como solía mirar, con ese algo que me seguía enamorando.
Estaba aterrado porque en su último momento de lucidez no me viera a mí.
Quería seguir viviendo con ella porque desde hace mucho que es así, no obstante las circunstancias han cambiado.
Ese era mi deseo.
El deseo que siempre pedía. Que volviera a abrazarme sabiendo quién era, que me dijera que me amaba de nuevo.
Lo rogaba una vez y otra y otra y otra más, por favor.
Todas me sabían a poco, aunque eran como un soplo a las tinieblas.
Porque detrás seguía habiendo Sol, o eso quería y me obligaba a creer.
Sabía que algún día ya no se cumpliría.
No quería que fuera hace dos semanas, se sentía tan lejano todo.
Tan distante esa voz, ese tono, esa sonrisa, esa mano sobre mi cara secando otra vez mis lágrimas.
Desde esa época que no se llamaba aún vejez y porque la gente decía que era un loco de 25 años enamorado de una mujer de 39.
Ella también lo decía, que mejor estuviera con alguien de mi edad y sin un hijo de casi 10 años que no era mío. ¿Y qué? Era lo que siempre contestaba y ella me abrazaba diciendo que ojalá nos durara el cuento para siempre.
Suspiro pensando que para siempre es demasiado tiempo…
Estos últimos 14 días habían ido en picado.
Se había caído igual que el día anterior, aunque al menos pudo levantarse por sí misma.
El tiempo también me pesa y no sé si sería capaz de levantarla como hace 50 años en los que se agarraba con sus brazos a mi cuello y dábamos vueltas mientras reía o decía que parara cuando sus pies se levantaban ligeramente del suelo.
No lo creo, ya no soy capaz y eso también me perturba.
Hoy me desgarró que me hubiera mirado tan seria, tan fría, tan inquieta.
Desconfió de mí y por ello le picaron los ojos por el champú.
No quiso ir al baño haciéndose pis encima.
Casi olvido lo del sofá, es verdad. Hay que cambiar la funda y echar a lavar la manchada.
Levanto el cojín y veo un papel pegado, arrugado y pequeño.
Debe ser lo que puso en la libreta, un detalle que me extrañó porque hace meses que no escribía.
Lo desdobló y leo con algo de esfuerzo esa frase y mi nombre con varias faltas de ortografía.
Inhalo aire por la boca como si alguien estuviera estrujando mi corazón físicamente y enseguida cojo el teléfono y llamo a mi hijo adoptivo quien a su vez avisó a la mujer enfermera que contrató para que viniera esa noche en vez de mañana.
Había estado negándome a que se quedara todos los días de la semana, porque yo aún podía solo con la situación.
Lloré enseñándole lo que había escrito y era peor de lo esperado.
Noté que se sentía incómoda y desconfianza, cuando realmente estaba aterrorizada.
La enfermera me aconsejó encarecidamente que mejor fuera otra persona la que la aseara. Puede que con una mujer menuda y joven se encontrara más cómoda.
Murmuré que aún podía hacerlo yo y no quería separarme, sin embargo, insistió en que volviera a bajar a la realidad en la que en su cabeza yo podría estar causándole pánico.
Pánico porque me había convertido en un hombre desconocido que la desnudaba sin saber por qué y temiéndose lo peor.
Simplemente quería cuidarla.
Imaginar lo que ella podría haber pensado de mí me destruía por dentro.
¿Cómo podría hacerle daño?
Si yo la adoro, si antes me había dicho tantas veces que se había enamorado de la manera en la que la cuidaba, en la que la respetaba, en la que la hacía sentir segura.
Ser la fuente de su angustia era insoportable, era demoledor.
Recordé en voz alta limpiándome con la manga la cara, un día que ella se volvía a lamentar de la diferencia de edad. Yo le contesté que 15 años era un suspiro porque habían pasado ya esos años desde que estábamos juntos y no me había dado ni cuenta.
