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Tratar al resto

 




-Papá, ¿Por qué los mejores amigos de Jesús son los niños? - preguntó mi hijo de 8 años.
-Porque son más “débiles” o más sensibles que los adultos.
-En el colegio me han dicho que también los amigos de Jesús son los enfermos y los pobres ¿Por qué? 
-También porque necesitan más protección al estar en una situación más delicada y vulnerable. 
Los labios del niño se aplastaron ligeramente pensando y me dijo 
-Entonces, yo no quiero crecer y tampoco quiero que Jesús me cuide menos si no estoy enfermo ni pobre.
Me quedé pensativo y le dije que no se preocupara porque si necesitara ayuda, la obtendría independientemente de si era un hombre adulto. 


7 años después.

Conduje lo más rápido y cuidadoso que pude hasta el centro de salud porque a mí hijo le ocurría algo en el abdomen. 
Su madre me llamó cuando yo estaba en el trabajo diciendo que tenía que ir al hospital porque le había subido la fiebre, había vomitado y le dolía mucho. 
Me escapé del horario laboral para llevarles a ambos muy preocupado por no insistir antes en acudir.
Resultó ser una apendicitis aguda así que tuvieron que intervenir quirúrgicamente. Los médicos nos tranquilizaron diciendo que, según la ecografía y las pruebas realizadas, no habría más complicaciones que la operación. 

Abracé a mí mujer algo inquietos los dos y aguardamos expectantes.
Todo fue bien y enseguida subieron a mi hijo a una habitación al lado de un hombre ya anciano que resulta que le habían operado de algo del estómago. 

La primera noche me quedé yo a dormir en el sillón tortuoso con el sonido de la pesada respiración del otro paciente. Por lo menos parece que el chico pudo conciliar el sueño enseguida. 

A mi hijo no le importó quedarse solo por la mañana, de hecho, iban a ir a visitarlo un par de compañeros y una amiga de clase.


Me despedí de mi padre y me quedé en la habitación comiendo las galletas del desayuno. Estaban buenas aunque apenas pude disfrutarlas porque me preocupaba un poco mi compañero de habitación. 

Al pobre señor se le notaba bastante peor que a mí además de que le costaba respirar un poco y tenía puesto un tubo de oxígeno en la nariz. 

Una mujer muy amable me había atendido por la noche para interesarse por mi estado de salud y por el del otro paciente, además de charlar un poco con los familiares que allí estaban.
La persona que vino por la mañana era diferente.

Me inquieté un poco cuando vi en el señor una mueca algo tensa o de disgusto al verla aunque a mí me sonrió educada.
Ella tenía que cambiarme los apósitos y lo hizo con mucho cuidado y profesionalidad. 
Me hizo sentir cuidado con esa sonrisa tan cálida y comentándome que si me hacía daño o me dolía, la avisara. 
Se sorprendió al saber que ya tenía 15 años, pues siempre he aparentado menos y mi cuerpo seguía siendo igual de delgaducho que siempre.
Cambió el suero del gotero y pasó a atender al anciano que tenía que darle la medicación y cambiar las vendas de su abdomen también. 
Noté un cambio completo en su actitud. Se encontraba mucho más seria y con menos paciencia. 
El hombre se quejó un poco pues la herida estaba aún fresca y la señora le espetó que no protestara porque siempre hacía lo mismo. 
Mi compañero se calló disculpándose con una voz de bastante pena y creo que se puso a llorar un pelín, pues la trabajadora le acercó los pañuelos sin una palabra de disculpa, de ánimo ni de comprensión.

Me dejaron levantarme para dar un par de vueltas por el pasillo.

Cotilleaba un pelín viendo que de una habitación salía una joven de unos 25 años aproximadamente del brazo de su padre que parecía ser de la edad del mío vestido con el pijama de los pacientes. 
Me llamó la atención por lo maquillada que iba, tenía una gargantilla preciosa, varios anillos y pendientes que colgaban de sus orejas. 
Con ropa y bolso visiblemente de marca, un móvil bastante caro en la mano y con pinta de haber ido a instituciones de educación privada. 

Se despidieron diciendo ella que iba a invitar a unos amigos a la piscina, el hombre le preguntó que a qué piscina y ella como poniendo cara de sorpresa respondió “pues a la del salón ¿A cuál va a ser?”.

Ya visualicé aquella vivienda grande con piscina climatizada en el interior, cine propio incluso con unos buenos altavoces y proyector de los caros además de un estilo minimalista tan guay de las series de comprar y vender casa que mi madre ve cuando se aburre.

El hombre parece que iba a dar una pequeña vuelta como yo, para estirar un poco el cuerpo. 

Apenas había dado cinco pasos acompañado del gotero, cuando la enfermera que daba miedo apareció con cara de molestia e indignación. 
La mujer le dijo que qué hacía por ahí dando vueltas como si no estuviera en un hospital.
Él quiso explicar que es que le dolían las piernas pero la otra le cortó exclamando que ahí no podía hacer lo que le diera la gana y que había normas que no se podía saltar aunque fuera pudiera saltarse las que quisiera. 

Creo que el señor estaba naturalmente abochornado preguntando que si entonces podía ir a la “sala de la televisión”. 

