Hubo una época en la que me interesó preguntarle a personas sobre qué era para ellos la vida.
Amigos, conocidos, desconocidos, familiares… a todo el que me parecía que no me miraría mal, se lo preguntaba.
Muchos hacían referencia a citas famosas o dichos populares de… la vida es lo que pasa mientras intentas planearla, la vida es una caja de sorpresas, la vida es lo más valiosos que tenemos, no sé qué es la vida.
Una de las comparaciones más interesantes era esa, que la vida es como estar castigado en un jardín.
...
“Me acuerdo que solía ser travieso en la infancia y mis padres me castigaban a pensar en el jardín.
Una vez al día como mínimo, me pasaba por allí unos minutos que se hacían eternos.
No es de esos castigos tortuosos sino más bien que te dan cierta resiliencia.
Al principio me sentaba en la escalera del porche, me tumbaba y miraba el techo contando las rayitas que había en la madera o los azulejos del suelo.
Todos los días los contaba una y otra vez hasta que me cansé y comencé a mirar al cielo los días de no muchas nubes.
Me gustaba ver cómo se movían y en los días más claros observaba algunos pajaritos.
Después, acostumbré a llevar conmigo un par de botones para así jugar. Golpeaba un botón usando mi dedo índice y pulgar a modo de palo de billar para que chocara con el otro y a ver cuántas veces eran necesarias para que el botón hiciera un recorrido determinado tratando de hacer las menos tiradas posibles. Iba cambiando el circuito y acababa por explorar casi todo el jardín.
Después arrancaba una brizna de hierba y la separaba en filamentos o cogía un pelo del suelo jugando a hacerles nudos.
Si había suerte, el pelo era largo y rizado como el de mi madre o mi hermana, si no, un pelo corto de mi padre o mío y a las malas, me arrancaba uno de la cabeza.
Algún día veía algún insecto y jugaba con él o le hacía una casita con hojas, otras aprovechaba para regar de nuevo la hierba e incluso compré unas macetas de plástico con flores porque pensé que nuestro jardín estaba muy vacío.
He de reconocer haber ahogado alguna así que cuando me aburría en vez de regarlas más, les cantaba una canción, tocaba sus pétalos o los olía.
A veces hacía viento y frío y me encontraba solo con mi abrigo puesto esperando los minutos que quedaban para volver a entrar.
Otras no me quería mover por el calor aunque tenía una botella de agua fría para hacer llevadero mi castigo.
Puede que incluso se estuviera mejor fuera que dentro de la casa, que me quería quedar allí y allí me quedaba algunas veces.
Durante o tras la lluvia vi algún arco iris o conocí a algún caracol. Tocando sus cuernos y viendo como los escondía y salían una y otra vez.
Conversaba con los vecinos cuyo jardín era contiguo al mío separados por un muro y preguntaban qué qué había vuelto a hacer para estar castigado.
Me hice buen amigo del gato que se paseaba por donde quería.
En vacaciones a veces venía el sobrino de mis vecinos, de mi edad aproximadamente y hablaba un poco más conmigo.
Aunque no nos viéramos era muy ameno jugar a palabras encadenadas, a inventarnos historias extrañas cuando se nos acababan los temas de conversación.
Parece una exageración porque el jardín es algo limitado pero aunque la vida no lo sea tanto, en realidad siempre hay cosas que nos restringen irremediablemente.
Muchas veces parece que el tiempo hay que aprovecharlo al máximo cuando muchas veces solo esperamos a que pase.
Rellenamos las horas con actividades que no nos hacen necesariamente felices.
Existen épocas en las cosas no van de ser felices sino de no ser demasiado infelices o desgraciados.
Para mí el jardín no era un sitio horrible ni maravilloso la mayoría del tiempo, no obstante fui un factor crucial para lidiar con dichos cambios. Igual hablo de la vida.
No pretendo cambiar el mundo con un par de botones ni escarbando en la tierra pero mis padres alabaron lo bien que cuidaba el jardín además de que estoy felizmente casado con el sobrino de mis antiguos vecinos.”

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