CUARTO MANIFIESTO
Los gatos del niñato cochino no cochino
Antes de que nuestro encantador amigo poeta se autodenominara como “cochino”, fue el apodo de “niñato” el que se puso en la infancia. Sí, lo conté en el relato de “oveja negra y oveja rosa” sin dar detalles.
Este personaje me dijo de nuevo, que sus animales favoritos desde pequeño han sido los gatos. Desde hace menos tiempo le gustan los cerdos aunque este hecho no está relacionado con el apodo.
Su cerebro recuerda haber visto un gato negro que decían que mala suerte daban. Quiso acariciar a este ser esquivo cuando muy ágil escaló un árbol y saltó por encima del muro que delimitaba un parque público con el patio privado del vecino.
Su hermana se acercó corriendo preguntando que por qué estaba dándole un abrazo a un tronco y a ella nunca le daba ninguno cuando se lo pedía a lo que le contestó “niñita, estoy tratando de seguir a un gato. No abrazar un tronco… ¿Crees que podrías subirme al muro?”. Su hermana que a base de bien aprendió de él, respondió “sí, pero no quiero ayudarte” y se fue corriendo pensando la mujer que él la iba a perseguir y tirar del pelo, como una amiga suya le hizo su primo por no hacerle caso.
En cambio, este hombre aceptó de buena gana esa falta de apetencia diciendo para sí mismo “yo tampoco querría, está en su derecho de elegir”.
Una semana parece que tardó en llegar a la conclusión de que no tenía las capacidades de un gato, de agarrarse a la corteza y escalar de forma tan grácil.
Un mes hasta que se le ocurrió utilizar una escalera, tras varias ideas.
La primera de todas, fue trasladar la arena del arenero con 3 cubos que su hermana le dejó prestados.
Los niños del barrio se quejaron de que les estaba quitando la tierra, mientras él alegaba, que no era cierto, solo la estaba desplazando y más tarde la volvería a colocar en su sitio.b
Viendo que se deshacían los montones bajo su propio peso, llegó a la conclusión de que no daría resultado así que 2 días moviendo tierra hacia el muro y otros dos devolviendo la tierra al arenero mezclada con piedrecitas más gruesas de lo normal que los otros jóvenes no querían pero el poeta dijo que era un regalo por su comprensión.
La siguiente ocurrencia fue elevarse con piedras, sin embargo, alrededor no había piedras suficientemente grandes y suficientemente ligeras para mover él solo.
Nunca tuvo la fuerza media de los jóvenes de su edad pero sí más insistencia, terquedad y deseo de seguir al gato negro en su recorrido misterioso.
Después quiso hacer un castillo con los cubos para subirse.
Trató de subirse aunque la inestabilidad de los cubos hacía que su pequeña torre se tumbara.
Acabó por abollar uno de los cubos de metal al subirse a él y tratar saltar desde más alto además de los rotos del pantalón.
Su hermana lloró diciendo que él le había estropeados un cubo, lo cual era totalmente cierto aunque la justificación de él fue que ella no especificó los términos en los que quería que le devolviera los objetos prestados. Así, además de una reprimenda, aprendió que cuando alguien le prestaba algo, debía de estar lo más parecido posible al estado original.
Casi otra semana hasta que otro joven le dijo que por qué no usaba una escalera.
Después se demoró un segundo en cogerla de su casa, 2 horas en llevarla hasta el parque entre descanso y descanso y 20 segundos en subir.
Se sintió muy satisfecho con su medio capacidad gatuna. Se dejó caer al otro siendo golpeado por la realidad de que no tenía la capacidad de caer de pie de forma tan limpia y que olvidó coger la escalera antes de saltar…
No se preocupó de todas formas, simplemente se acercó a un hombre que estaba podando un arbusto explicándole que si le dejaba entrar por su casa para salir a la calle dado que había usado una escalera para pasar por encima del muro queriendo ser un gato y la olvidó pasarla a ese lado para regresar.
El señor parece que se enfadó exclamando que como de atrevía a “allanar su propiedad” lo cuál el autor joven no entendió demasiado bien esa expresión, solo que el otro estaba enfadado y que su oreja acabó rosa, como (casualidades de la vida) la piel de un cerdito.
Volvió a llevar la escalera de vuelta a su casa llegando justo antes de la hora de cenar.
Sus padres preguntaron por qué se tocaba tanto la oreja y él respondió “es que uno se enojó conmigo por aplastar su castillo”. Ni dijo que la persona fuera un hombre ni dijo que el castillo era la casona de dicho hombre, con lo que todos supusieron que el afectado era un niño y el castillo era uno de arena.
