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Ojos inundados y la belleza del suelo

 



Y es cuando se inundan los ojos de lágrimas pero no acaban del todo de asomar cuando la vida pesa más. 

A veces simplemente es el calor, otras veces el frío, otras el montón de responsabilidades que hay en la lista y no hay ninguna tarea por la que quieras comenzar o tal vez nada hay que hacer y nada te motiva a dar el primer paso. 

Porque hoy no es el día, ni lo fue ayer, ni lo será mañana. No es la época.

La cabeza se satura, llega la rabia en forma de pensamientos despiadados, existenciales y duros hacia uno mismo, y comienzas a hablarte mal.

Entrar en el bucle y empezar a rumiar frases con la autocrítica en un hombro y la compasión en el otro. Igual que el demonio y el ángel de los dibujos animados. 


Te dices ‘soy inútil y un vago’ mientras la compasión susurra ‘no lo eres, no has nacido para ser útil, no has nacido para trabajar ni para complacer a los demás’. El desprecio chilla pues ‘no hemos nacido con un propósito claro, pero en este mundo hay personas que nacen para rellenar la estadística con mediocridad y otros para romperla con capacidades extraordinarias. Yo no he nacido con nada destacable y eso me hace ser del montón’. La benevolencia replica que las cosas normales, ordinarias, comunes, banales están bien, existen y tienen su valor aunque el desprecio sigue alzando la voz porque no se conforma con ser del montón, no se conforma con ser como los demás, ser olvidado, ser reemplazable porque ser reemplazable es ser desechable en un mundo lógico pero duro donde las oportunidades son para los que mejor pueden aprovecharlas. Si no eres de los productivos, los trabajadores, los capaces… No sirves para nada.

 

La compasión trata de apaciguar esa voz de desaprobación que no deja de presionar, pero su voz es bajita, su voz en esta batalla no puede ganar. 

Hoy no, ni ayer pudo, ni podrá mañana.

Son esos momentos en los que no crees que cada uno tenga su valor, que has de demostrar algo más para que la gente te tenga en cuenta, para reafirmar tu valor, para ser querido o sentir que alguien esté orgulloso de ti. 

Que hay personas que son hierbajos o cardos mientras otras personas son árboles altos y flores bonitas… 

Te dices que jamás podrás construir una escalera hasta el Sol así que mejor ni esforzarse en el primer peldaño. 


¿Vivir? ¿Qué sentido tiene? Ninguno más que el miedo a morir porque no soy capaz de conseguir nada de lo que me propongo. 

Esa tarde llena de pensamientos difíciles, duros, oscuros y denigrantes hacia uno mismo, la solemos camuflar suavemente con un ‘no estar de humor’ porque tampoco te apetece hablar de ello.


Es rabia, correr por ansiedad, gritar de frustración, sudar del esfuerzo de sobrellevar tus pensamientos. 

Llorar de impotencia por no poder ser quién querrías ser. Un ideal inalcanzable que algunos afortunados rozan con la punta de sus dedos teniendo todo eso que tú alguna vez querrías tener pero no puedes.

Claro que pesa y mucho. 

Se apaga un poco la esperanza… y las energías que has descargado.


Ahora es cuando la crítica se calma, cuando la lucidez llega y la compasión la acompaña que empiezas a romper el tupido velo que bloquea la razón.

En el fondo lo sabes ¿verdad? Sabes que no es cuestión de tener éxito, de sacar un 10 en un examen, de tener un determinado sueldo… Lo sabes porque una vez sacaste un 10 y te agobiaste porque querías otro, porque un día tuviste éxito en un proyecto pero lo querías en todos, porque ganaste dinero que ahorraste y te pusiste una meta mayor. 

Ese pensamiento de que no eres suficiente no tiene que ver tanto con quién eres para los demás, sino quien eres para ti mismo. 


Es el peligro de nunca saber conformarte o de basar tu valor en logros que no siempre se dan.

Hay otros que tienen más, que parece que así la gente te amará cuando lo que uno necesita para que la voz crítica cese, es aceptar las limitaciones de uno mismo, su humanidad, su falibilidad, su vulnerabilidad… 

Solo porque desde fuera parece que todos son mejores que tú o son más fuertes y perfectos. Lo que ocurre es que tenemos miedo y no nos mostramos fácilmente porque hace daño, nos expone.

No importa tanto el número de personas que te digan que lo haces bien ni el número que te digan que lo haces mal cuando eres tú mismo el que se juzga. 

Está bien estar bien, estar mal, estar enfadado, estar triste, sentirse inútil, útil, mejor o peor. 


Déjalo ser, déjalo fluir sin preguntarte cada cosa que ocurre porque no todo se puede controlar. No todo tiene respuestas únicas ni todas las sabrás, pero vivir se puede vivir igualmente. 


Es verdad que no todos seremos famosos, ni ricos, ni carismáticos, ni felices pero ‘ser’ ya tiene un valor que no espera ser ampliado con lo que quieras hacer después. 

Serlo está bien y no serlo también. Son diferentes caminos en la existencia.

Es una trampa la de creer que ser mejores hará que nos queramos más, pues la mayoría de las veces es una promesa vacía para nosotros mismos. 


En ocasiones la crítica y el pesimismo se expresan demasiado alto cuando estás agotado, cuando no estás conforme con la situación y te culpas, cuando ves que no tienes mucho margen de maniobra, cuando estás sensible o con bajas defensas. 

Solo decir que es normal tener días en los que todo ahogue más y el mundo parece correr demasiado dejándote atrás sin esperarte. 


Eso es lo que creemos que es, pero si te fijas bien, hay veces que una mano tiende un puente como un abrazo que refugia del caos, una sonrisa acogedora que te mira sin pretensiones, una conversación que nos hace creer que todo irá bien o un breve mensaje de realismo en un mar lleno de dudas y tormenta de incertezas. 

A lo mejor, si comienzas a construir esa pequeña escalera y no te centras solo en el objetivo del Sol, puedes encontrar un escarabajo trepando por una pared, un panal con miel, unas hojas verdes en la copa de un árbol, hormigas desfilando, la crisálida de una mariposa o un fruto madurando. 

Llegar hasta donde quieras y donde puedas mientras disfrutas y aprendes que el Sol no es lo único valioso que puedes contemplar.

Nada puede gritar para siempre, ni siquiera nuestra propia voz tratando de hacernos sentir insignificantes. 


Ojalá que este escrito sea uno de esos respiros que pongan perspectiva a los malos días, no para mejorarlos necesariamente, sino para saber que pasan, recordar que no todo lo que piensas es real ni lo real es lo que piensas. 

La realidad no es única y somos capaces de alcanzar una más amable y equilibrada.

No es hoy, no fue ayer ni será mañana, pero algún día miraremos con calma la belleza del suelo.

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