SEXTO MANIFIESTO
No sé cuántas veces he mencionado esto de cochino… que es poeta, autor, hombre, persona, señor, ser de naturaleza desconocida etc.
Me llamó la atención que no hubiera ninguna estantería polvorienta decorada con los lomos de muchos muchos libros. Ordenados por orden alfabético y por temática…
Le pregunté y respondió que ni en el salón ni en ninguna parte de la casa había una estantería, ah y además no había alquilado ningún trastero para meterlos.
Había libros en una caja sí, en una caja de cartón colocada en el desván.
Comentó que le gustaba anotar frases de los libros y apenas los manoseaba para así poder venderlos de segunda o tercera mano. Pocos libros de primera mano tenía.
-Entonces usted no es de los que subraya los libros…-deduje en voz alta.
El poeta negó con la cabeza declarando que anotaba las frases en otro sitio pero sí los subrayaba con lápiz y usando una regla.
-¡Con bolígrafo jamás!-exclamó como si de un sacrilegio se tratara.
- Aunque nadie borre el lápiz de mis libros, los compradores no quieren material manchado, y si lo está, mejor algo más reversible con grafito y no tinta.
- ¿Por qué has dicho ‘más’ reversible? El lápiz se borra. - pregunté extrañado.
- Ay, amigo mío, casi nada en esta vida es reversible al 100% si es que hay algo, por eso digo que utilizamos cosas ‘más reversibles’ que otras. La tinta del bolígrafo normal penetra más en las fibras del papel con lo que el soporte ya se encuentra comprometido, lo más sencillo es utilizar un corrector ortográfico para poner una capa de color, en general blanco, para que cubra la tinta. La capa de grafito, en cambio, se deposita más en la superficie y se puede retirar frotando con una goma lo que pasa es que a veces se puede dañar el papel si frotas demasiado fuerte dejando la tinta como más clarita. Teniendo un poco de cuidado y usando una goma blanda suele quedar casi perfecto…
- Ah - respondí ante tal inquebrantable lógica y reflexiones sobre papel, bolígrafo y lápiz que raramente hacemos de forma tan consciente. Como ya dije que este hombre se enrollaba hablando más que las persianas, siguió con su disquisición papelera un poco más.
- No como mi hermana que ya teniendo 50 años, a ella le gustaba una goma de color rosa que dejaba rastros rosados en las páginas que borraba pero prefería tener a la vista su goma de color rosa asumiendo el daño al papel, que una blanca con menos daño visible… Pero cada loco con su tema.
- No cabe duda- sonreí pensando que para este hombre todos los demás estamos igual de locos que él.
- Luego, puedes adentrarte en el maravilloso mundo de los ‘borratintas’, una punta para escribir en azul y otra punta para corregir lo escrito. Lo interesante es que la parte correctora no es que borre o quite la tinta sino que anula el color y la vuelve invisible… tras años o determinadas condiciones medioambientales, como es el calor, ese efecto se deteriora y queda parcialmente visible dicha corrección ¿no es maravilloso?
- Claro, fascinante - añadí sin saber cuál era lo maravilloso exactamente pero sin atreverme a preguntar.
- ¿Y nunca te has preguntado si hay corrector ortográfico para papel de color?
- La verdad es que nunca me ha venido a la cabeza dicha pregunta.
- Discrepo, creo que todos lo hemos pensado alguna vez y más vuestra generación joven en la que en la papelería abundan cartulinas y folios de colores. He visto que hay correctores de color blanco aunque de tono marfil para algunos libros, en cambio colores más vivos como rosa o azul o negro incluso, no queda otra que recurrir a los queridos rotuladores y tapar un poco como se pudiera el pequeño estropicio.
Sí, este hombre hasta te hace cuestionarte si es que nunca te preguntaste una cosa o sí, pero la olvidaste. La respuesta no suele ser demasiado relevante para nuestro presente, igual que muchas otras con las que también tendremos que vivir.