Se lamentó de su desgracia por no poder seguir a los gatos ni ser uno hasta que su hermana comentó que era un “niño que quería ser gato, un niño gato” o juntando ambas palabras… “un niñato” y así se quedó su apodo.
Con el tiempo, descubrió que no podía ser un gato 100%, pero sí comportarse como un gato y bien, como uno de sus maestros dijo que la parte más importante de una persona era su comportamiento mucho más que su aspecto. Pasó a considerarse alguien que no buscaba la aceptación por los demás, que iba y venía cuando se le antojaba, que no hacía tampoco daño si no le atacaban. Un ser tranquilo que iba a su bola y en su mundo.
En su naturaleza gatuna, le pareció que los humanos siempre buscaban una especie de apego, apego que bien cuando les hacía felices pero que tampoco eran capaces de soltar cuando les hacía daño.
Por estas cuántas razones, decidió que eso del amor romántico no era realmente lo suyo si no encontraba a nadie que le dejara ser como él era.
Por ello, su amor al independizarse fue dirigido a “Menja” el nombre de todos los gatos.
Podría haber sido ese nombre como otro cualquiera, solo que tirado por ahí en la calle, mientras reflexionaba acerca de la idea de cuidar un gato, vio un bol metálico de tamaño mediano, que llevaba escrito en el fondo “Menjadora”.
Al parecer, en internet busqué ese “nombre” y resultó ser, efectivamente, la palabra “comedero” solo que en catalán. Supongo que alguien tuvo que aclarar escribiéndolo que el recipiente era un comedero, para animales, no un plato para personas.
En primer lugar, pensó en usarlo para sus ensaladas tras lavarlo, aunque (por fortuna) pensó que podría ser para los gatos.
Coincidencia al estar reflexionando sobre sus futuras mascotas, haber estado mirando comederos por ahí y que era una especie de señal del destino que ya tuviera un “comedero” gratis que encima viniera con nombre incluido.
Obviamente, si el comedor tenía el nombre de su dueño, el gato, lo lógico era que todos los gatos se llamaran igual y esa es la extraña razón (no tan rara comparado con todo lo acontecido en su vida) de por qué todos los gatos se llaman “Menja” (acortación de menjadora).
El azar quiso que una persona decidiera usar un bol como comedero, escribiendo en el fondo dicha palabra, que acabara por ahí tirado, que alguien tan extravagante como este poeta cochino lo hallara, que curiosamente hubiera estado pensando en gatos en ese instante y en vez de para él, le diera un segundo uso idéntico al original.
Los 11 gatos habían sido negros e independientes. Se dejaban ver de vez en cuando y tan caprichosos pedían caricias que el autor solía darle.
La mascota iba a su aire y si en una semana, el cuenco de comida seguía lleno de pienso, el poeta le daba por perdido, adoptando otro gato de las mismas características.
Perdido no era sinónimo de muerto, ni mucho menos, de hecho, el quinto gato, se fue con un niño y no regresó más a comer del recipiente del autor.
Resalté su mala suerte porque su gato hubiera sido “robado/secuestrado” y seguidamente me asusté un poco por su reacción tan inesperada.
Levantando la voz poniendo un grito en el cielo al aclarar que para nada había sido secuestrado, todos sus gatos tenían armas y agilidad suficiente como para luchar contra cualquiera que quisiera llevárselo.
Ese ser era un alma libre que volaba a donde quisiera.
Era un amor independiente y desapegado, justo lo que este señor buscaba.
Si las criaturas encontraban otro amor con quien preferían estar, los liberaba sin reproches aunque con una leve tristeza.
Todos los gatos eran negros e independientes, sin embargo, dentro de ese grupo de gatos, había costumbres que lo hacían ser individuales y únicos.
El noveno gato, por ejemplo, siempre le mordía la zapatilla, el tercero solía rebozarse por el barro y llenar el porche de tierra, el sexto se afilaba las uñas en un olmo mientras el séptimo en el rodapié…
No solo el aspecto contaba para describir o identificar a un ser, sino toda su esencia con sus manías, su carácter, sus hábitos.
Los seres vivos iban y venían y aunque marcharan, eso no impedía al poeta relacionarse con otros diferentes ni que el otro ser también lo hiciera.
Quién dice seres vivos, también dice oportunidades, circunstancias, días, ciclos, objetos, lugares…
Una filosofía de vida sabia y complicada de aplicar es la de no aferrarse en definitiva si no te hace bien o el mal supera al bien.

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