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Lírica gastada


PRIMER MANIFIESTO


Hay palabras que se repiten demasiado en la literatura. Pierden su sentido lírico, su esencia, su poder. 


Como un nombre desgastado, como un amor cansado, como un botón sujeto de una sola hebra.


Y tras usarlas en numerosas ocasiones, acaban por dejar un vacío mental, como una imagen que ya no podemos apreciar, como un abrigo del que sobresale un hilo donde había un botón, como alguien columpiándose sin ningún compañero al lado, como un dependiente de una tienda pequeña esperando una clientela que nunca llega, como un plato de comida colorido pero sin sabor. 


¿Cuántas metáforas acerca del color de los ojos? 


La grandeza del mar que siempre se mete en los ojos azules, la luna plateada en los grises, el sol en los de color ámbar, la esperanza en los verdes y un pozo de sentimientos en los más oscuros. Y los ojos multicolores como una paleta de un pintor que retrata un paisaje otoñal o invernal. 



Tantos calificativos comunes de las nubes esponjosas, de unas estrellas que guían, del miedo oscuro que te engulle, de las flores con dulce aroma… 


Qué decir de todo lo que brilla, de todo objeto que refleja la luz. 

Que la devuelve, que la da como la atención surge de las personas. 

Esos objetos que solo dan luz pero a cambio de quedarse algo vacíos por dentro.

Solamente les queda pues, la admiración de las opiniones ajenas porque un poeta (que se hace llamar “cochino”) dijo que él quería ser como el color negro. 

Absorbiendo todo el espectro del visible, lleno en su interior del calor sin importar si despertaba aversión ajena o tal vez no.

Porque el negro debería ser símbolo de la autoestima según las letras de su poema.


Muy a favor dicho autor de las analogías menos convencionales.


Un vestido color crema de calabacín, un gris delfín mular, un bolso marrón a juego con los lunares, unos dientes que combinan con el blanco de los ojos o los extremos de las uñas. 


Una flor del color de las palmas de las manos, del color de los pollitos cuando rompen el cascarón, del color de una hormiga de fuego o tal vez del color de un flamenco.


Aunque “cochino” se declara amante ciego de las comparaciones satíricas, grotescas o extrañas. 


Como confundir un disfraz de un plátano con el de una patata frita quemada en el extremo si no fuera por la pegatina del pecho con la marca de la fruta. 


Unos zapatos del color de un dedo cuando no puede pasar bien la sangre o un cabello del color de un miembro necrosado que hay que amputar o puede que del papel higiénico usado tras haber comido arroz con tinta de calamar.


Una mirada tan ácida e incómoda como el vómito que sale por la nariz y por la boca, complementando con un tono marrón claro con matices amarillos.


Las sábanas blancas como la piel de una persona que le está dando un vahído.


Un helado de vainilla igual de frío que el cadáver con el que compartía cajón del frigorífico. Pero tranquilidad, porque es el de un cordero despellejado o eso es lo que pone en la etiqueta…


Un sabor tan amargo como el del champú que accidentalmente saboreaste una vez. 


El calor en las mejillas similar al que surge cuando un gas se escapa en una reunión y la gente comentando si huele raro.


Desafortunado como el cañón de confeti activado por una persona que camina como cualquier humano (incluyendo al cumpleañero) o cuando el transporte público sale en un minuto y tienes ganas urgentes de ir al baño.


Inoportuno como las cosquillas que te hace tu hijo en un funeral porque se aburre.


Un regalito inesperado como una factura elevada de la luz por olvidar poner la lavadora y el lavaplatos por la noche.


Asqueroso como un estornudo sobre tu boca mientras bostezas o una cagada de un pájaro en tu cara de fascinación al mirar un avión surcando el firmamento. 


Cierto es que las cosas menos llamativas tienen su propio encanto si lo enfocamos desde otro ángulo y totalmente cierto que el poeta ese le echaba mucho morro y además tenía en común con los cerditos, que era un poco “cochino”. 


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