Enseguida, regresamos al tema principal de por qué subrayaba los libros a lápiz acompañado de una extraña filosofía al haber una razón algo enrevesada y oculta detrás
- Algunos de los trazos no serán eliminados nunca. Me gusta pensar que no es por pereza, sino porque el nuevo lector también la habría subrayado o mejor... puede que le haga reflexionar sobre dicha frase .
Nunca lo sabré más… ¿Cuántas cosas hacemos porque creemos que están bien sin saber si lo serán?
Es algo así como un libro mínimamente comentado no oficialmente por alguien arbitrario.
Nadie suele ofenderse por un libro subrayado a lápiz a la hora de ser vuelto a comprar. Me gusta llamarlo resaltar ideas sutilmente. En el equilibrio de no molestar pero hacer notar.
Me comentó que le gustaba la oficina de correos, incluso más que las librerías.
Siempre al visitar una librería veía todos esos libros de autores que jamás leería, le daba algo de pena y acababa por apuntar sus nombres por si “algún día” que nunca llegaría, leía algo suyo.
- Por eso el título y la portada es importante ¿no? - recalcó un poco nostálgico- además de ser una forma de identificar una obra, a lo mejor es lo único que la gente leerá y la única imagen mental que les llegue de tus obras y de tu propia existencia si es que no te conocen más allá.
De vez en cuando se pasaba por librerías, para oler. Sí, los olía, abría un libro y sin que los dependientes se dieran cuenta, acercaba su nariz, aspirando el olor a nuevo de sus páginas.
Advirtió que después miraba que hubiera dejado el libro en perfectas condiciones visibles, ya dijimos antes de que pocas cosas son totalmente reversibles, lo que no se podía ver, ahí quedaba. Las gotitas de su nariz y la piel muerta de sus manos igual que la de todos…
Un día que estaba acatarrado, no sabe ni él por qué quiso hacer “la prueba” a ver si olía algo y vio que había caído un moco en una página.
Lo quitó y a pesar de que podría haberlo dejado sin que la página lo notara, se sintió con la responsabilidad moral y cívica de comprar dicho libro y no regresar si tenía un resfriado.
De paso lo leyó y también lo revendió a un buen precio.
Tuve curiosidad y le pregunté por la libreta donde escribía sus frases. Se levantó con algo de esfuerzo mientra Menja le seguía agitando su cola por detrás.
Volvió con una especie de estuche negro grande y de ahí sacó una tablet de última generación que se había comprado el mes pasado.
Era de segunda mano, aún así eso solo le habría bajado el precio un poco y parecía estar en perfecto estado.
Me quedé atónito, todo era más viejo y menos cuidado que esa tablet nueva de dimensiones considerables.
Le pregunté si eso no le habría costado un pastizal y suspiró diciendo que sí, que vaya faena que las tablet más grandes les añadan 15.000 funciones y te cobren por cada una de ellas sin ser usadas.
No obstante, es que él quería una pantalla grande, sí. Una pantalla grande para poder ver mejor… porque la vista sufría.
Me interesé por si tenía también móvil y negó con la cabeza señalando el teléfono fijo en una esquina del salón. Siempre había tenido tablet porque el móvil sí que no lo usaría y para ahorrar para la tablet no compraba cosas que no iba usar, como un móvil.
Tenía incluso redes sociales de todos los tipos, con los nombres más raros donde seguía a gente, sobre todo a todos esos autores que jamás leería pero al menos, podría contribuir a su motivación dándole a seguir en un usuario o me gusta a todas las publicaciones habidas y por haber.
Siempre tenía un usuario que se llamaba Menjadora y el gato que por ese tiempo tenía cuando se lo creó. Me parece que era el noveno de los once que tuvo.
De hecho, un autor le escribió en catalán y siguieron la conversación en catalán, gracias al traductor sin saber Cochino ni una pizquita de ese idioma.
Le dije que podría haberle hablado en español, sin embargo, el autor se encogió de brazos y comentó que el traductor no tenía problema con el catalán.
“Las redes sociales son el libro de donde más me inspiro”, comentó el autor. Sobre todo por todas esas cuentas infinitas de frases y poemas sueltos.
