QUINTO MANIFIESTO
El perro del cochino no cochino
El poeta cochino no cochino volvió a invitarme a su casa a charlar un rato. Menuda sorpresa la mía cuando un perro del tamaño de un conejo grande con uñas sucias, olisqueó mis zapatillas.
El perro era de color castaño oscuro así que la sorpresa fue doble pues claramente no era negro.
El hombre le regañó llamándole “Menja”. Fue en ese preciso momento cuando me entró la duda de si era un perro o un gato y si me pasaba algo raro en los ojos y confundía colores.
A lo mejor era el gato más extraño del mundo o un efecto óptico.
Pasamos al salón y comentó que justo le había pillado ocupado aunque si le daba un par de minutos, terminaría enseguida y podríamos hablar.
Supuse que esperaría allí solo y enseguida regresaría, cuando el autor se sentó justo enfrente de mí, con la mirada perdida.
El silencio fue muy ruidoso mientras observaba con cuidado todos los movimientos de ese animal. Lentamente, se acomodó junto a mis zapatos mientras notaba cómo su pecho subía y bajaba algo agitado.
Algo había en la criatura que me llamaba la atención, de la misma forma que mi calzado hacía que ese ser se acercara a mis pies.
Un ente de naturaleza indeterminada que había acabado en la casa de este señor, también de naturaleza indeterminada.
Los dos habíamos terminado franqueando el porche de la vivienda, cruzando el pasillo y torciendo a la derecha hasta el salón.
Mira que en un principio yo supuse que el motivo por el cual me encontraba donde me encontraba, no era otro que conversar, sin embargo, todo lo sentía incierto.
No me atreví a interrumpir preguntando si había entendido mal y en realidad no quería acabar la tarea que a medias estaba por hacer.
Se me pasó el tiempo bastante lento hasta que de repente, el autor fijó su mirada en mí y soltó un “hablemos pues”.
Mi cara de extrañeza pareció ser notoria para que me preguntara por ella. Estábamos en mundos diferentes con lo que obviamente él no comprendía mi sorpresa.
- ¿Pero no tenía usted que acabar de hacer algo? Lo que mi visita interrumpió.
Me devolvió la mueca diciendo que menuda conversación de besugos. Destacó que en general todas los intercambios de palabras con las personas eran conversaciones de besugos, solo que esta era aún más de lo normal.
Antes de aclarar su punto de vista, me preguntó sobre si conocía la expresión “merienda de negros” para describir un caos, un desbarajuste, un pandemonio. Podría utilizarse como una versión alternativa de “conversación de besugos” pero más ofensiva para muchas personas.
Ese señor ya descubrió hace mucho tiempo que con negros se refería gente de esa raza.
El mayor conflicto a la hora de usar esa frase hecha, era que señalaba a las personas con dichas características como menos capaces intelectualmente y de comprender. En el caso de los besugos, que era sinónimo de tonto, nos metíamos con esos peces, no obstante, como parece que no se ofendían o bien no nos comunicaban dicha ofensa, todos estábamos en paz.
De todas formas la expresión de “merienda de negros” suena a una establecida por personas no negras que al ver a las personas sí negras no las entendían ni ellos entendían, puede que por diferencias de lenguaje o culturales, y por eso daban por hecho que no podían entender.
El autor dijo que de forma similar a lo que ocurre en muchos otros ámbitos. Por ejemplo, en el colegio, a “Cochino” le llamaban tonto simplemente por no ser como el resto mientras que “Cochino” les tachaba de ignorantes. Por fortuna a este hombre, no le ofendía que algunas personas le señalaran por tener una visión del mundo diferente. Siempre hubo otros que se llevaban bien con él o por lo menos no le molestaban.
Un momento después, señaló con el dedo algo detrás de mí. Me levanté mirándolo y se trataba de un cuadro de una mujer algo extraña con el pelo recogido.
Parece que lo que estaba haciendo justo antes de yo llegar y lo que acabó en esos pocos minutos de silencio era pensar en ese cuadro. Esos segundos en los que pensé que me estaba volviendo loco.
Lo que estaba haciendo era “acabar de pensar” sobre ese cuadro y redescubrir los 6 detalles que le disgustaban de esa pintura. Redescubrir pues tras unas semanas, olvidaban cuáles eran esos detalles así que de nuevo regresaba a analizar el cuadro sabiendo de antemano que son 6 y así los volvía a recordar.