Además añadí que así podría tenerme para que la cuidara. Ella sonrió y me abrazó alegrándose por estar juntos.
La pobre chica me abrazó destacando que aunque dejara de acompañarla físicamente como hasta ahora, seguía atendiéndola de otra manera igualmente valiosa.
También me señaló que yo también tenía mi vida.
No me pedía que me marchara completamente, pero sí que volviera a apoyarme en mis amigos que cada tarde me extrañaban en el bar. Me llamaría si algo sucediera.
Acabé por decir que lo intentaría, pues es lo que le habría gustado también a ella. No querría que me desviviese por algo que no tenía solución.
…
Alguien tocó mi mano y me recorrió un escalofrío pensando en que fuera él, la muerte lista para llevarme de manera tan cruel.
Inspiré muy hondo aguantando la respiración, no sé por qué. Tenía la sensación de que me iba a asfixiar con la almohada.
Si pasaba eso ¿Por qué no soltar todo el aire? Así la agonía duraría menos… no obstante, algo instintivo en mí quería sobrevivir.
Un “buenos días”, de esa voz tan dulce y suave.
Abrí los ojos molesta por la luz pero nada en comparación con el alivio al ver que no era él.
No lo era, no.
Y mejor, mucho mucho mejor.
La jovencita, casi niña, no me haría nada, no. Me cuidaría.
Me ayudó acercándome las zapatillas y me dio la mano de piel tersa, suave e inocente hasta la cocina.
Me puso el desayuno sonriendo mucho mientras charlamos animadamente.
Removía mi café con la cucharilla, hacía un lado y luego soplaba. Después seguía girando y después volvía a soplar.
Fue cuando le vi en el marco de la puerta que me inquieté
¿No se había marchado? ¿Y si le hacía algo a la niña también?
Me miró y me quedé como una estatua muy tensa, enseguida posó sus ojos en la jovencita y luego se fue.
Definitivamente ella le había ahuyentado dado que yo le miraba y nunca se iba.
Era diferente, no sé cómo pero si estaba conmigo esa mujer, a salvo me encontraría, ya no habría peligro.
Me parece que es porque ella es joven y puede correr.
La cogí de la mano cuando me ayudó a vestirme y luego nos sentamos en el sofá.
Le pregunté si es que había leído la nota y ella me respondió “¿Qué nota?”, aunque después al pensarlo no sabía qué nota era la que debería de haber encontrado.
Una, era una que no debía de haber escrito yo puesto que yo no había cogido un bolígrafo desde tanto que ni recuerdo.
Apenas unos segundos más tarde, ella exclamó, “Ah, sí. Ya sé cuál” y sonrió.
No le pregunté qué decía esa nota porque no importaba, ella estaba ahí conmigo.
Ya no estaba con ese hombre raro y tampoco sola.
Después de comer, vi que él se despedía mirándonos y por educación agité la mano, sin cambiar mi opinión de que por mí, podía no regresar.
La chiquilla no recuerdo como se llamaba, pero me comentó que se iba a jugar al mus con sus amigos que hace tiempo que no acudía.
Pensé para mis adentros que si no iba, era porque había estado ocupado intimidándome.
Genial que se hubiera marchado.
Seguimos viendo un álbum de fotos que ponía mi nombre.
Parece que esa era yo de bebé y luego yo con 8 años que un pelín apenas me acuerdo.
Por aquel entonces, me caí con la mochila por las escaleras porque pesaba mucho y yo era pequeña.
Efectivamente en la orla de la clase era de las más bajitas.
Cogió otro álbum sin nombre de color negro y lo abrió.
En la primera página aparecía una chica más o menos joven, abrazada a un hombre y que se veía que estaba embarazada.
Comenté que parecían felices y que qué bonito que ella fuera a tener un bebé.
Pasamos la siguiente página y la chica señaló la foto en la que aparecía la criatura en una cunita.
Dormido como un ángel y en otra vestido de traje de chaqueta con su madre al lado.
