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Luces estroboscópicas

 


Las horas que ponen de la entrada a las discotecas siempre son orientativas. 

Simplemente un truco de marketing en el que te dicen que vayas a las once de la noche, nada más abrir, para que cuando cierren a las cuatro de la mañana, algo hayas consumido además de las tres copas que te incluían en la entrada. 

El sello en la mano, con el logo del local para poder entrar a las 3 de la mañana sin hacer cola fue otra cosa que tuve que explicarle a esta persona que no era muy consciente de dónde se metía en realidad. Ella sabía que no lo sabía, y tenía el buen presentimiento de que no le iba a gustar, sin embargo… ¿Cómo asegurarse si nunca vas a ninguna fiesta? 

Se encontraba nerviosa mirando alrededor y yo no entendía por qué, solo era una discoteca, ahí nadie amenazaba con suspender y tener que gastarte más dinero por la siguiente matrícula. 

Le estaba explicando el sencillo sistema que era ese de salir por la noche cuando se rió señalando “Un sello, como esos que nos ponían en infantil cuando hacíamos las cosas bien, solo que ahora es por pagar 11€…” y sí era eso, lo único que teníamos 18 años más y en un lapso de tiempo, regresamos a esos momentos en los que la profesora nos pegaba una pegatina verde en la mano y se la enseñábamos a todos. Un pelín de nostalgia porque, a pesar de que estábamos para disfrutar, a muchos no nos habían salido del todo bien los exámenes.


Fuimos a una terraza a hablar y vi que ella seguía inquieta, porque no sabía dónde estaban los de otro curso con los que en realidad no les había escrito, pero al preguntarles parece que iban a ir. 

Se levantó entonces diciendo que iba a por un café para no dormirse aunque mi sensación fue que ya no se lo estaba pasando bien y apenas era medianoche. 


Le mandamos un mensaje diciendo que ya íbamos a entrar a la discoteca y unos minutos después, apareció. 

Se notaba que habían puesto el aire acondicionado, pero con 30ºC en la calle, dentro había una especie de ambiente extrañamente marcado que hacía sudar frío. 

Ella se estaba tapando los oídos diciendo que no podía escuchar bien y la acompañamos a la barra a pedir algo de beber porque parecía un animalito asustado, como un pez fuera del agua tratando de averiguar qué era lo que la gente veía de divertido en todo ese jaleo.


Entre gritos a dos centímetros de la oreja, le pedimos una fanta de naranja, sin echarle nada de alcohol aunque al poner cara rara tras beber, le aseguramos que no tenía nada extraño. 

Explicó que era debido a que la música estaba muy alta y que no le gustaba demasiado el gas de la bebida. De todas maneras, puesto que no se podía sacar el vaso de cristal fuera del local, bebió bastante rápido y salió huyendo del ruido empujando la puerta que era ciertamente, algo pesada. 

No estaba acostumbrada y tampoco parecía que fuera a estar allí hasta que el local cerrara. En efecto, la volvimos a ver entrar unos minutos después, entre luces estroboscópicas y de color rosa y morado hacia nosotros. 

Esquivando a la gente y pisando por el suelo algo pegajoso debido a una bebida caída con azúcar y un fregado inapropiado pues no sería agradable el olor a lejía en un local cerrado con gente que ha pagado 14€ u 11€ por entrar… El ligero asco es un precio a pagar por el bienestar común, el servicio de calidad aceptable y la variable torpeza humana. 

Se chocó un poco con un chico que estaba fumando con una cachimba y probablemente dijo un ‘perdón’ que se ahogó en el ritmo de reguetón aún de temática suave. 

Le ofreció a uno de nuestro grupo su ticket con las otras dos consumiciones informando que se iba a dormir. Le agradecieron haber venido aunque daba la sensación de no estar para nada a gusto con el vibrante retumbar de los bajos de la canción, ni las luces dinámicas, ni el sitio tan cerrado. 


La quise acompañar a donde vivía, no porque no estuviera cerca, sino porque me pareció que nos lo dijo con los ojos, que no quería estar sola.

Si se iba no era porque no quisiera compañía, era por la intensidad de los estímulos.


Me respondió que no era necesario que saliera del local e interrumpiera la fiesta aunque insistí y me lo agradeció. Le recordé que estaba bien si no se sentía demasiado a gusto y admitió que no había sido lo que imaginó, no por el sonido, no por el ambiente, sino por la gente con quién esa noche quería estar. 


Sonrió diciendo que claro que no tenía ningún problema con estar con nosotros… pero que siendo sincera, ella se había apuntado por otras personas que no halló y le habían sugerido que si no le gustaba la fiesta era a lo mejor porque nunca había ido. 


Lo entendí pues… ¿Cuántas veces nos pueden decir las cosas? Muchas aunque no siempre pasando a la acción hasta que alguien determinado en un momento muy concreto, nos toca, nos remueve, nos activa.


Era una de esas veces que uno se siente un poco más seguro, más cobijado y dispuesto a entrar en el mundo de otros durante unas horas para conocerlo y construir una conexión algo más fuerte, y justo, cuando pensó que iba a hallar ese refugio, no lo encontró. 


Lo buscó preguntándoles si podía estar con ellos, las personas que le habían otorgado sin saberlo y sin quererlo, algo de confianza, pero recibió frases confusas. Frases que solamente dirigían a la conclusión de que el techo que la protegería, la mano que no le soltaría en un lugar algo extraño, no estaba para ella. 

¿Por qué esa ilusión? Puede que porque quería creer dado que la vida sin emoción es demasiado plana y tras la decepción bajas a un valle un poco más nostálgico aunque igualmente real.


Yo por supuesto que la aceptaba y no me importaba para nada que se quedara con nosotros, no obstante, también comprendía que no fuéramos el grupo que ella esperaba. 


Había constatado que las personas cuando dicen ‘¿vas a venir? anímate que por una vez no te va a pasar nada’ no es necesariamente porque les apetezca pasar la fiesta contigo, aunque eso no lo sabes hasta preguntar en el mismo momento por un hueco a su lado. 


‘La noche es joven’ susurró mientras miraba al cielo oscurecido pero pudiendo apreciar las nubes debido a la luz de la Luna.

Estaba triste, claro, pero aseguró que no se arrepentía de ir porque sintió y sabía que las cosas podrían haber sido mucho mejores y por ello, lo intentó una vez más. 

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