Hay historias que empiezan y acaban en un escritorio. Hay muchas en realidad, muchas debido a que sobre ellos, se suele trabajar tanto en libros como en multitud de cosas más.
Nuestra “casi” historia comienza y acaba así.
No por haber sido escrita literalmente, sino porque es lo que tenemos en común.
Coincidimos como consecuencia de que los dos tenemos que hacer cosas y elegimos el mismo lugar para asentarnos y cumplir con el deber.
Fue casualidad la primera vez mientras que las siguientes que coincidimos en el mismo escritorio, no lo fueron. Nos elegimos de alguna manera. Las penas con compañía suelen ser más ligeras.
Las palabras de curiosidad se cruzan, pero la presencia silenciosa puso los ladrillos y algo entre nosotros se construyó.
Una mezcla extraña entre simples compañeros y amigos aunque circunstanciales, temporales, con fecha de caducidad.
Las circunstancias nos separarían físicamente y la voluntad de seguir yendo al mismo lugar no será una opción.
No dio tiempo a crear un puente de conexión emocional con el que vencer la barrera física, no había ese nivel de confianza, no había ese nivel de ganas a lo mejor… No había tantas cosas que el tiempo a lo mejor pudo habernos dado o tal vez no, pero eso no se sabrá.
Si nos hubiéramos conocido antes…
A lo mejor podríamos habernos hecho más amigos, a lo mejor no sería raro buscarnos, a lo mejor no todo lo que nos uniría sería una mesa de madera, a lo mejor volveríamos a vernos otra vez por propia voluntad sin dejar espacio al azar, a lo mejor en vez de saber solo quiénes somos, habríamos podido crecer juntos un poco.
Porque frente a los demás yo te llamo compañero pues amigo suena con demasiado peso. Decirlo al resto, es como hacerlo más realidad de alguna forma y a pesar de que la terminología solo sea eso, no quiero despedirme de alguien a quien llamé amigo en voz alta. Aunque te sienta más que algunos a los que sí, pero de ellos no me tendré que despedir o por lo menos de la misma manera ni con la misma nostalgia.
Sin embargo, si no nos hubiéramos conocido…
No sentiría esa cómoda compañía tuya durante estas escasas semanas, no reiría por las mismas cosas, no tendría esa pequeña ilusión añadida que hace del deber algo un pelín más llevadero, no habría podido disfrutar de estas cosas que suelen llamarse ‘chispitas’ que la vida da y rápido se apagan. Cada una es valiosa pues en nosotros existió.
Suelo apegarme fácilmente a las personas, sobretodo a aquellas que me hacen sentir un poco más importante de lo habitual. Es suficiente al simplemente haber seguido eligiéndome como tu compañía teniendo muchas más opciones a pesar de ser tu peor parte del día.
Por supuesto que te vas cuando no te concentras porque en realidad el único motivo por el cual vienes eres más productivo. Con el calor y el cansancio acumulado, la cabeza no rinde.
Yo suelo quedarme a pesar de que no rinda porque veo a gente, hay interacción tranquila, aburrimiento, aquí me siento mejor, no tengo ningún sitio mejor en el que estar aún si tu partida nos roba 3 horas vespertinas que ya no serán compartidas.
Para ti es diferente ¿no?. Porque para ti no socializamos, trabajamos, ni al ir a despejarnos pues solo descansamos…
Eso será para alguien que no muchas veces le ha pesado la ausencia.
Te aseguro que nada tiene que ver estar con alguien con quién quieres y puedes estar a pesar de estar atareados, que estar en soledad sin quererlo realizando técnicamente las mismas cosas.
Ya no es igual por el hecho de poder ver algo distinto al lado.
Ni siquiera es necesario mirarse a los ojos, ni siquiera es necesario estar atento a lo que el otro hace, ni siquiera es necesario hablar.
Solo con la posibilidad real de hacerlo y que a veces se dé.
Nos escuchamos movernos, suspirar cansados, levantarnos a ir al baño, rebuscar entre nuestras cosas, beber agua, toser, estornudar, sonarnos los mocos, estirarnos, el móvil que suena y yo mirando con disimulo tu fondo de pantalla…
Por eso sé cómo es tu letra, que coges de forma adecuada el bolígrafo para escribir, que cruzas las piernas, que cuando escuchas música mueves ligeramente la cabeza por el ritmo, que hueles como a ropa nueva de tiendas de ropa específicas que ahora mismo no sabría nombrar.
Lo sé al ir por la calle caminando y en un momento, cuando las puertas automáticas se abren, lo noto aunque al segundo siguiente el olor se haya difuminado.
Vuelvo a pasar por el mismo lugar y hasta entro al interior del local más no lo capto otra vez.
Contigo nunca desaparece, solo tengo que girar ligeramente la cabeza hacia ti o hacia tus pertenencias y lo percibo.
Eso no se puede experimentar en soledad, solo imaginar y cansarte de imaginarlo tantas veces.
Me gusta pensar que somos amigos en silencio o que algo te agrada estar juntos si aún no te has marchado.
Sin embargo, no lo sé y me parece que tú no lo has reflexionado.
Siempre rodeado de gente diferente, sin darle vueltas a las cosas, sin pensar de más, sin estar pendiente, porque te sientes bien, es tu ritmo y somos distintos.
Es realismo ahora el momento en el que pienso en ti y tú ni me tienes en la mente a mí.
Me quedo con el papel de la persona que está en el mismo escritorio y yo me quedo con que tú eres con quien comparto espacio prestado y un poco de mi mundo interior.
Te observo una vez más escribir, y es que no puedo evitar entristecerme pensando en que nos vamos y tampoco puedo, ni sé si quiero pedirte que no nos saquemos de nuestras vidas completamente.
Lo llamo “casi” historia pues se parece más a un pequeño relato.
De varias tramas recuerdo una secuencia de acontecimientos mientras que en muchos relatos, apenas hay acciones, solo emoción y sentimientos que quieren ser transmitidos.
Sí espero que no me olvides temprano, pero si sucede, tranquilo, no desapareceremos pues yo lo recordaré.

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