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Oveja negra y oveja rosa

 




TERCER MANIFIESTO


De nuevo me place hablar lo que nuestro poeta cochino no cochino me ha contado últimamente acerca de su larguísima infancia. 


De hecho, aunque la piel del señor haya perdido colágeno pareciendo uno de los relojes de Dalí o una uva deshidratada, asegura que en el fondo fondo de subser, nunca ha dejado de ser un niño.


Más bien, él se autodenomina “niñato”, que para las personas fuera de su círculo familiar más cercano es niño en versión insoportable y despectiva, no obstante, para él y su núcleo familiar.

De hecho se lo puso él mismo por circunstancias que algún otro día comentaré.

Sus padres en un inicio se negaron a llamarle así para más tarde ceder ante la cabezonería de su hijo y el argumento de que al nacer a su hermana 2 años más pequeña la decían “niñita”.


Es curioso cómo este poeta habla de sus padres y su hermana usando el presente en vez del pasado a pesar de que hayan fallecido. Contestó que muchas personas lo hacen y no es curioso pero resaltando consistentemente que no lo hace porque los demás lo hagan. Eso no lo había puesto en duda reflejándolo en mi expresión algo exagerada de “Líbreme el señor de acusarte de ser como los demás”. 

Rió el hombre por mi efusividad, más respondió que dejara ya de hacer tanto el tonto pues ser como los demás no es nada negativo. Tan solo “es”. 


Por otro lado, él se niega a decir “fallecer” 

¿Y por qué? Fue lo que yo pregunté. A lo que me respondió muy seguro que la palabra fallecer y desfallecer se parecen demasiado, tanto que si a desfallecer le quitas ese des-, pasa a ser fallecer. Debido a que el prefijo des-,  en el idioma que hablamos suele indicar negación o inversión de significado, desfallecer debería de ser algo así como “no morirse”, sin embargo, no es lo que en el diccionario viene escrito. Desfallecer es sinónimo de debilitarse o desmayarse.

En consecuencia, o bien, fallecer es volver en sí de un desmayo (lo cual parece casi antónimo dado como están las cosas), o bien, desfallecer es no morirse, lo cual tampoco es.


Le comenté que hay muchas excepciones lingüísticas en la que los prefijos o sufijos no son tales, sino parte de la palabra. 

Igual que martillo que no es un “mart” pequeño.

El hombre replicó que también había muchos sinónimos para morirse y el lenguaje que usaba era el que le daba la gana, así que si no quería usar la palabra esa, no lo haría. 

De mi boca surgió una disculpa y de la suya un “ni que te hubiera insultado” y rectifiqué respondiendo un “no perdón”.


Concluí que para él las formalidades no eran demasiado importantes y que si le molestaba, simplemente me mandaría a freír espárragos (algo que no se puede freír bien que digamos), a tomar viento fresco o a mancharme con heces.


Parece que siempre ha sido así, solo que cuando era un “niñato” reconocido por el resto de la sociedad, le regañaban y ahora que solo es “niñato” en lo invisible, puede aprovechar para decir lo que quiera sin que nadie le corrigiera, simplemente se alejarían de él. 

Quise saber si él no se sentía nunca solo y respondió que eso lo había dejado de pensar desde hace mucho tiempo, exactamente, desde que se dio cuenta de que tampoco iba a esforzarse por cambiarlo. Se conformaba.


Volviendo a sus padres y a su hermana, ellos “estiraron la pata, la espicharon, la doblaron, fenecieron, finaron, ñampiaron”.

Le di el pésame apenado y le pregunté si es que había sido hace mucho.


Una persona del común, habría respondido el año de la muerte o el número de primaveras a lo sumo siendo poeta, no obstante, está persona que tenía sentada delante no era mucho del común. 

Concretó que su padre murió hace “siete gatos”, su madre hace “seis gatos” y su hermana hace “un gato”. 

Desconocía que “un gato” fuera la unidad de medida del tiempo, y es que, para este buen autor, que 11 gatos había tenido uno detrás de otro desde “el suceso más importante de toda su vida” (sin contar el inicio), era su referencia. 