Le miró enfadada diciendo que volviera a su cuarto porque ya había tenido suficiente expedición. 

Por poco me pongo a temblar cuando ella posó sus ojos en mí, pues yo estaba fuera de mi habitación como ese otro paciente. 
Sorpresivamente, caminó por mi lado sonriéndome un poco y yo respondí aplastando mis labios pretendiendo hacer como que eso era otra sonrisa. 


En cuanto salí de trabajar, comí y regresé al hospital a ver a mi hijo. 
Le habían dejado levantarse y dar algunos pequeños paseos por el pasillo, comentando que estaba mucho mejor y que los médicos le informaron que al día siguiente le darían el alta. 

También vino mi esposa alegre de que todo progresara como lo esperado.
Hablamos toda la tarde sentados en una salita donde había más personas ingresadas leyendo, haciendo crucigramas, pasando tiempo con las visitas o viendo la televisión con subtítulos.

Hablamos con una mujer de mediana edad que nos dijo que residía en un albergue con más personas sin hogar. 
Nos estaba relatando un poco de su día a día cuando una enfermera se acercó sonriendo a nosotros para preguntar muy amable a la señora y a mí hijo si se encontraba cómodos respondiendo que todo estaba bien.

Al irse, la señora comentó que qué simpática y buena ella afirmando que además de saber conocimiento técnico era muy relevante tratar adecuadamente a los pacientes.
Mi hijo se encogió de hombros respondiendo un simple “supongo”.

Más tarde, me fui de allí dejándole con su madre cenando pues esa noche se iba a quedar ella.
Me llamaría para pasarles a recoger en coche y llevarles a casa.

Decidí ir más temprano cuando justo la enfermera del día anterior le estaba haciendo la cura de la herida de la operación. 

Ella tenía una expresión muy cálida y comprensiva hacia mi hijo. 
Fue extraño apreciar en el rostro de él que tanto conocía, una expresión sutil de desagrado. Una molestia que culminó en un “bueno, al menos se ha ido” tras escuchar la puerta cerrarse.

Me reí un poco preguntando que si tanto le había dolido respondiendo que no se trataba de eso y me lo contaría más tarde.

A la hora de la comida ya estábamos todos sentados en la mesa.
Mi hijo bromeó con que parecía que lo que tenían de comida en el hospital estaba muy rico. 
De todas formas, sí que admitió haberse sorprendido por lo bien que les daban de comer a pesar de que fuera obvio que prefiriera los platos de casa.
Recordé lo acontecido con la enfermera y le volví a preguntar la causa de su disgusto.

Explicó que se había percatado de que, a pesar de su buen trato hacia él, con su compañero no era nada parecido. Tenía mucha menos paciencia y cortante, haciendo sentir muy mal al pobre señor. 
Parece que no era solo a ese hombre, sino que lo vio con otro que parecía ser alguien adinerado juzgándole como “cara dura” por tener poder adquisitivo cuando no había hecho nada malo.
En cambio, con los pacientes más jóvenes o puede que en situación vulnerable, como la mujer que dormía en un albergue, era totalmente diferente y mi hijo no le encontraba el sentido de dicho cambio.

Le recordé que a veces los jóvenes o socialmente marginados eran más frágiles o delicados, aunque mi hijo respondió que se debería de tener tacto con cualquier persona independientemente de la edad o condición. 
Igual que la auxiliar de enfermería que había ido la primera noche y que desafortunadamente, solo coincidió el ingreso de mi hijo con el final de su turno.

Me quedé algo pensativo dándole vueltas a esa declaración que racionalmente conocernos y numerosas veces descuidamos.
“Ser amables, educados, respetuosos y considerados con todos porque somos humanos.”

Porque la gente con un cuerpo menos fuerte, que está enferma, que está sola, que no tiene dinero no es merecedora de más amor que otros con un cuerpo robusto, que lloran menos, que son felices, que no tienen problemas económicos, que están sanos…

Los afortunados tienen el mismo derecho a ser queridos o recibir un buen trato, como los que no lo son tanto.

Los bebés sí son más frágiles y con menos resistencia, no obstante, un joven, alguien de mediana edad o ya en su ancianidad, seguían siendo personas con sentimientos y necesidades afectivas.
Los problemas nos vienen a todos con lo que tenemos derecho a ser cuidados y ayudados. 

No importa si el que se rompe una pierna es un pobre o un rico, un hombre o una mujer, un niño o un adulto. 
Todos merecen ser tratados para curarles según sus necesidades o acorde a su cuerpo. 
Todos merecemos estar bien porque somos personas. 

Mi hijo dijo que le daba mala espina. Esa mujer le llamaba “cariño” o “corazón” sonriendo, con tono dulce e incluso algo infantil queriendo caerle bien y tras unos segundos después, era desagradable con alguien más.

Tenía esa sensación de que le daba por ingenuo solo por tener aspecto debilucho y ser joven, como si eso fuera un impedimento a la hora de apreciar la manera en que hacía sentir a terceros. 

No le despistaba a pesar de que a él le tratara bien pues su opinión también se basaba en cómo se dirigía al resto..
(Atender a personas en dificultades no significa descuidar a los que no tienen tantas. Todos somos vulnerables.)

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