Ahí se ve una faceta curiosa de la sociedad de la que siempre suele hablar.
También lee algún que otro libro, aunque ya menos por la mera razón de que no le apetece y el resto de causas son que la letra es demasiado pequeña, los libros demasiado pesados e incómodos y más sitio donde acumular polvo.
Todo hay que decir que la casa de este hombre no estaba lo que podría decirse, limpia.
Me hacía pensar que ni barrer ni fregar el suelo eran una actividad que le diera ni la más menor importancia.
Iba a mostrarme sus anotaciones cuando se quedó parado, como congelado con lo que le pregunté si todo iba bien.
Me miró y comentó en voz alta “Es que tengo sed, pero estaba pensando en si había lavado la taza del desayuno…”.
Me ofreció agua, diciendo que no tenía más ni de beber ni de comer.
Fue arrastrando los pies con sus zapatillas de andar por casa y sin saber, le seguí hasta la cocina.
Con cuidado se quitó el calzado, cuyas suelas andaban llenas de polvo y las sacudió sobre la papelera.
Acababa de presenciar cómo Cochino barría su pequeña casa.
Me dijo que su casa era tan tan tan pequeña, que la escoba, el recogedor, la fregona, los productos de limpieza ocuparían demasiado espacio valioso.
Sorprendentemente, la nevera y el frigorífico estaban extremadamente llenos de comida. Cuyas estanterías tenían una etiqueta de “lunes comida” o “miércoles cena”.
Parece ser que sí tenía comida, lo que pasa que no tenía comida para mí sin descuadrar toda esa impecable organización.
Explicó que bajar a comprar lo hace 1 vez cada dos semanas y dado que no era de esos de los que va todos los días al supermercado para comprar dos cosas que se han acabado, pues lo planificaba bien.
De todas maneras, por mi, fregaría una vez extra un vaso pues tenía dos pero uno no lo tocaba hasta que se rompiera el otro.
Fue algo bochornoso cuando me sirvió meticulosamente del grifo el agua y observó fijamente mientras yo bebía. Igual que un asesino de una novela que revisa atentamente cómo la víctima bebe hasta la última gota de veneno.
El agua solo cubría el fondo del vaso así que no tardé apenas.
“¿Y bien? ¿Quieres más?” Quiso saber. Su cara parecía más de yo ser un experimento casero que su invitado así que le pregunté qué pasaba.
Comentó que el agua del grifo tenía un leve sabor a metal, como ya había podido observar, pero si me gustaba así pues no sacrificaba 200 mililitros de su agua mineral esas dos semanas. Le dije que era verdad que sabía a metal pero que no me perturbaba demasiado, me valía con el agua del grifo.
El autor insistió en que de verdad no le importaba darme agua mineral pues no creía que 200 mililitros en dos semanas fuera a cambiar de manera apreciable su concentración de desechos en la orina, seguiría siendo transparente.
Me quedé un par de segundos un poco palarizado imaginándome a ese buen hombre mirando la taza del retrete y rebuscando en su memoria la misma imagen de la semana anterior. Supongo que se preguntaría ¿Este pis es más parecido a agua que el de hace 7 días? sí, 7 días sabía que había pasado más o menos, porque ese tiempo era el que transcurría entre publicación de relato y relato de una autora en redes sociales que le gustaba mucho. Me parece que esa mujer se sorprendería si supiera que sus publicaciones marcan la revisión urinaria de alguien.
Finalmente accedí con la duda de si el agua mineral que compraba este señor sabría diferente a la que compramos el resto. Vi que la marca de la botella era totalmente común, pero como todo era raro en él con lo que me creería que argumentos poco científicos (nada relacionado con las partículas peculiares flotantes de su casa), que tan solo por el hecho de comprarla él, podía saber distinto. No fue así, la verdad es que sabía muy normal.
Tras ese pequeño momento dedicado a humedecer mi garganta, pasamos al salón de nuevo, nos sentamos y él me comentó “Bueno, querías que te dijera algunas frases que había apuntado ¿No?”.

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