Me informó que el padre se había enamorado de otra persona y por eso no estaba.
Me lamenté por aquel niño y esa mujer queriendo saber qué les ocurriría.
Pasamos la siguiente página y parece que ella estaba abrazada a alguien de manera muy tierna y cariñosa.
“¿Es el hijo?”
La muchacha negó con la cabeza y aclaró que era otra persona que se había enamorado de la mujer y la mujer de él.
Me extrañó porque parecía más joven. Resulta que él tenía una década y media menos de edad pero como eran felices juntos, así siguieron.
La miré un poco escéptica pues me pareció algo extraño aunque acabé por ver más el sentido a medida que veía las fotos.
En todas las imágenes parecían tranquilos. No era siempre sonriendo, sino con paz, con la sensación de tener todo lo que necesitas.
Exclamé lo hermosa que me parecía una foto en la que ambos se estaban mirando sonriendo. Con amor, con entendimiento, con sincronía.
Y el hijo seguía creciendo y se volvió un joven muy apuesto.
A pesar de que no fuera biológicamente su padre, parece que se llevaban estupendamente.
Me lo dijo la chica, más habría podido intuirlo cualquiera.
En la última hoja del álbum, estaba la mujer soplando las velas de su septuagésimo segundo cumpleaños según la forma de las dos velas sobre la tarta, con él aún a su lado aplaudiendo.
La segunda foto y final estaban ambos con las caras muy juntas sonriendo a la cámara.
Me quedé un momento observando sus rostros y la chica me miró como expectante.
Me preguntó “¿Qué opinas?” Y yo respondí que la historia de amor había sido muy hermosa aunque ahí ponía una fecha de hace poco menos de dos décadas así que me surgió esa duda de si seguían juntos ahora.
Expresé mi duda con algo de temor de que no fuera así.
La chica asintió con la cabeza, no obstante, añadió con pena que él la seguía adorando profundamente, sin embargo, ella a veces se olvidaba porque estaba enferma.
Algo pasó que me entristecí un pelín diciendo que si al menos algunas veces se acordaba…
Le devolví el álbum.
Ella lo rechazó insistiendo en que si podía mirar esa última estampa un poco más, en la que salían mirando a la cámara esa pareja.
Lo hice sin preguntar por qué con dudas asaltando mi cabeza.
Estaba mirando sin saber a dónde miraba. Luego la chica sujetó delante de mí un pequeño espejo viendo mi reflejo.
Era yo…
Vi que ella sonreía y me dio un abrazo riendo.
Le pregunté “¿Dónde está él? Mi sombra de luz. Que siempre me seguía como mi sombra e iluminaba mis días como una estrella”
Mientras, le observaba ese recuerdo congelado.
Esos ojos, esa cara, esa sonrisa tan viva, ahora me sonaba igual aunque más cansada y desgastada.
¿A quién se la había visto?
Hace poco creo.
¿A quién? ¿A quién? ¿A quién?
Fue como un relámpago que abrió mi mente y entonces lo supe.
Me acordé de ese cumpleaños más vívidamente.
Volví a saberlo y grité su nombre.
El que me dijo anoche y el que escribí en la libreta.
Porque era él.
Siempre había sido él y yo había estado equivocada y a la vez que la emoción, llegaron el miedo y el llanto.
…
Los garbanzos se movían de un lugar a otro de la mesa. Curiosamente, nunca hacia mí.
Mis amigos comentaron que en un par de partidas más, habría cogido el ritmo. De todas formas tampoco tenía la cabeza allí, en ese lugar ni me interesaba.
Mi teléfono vibró y me llamó la enfermera para que volviera enseguida.
Apenas dije un perdón a mis amigos sin echar la vista atrás y fui medio corriendo hacia el portal.
El portal, con llaves rebeldes y luego el ascensor que no estaba en el cero cuando se le necesitaba.
Me sudaban las manos y la frente.
