(Cuando juzgamos personalmente la soledad ajena recuerda que solo es una suposición.)
No le conocía más que de haber salido unos cuantos días con más personas. Parece que en una de esas quedadas, todos estaban ocupados excepto nosotros dos aunque eso no era ningún problema.
Estuvimos conversando acerca de cosas ligeras en un principio.
Más tarde, comentó que a veces sentía que la soledad pesaba demasiado y que no hay nada como saber que siempre puedes estar acompañado.
La clave era ¿En qué momentos te sientes solo? Y él me contestó que muchas veces cuando estaba con gente, trabajando, en casa...
No lo comprendí.
Esa persona siempre hablaba con los demás, era amable, conversaba y se paraba con muchos por ahí dando un paseo, hacía esos chistes, animaba a todos…
Respondió que sabía que la gente notaba su presencia, igual que cuando una enorme roca esculpida está junto al camino.
La aprecias, la miras, incluso la fotografías… pero si un día desaparece no es solo el hecho de extrañarte, no es solo darte cuenta de la ausencia. Es averiguar dónde está la roca, saber lo que le ha pasado, recuperarla.
Para esa persona era la misma sensación.
Si no fuera un día a sus sitios habituales, seguro que muchos lo notarían, lo comentarían, lo hablarían por curiosidad, pero pocos le buscarían, pocos se asegurarían activamente de que está bien, pocos le acompañarían, pocos le tendrían más allá de un simple y banal pensamiento.
Por todas estas razones, no hay nada como que alguien te haga sentir que te apoya, que te tiene presente en su vida constantemente, que te abrazará cuando los chistes se apaguen y el miedo llegue.
Que se desviará del sendero para volver a ver a esa piedra y la amará aunque se rompa en cachitos y haciéndose pequeña e invisible para la mayoría.
Ser extrovertido, reírse a carcajadas, disfrutar de una conversación profunda, ir de viaje con amigos, hacer planes, llevarse bien con todos. Nada de eso significa que te sientas realmente acompañado, que estés pleno, que ya no tengas miedo de estar solo. El temor de que algún día te quiebres, que las sonrisas se apaguen, que la desmotivación gane, que los planes aburran, que las palabras escaseen, que las frustraciones dominen, que el carisma envejezca…
¿A quién amarás? ¿Quién te amará? ¿Quiénes serán esas personas con las que te sientas cómodo cuando la situación sea exasperante? ¿en quién confías?
En mi caso, yo no intervenía demasiado en mucho en el grupo, me gustaba escuchar o quedarme viendo una película en casa algunos fines de semana, cocinarme algo con calma, escuchar música y ni siquiera pensaba en la soledad física pero porque a nadie necesitaba en esos momentos.
Cuando me apetecía estar con gente, la buscaba sin miedo y siempre algún plan surgía.
Nunca había tenido que acudir a ayudar a ningún amigo ni nadie me había tenido que socorrer a mí y tampoco me había planteado quién lo haría ni había comparado en cercanía a las personas.
De todas formas, aquello no me quitaba el sueño ni me inquietaba.
Entonces pensé un momento si es esencial las relaciones profundas para ser feliz.
La conclusión fue que no necesariamente puesto que las necesidades emocionales son muy personales. Ser más sociable no es sinónimo de una vida social satisfactoria ni al contrario pues a veces solo basta con una persona, contigo mismo, con la naturaleza, con relaciones casuales.
No depende tanto de cómo te relacionas con los demás, sino cómo te sientas tú mismo.

Comentarios
Publicar un comentario