Si solo veía 6 era un milagro, pues desde mi punto de vista, esa imagen era de lo más inquietante.
La pega número uno no era que la mujer tuviera unos ojos asimétricos, sino que una de sus manos se encontraba en una posición algo extraña, sus dedos tenían una forma antinatural pareciendo que estaban algo torcidos, como si al artista se le hubiera ido el pincel y hubiera tenido que apañar el dibujo de forma rara.
El segundo fallo, era que su nariz fuera demasiado recta, para algo que tenía a bien la pobre mujer…
La tercera cosa parecía ser que su pelo era extremadamente rizado.
No entendí por qué no le gustaba, si le favorecía.
La cuarta cosa era que no tenía ni un solo lunar en su cara, en sus brazos ni en el cuello.
La quinta cosa era que la firma del autor aparecía en la parte inferior derecha de la pintura.
La sexta que era por la cual se llegaba por averiguar cuando le interrumpí era la causa de todos los anteriores defectos, y era que se daba cuenta de que no era un retrato de él mismo.
Me quedé boquiabierto. Obviamente no era él mismo, lo que había pintado era una mujer de incisivos demasiado grandes, labios gruesos, piel tersa, ojos hundidos y de mirada sombría, manos que parecían rudas acordes a la extensión de su cuerpo.
Ella era una mujer joven y él un señor anciano.
Pregunté a qué se refería con no ser un retrato de él mismo respondiendo tranquilamente que esa muchacha parecía haber podido ser él “al revés”. Imaginando una imagen totalmente opuesta a la de esa persona, saldría un retrato casi idéntico suyo. Esas pegas que le veía al cuadro eran las que no hacían a ese personaje totalmente contrario.
Los dedos torcidos eran algo que tenían en común. Desde niño parece que el poeta tenía los dedos algo más torcidos que la media de las personas de su edad, tampoco tenía lunares en la cara ni en los brazos, su nariz era recta y aseguró que en las épocas en las que no tenía pereza por lavarse el pelo, lo tenía tan rizado como la mujer.
Acerca de la firma, parece que otra gran casualidad que el pintor se hubiera llamado como él.
Tenía un sentido algo retorcido típico de su mente excéntrica… si era así para él, así era pues.
El señor comentó sonriente que le había caído bien a “Menja” que rápidamente al escuchar ese nombre, levantó la cabeza. El animal de cuatro patas, camino hacia el hombre quien le acarició suavemente su pelaje de aspecto nada suave sino más bien del tacto de un esparadrapo.
Es que la mascota nueva parecía estar casi en las últimas por su estado de salud. No necesariamente debido a la edad, sino a su aspecto totalmente enfermizo y debilitado.
- ¿Dónde encontraste a este… ser?- cuestioné sin saber exactamente qué calificativo poner.
Habría dicho gato en alusión a su obsesión por ellos, pero sinceramente no se parecía demasiado a ninguno.
- Ah, ¿Es que no conoces la palabra perro?
Yo me quedé de nuevo callado. Sí, mi primera impresión fue acertada… pero ¿Cómo él teniendo un perro? Si es lo más opuesto a la libertad e independencia del gato… ¿Por qué rompió dicho hábito?
Tranquilamente me respondió que por lo mismo que el cuadro, eran tan opuestos que tenían en común todas sus diferencias.
Realmente no tanto, pero vio a ese perro y se preguntó que por qué no tener un perro si le apetecía tenerlo a pesar de que había tenido gatos antes.
Alegué que era algo extraño pues pensaba que era un hombre muy rutinario, muy estricto, muy extravagante, muy amante de los gatos.
Casi le hago enfadar al replicar que no había entendido nada… claro que seguía siendo un hombre amante de los gatos y sobre todo amante de no dejarse llevar por la corriente.
Porque podría ser extraño cambiar algo que desde hacía tantos años había seguido. ¿Por qué sí modificarlo? ¿Por qué no modificarlo?
Era la pregunta que se hizo cuando vio a ese perro en un centro de animales sin hogar.
Ciertamente era más extravagante al haber cambiado ese aspecto central de su vida simplemente por el hecho de que podía hacerlo sin importar el pasado.
Era una persona estricta, sí. Muy estricta a la hora de no cortarse un pelo y hacer lo que le daba la gana cuando le daba la gana. Estricto en no apegarse realmente a sus rutinas cuando nada le aportaba y con decisión de adentrarse en algo nuevo si le surgía la idea.
Estricto con su libertad.

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