Se me resbalaban las llaves de la casa cuando vi que la puerta de la entrada se abría y la joven me decía que pasara al salón.
La vi allí llorando pero estiró sus brazos hacia mí llamándome para que regresara al lugar donde también yo me sentía seguro.
La abracé diciendo que estaba muy feliz porque hubiera “vuelto” y ella se disculpó porque creyó que quería hacerle daño.
Repitiendo una y otra vez lo siento, lo siento, lo siento, no te reconocía, no te reconocía.
La quise tranquilizar diciendo que estaba todo bien porque estábamos juntos y que era consciente de que era porque estaba enferma.
Me separé un poco y coloqué mis manos en sus mejillas empapadas igual que ella en las mías.
Nos dedicamos un “te amo” cargado de sentimientos y emociones acompañadas con una mirada de esa complicidad oxidada.
Después mi alma se me quebró totalmente cuando siguió en su llanto y dijo que no quería irse, que no quería volver a tenerme miedo, que no quería odiarme otra vez.
Dijo que detestaba seguir viviendo en un mundo donde ya no pudiera amarme y me hiciera sufrir.
Le contesté con mi voz que no pasaba nada, que estaba bien aunque todo el resto de mí exclamaba muy alto lo contrario.
Negó con la cabeza y dijo que había sido un tesoro muy valioso para ella haciéndola muy feliz pero que ya no podía seguir esperando a si ella regresaba porque no sabía si volvería.
Los recuerdos se debilitaban.
Negué entonces confesando que siempre pedía ese deseo, que hubiera una nueva última vez, y otra y otra.
Ella pidió un deseo.
Pidió que esa fuera la última despedida porque tenía que no seguir estancado pues también respondió que me iba a seguir teniendo miedo cuando se marchara y yo sufriendo más y más y más.
Me dio un beso en la mejilla urgiendo que tenía que intentarlo porque así seríamos felices los dos. Quién dice felices, dice menos desdichados.
En voz alta declaré que era muy difícil y no sabía cómo hacer eso.
Imploró que me llevara el álbum con todos los buenos recuerdos.
“¿Y cómo podrás regresar si no?”.
Me respondió algo aún más doloroso, lo más doloroso que creo que había escuchado en mi vida.
Ya no quería regresar si debía de irse y tampoco recordar que había creído cosas tan malas sobre mí.
Ahora no lo soportaba y los dos estábamos encerrados en el dolor.
Una inmensa desesperación que había que cortar de algún modo.
“Noventa años no están nada mal, amor. La puerta se cierra, lo noto.” y nos abrazamos como en una bonita historia que ahora finaliza pero con los cuerpos aún vivos.
…
Estaba confusa cuando sentí su peso sobre mi cuerpo. Su respiración cerca de mí, su olor, sus brazos inmovilizándome así que grité.
El señor saltó hacia atrás como un resorte.
Atemorizado.
Sus mejillas estaban empapadas igual que las mías. Parecía que sollozaba y le costaba respirar.
Busqué a la joven.
Allí estaba y me abrazó diciendo que estaba bien.
Que no había pasado nada malo y la creí, le creí porque llevaba mis pantalones bien puestos y porque ella no mentía.
El hombre se fue con su mirada penetrante y un libro ancho de color negro pegado a su pecho.
“Hasta siempre, amor” fue lo que dijo al despedirse.
Espeluznante.
Le di las gracias a la muchacha por haberme recatado…
Ella dijo que no me había salvado, que estaba segura y bien.
No lo entendí, nada, de nada de nada.
Ya no me preocupaba cuando mencionó que era muy improbable que volviera a ver a ese hombre.
El señor que me daba miedo ya no estaba y ella se quedaría conmigo.
Decía que no y le molestaba que lo repitiera así que ya no lo dije.
Además de valiente, era demasiado modesta, pues para mí, sí que era mi heroína y salvadora.
Aunque yo pudiera ser fuerte por mí misma, su juventud me protegería.

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