Obviamente “un gato” no era la misma cantidad de tiempo pues los organismos biológicos no eran exactamente iguales a pesar de que todos sus gatos hubieran sido de la misma raza y se hubieran llamado todos igual. 

Ni qué decir de las circunstancias, que los coches no siempre pasan a las mismas horas, ni a todos los gatos se les ocurre querer cruzar la calzada cuando un coche viene. 

Eso me dijo que le pasó al segundo.


Me interesé sobre cómo hubiera sabido que defunción fue antes si por ejemplo, sus dos padres hubieran muerto en el mismo número de gato. Más aún, ¿Cómo situaría cualquier par de sucesos de su vida pasada ocurridos en el mismo número de gato? 

Se encogió de hombros diciendo que entonces, no lo sabría. A fin de cuentas, es un hombre que cuenta gatos. Mientras las personas obsesionadas con las fechas tenían un margen de error de, como mucho 1 día, él tenía un margen de error de como mucho 16 años que es lo que vive un gato afortunado. 

Eso es lo que supuse yo, dado que tampoco recuerda los años de su gato que más longevo fue. Totalmente lógico, porque media en gatos y pasada una semana, los datos, tiempos y recuerdos se mezclaban de manera confusa.


Sin cuestionarle, me acabó por decir que toda su familia nuclear había muerto por lo mismo y sus abuelos igual.

A la mente me vino alguna especie de enfermedad genética hereditaria e incluso la posibilidad de que sus padres hubieran sido primos.

Nada de eso, al afirmar con una rotundidad aplastante que todos habían muerto por el hecho de haber estado vivos. Qué sabio y simple eso de “lo que más mata, es vivir”.


En su infancia más temprana, antes de la época en la que los gatos eran su unidad del paso del tiempo, estaba con su hermana todo el día hasta que le inscribieron en un colegio para ser educado. 

Su hermana es menor que él aunque dice que tan cercana edad que no recuerda ningún momento en el que ella no haya existido (recalcando que ahora aunque ella no esté físicamente, sí ha existido y existe de alguna forma en su mente y recuerdos).

Era curioso pues su hermana siempre decía que jugaba con él, su hermano mayor, mientras que él nunca decía que jugaba con ella. 

El poeta de joven, tan solo afirmaba que su hermana y él solían hallarse en la misma habitación.

El concepto de jugar no era el mismo entre ambos.

Este hombre, lo que hacía con su hermana era estar. 

Responder a sus preguntas poco trascendentales sobre si le parecía que estaba mejor su muñeca con el vestidito de trapos azules o de trapos blancos. 


Una vez, ella quiso saber si a él le caía mejor, su muñeca rubia o su muñeca morena. Recuerda que le respondió a su hermana “no lo sé, no las conozco” aunque cuando la niña comenzó a hablarles sobre ambas, él la cortó diciendo “tampoco me interesa conocerlas”. 

De manera sorprendente, su hermana se ponía a llorar y sus padres iban a preguntarle que qué le había hecho, siendo su respuesta natural y habitual “decir la verdad”.


Su hermana era como la parte tierna y sentimental de los dos hijos de un matrimonio “extrañamente enamorado y alegre”, mientras él simplemente parecía ser un alma libre igual que los gatos que ha tenido más adelante. 


No era un niño “malo”, nunca se metía en líos ni faltaba el respeto a los profesores en el sentido de insultar aunque no tenía pelos en la lengua de que si le preguntaban opinión, decirla sin tapujos.

Si se la habían preguntado, era para saberla realmente. 


Por suerte, ningún profesor estuvo interesado en conocer su punto de vista mientras seguía siendo alumno suyo, es más, tan solo una joven maestra quiso preguntar por su cuenta y riesgo, uno a uno el último día de clase que le había parecido sus clases. 


Todos los alumnos comentaron que habían sido maravillosas y muy entretenidas a la cara mientras que todos se habían quejado a sus espaldas a lo largo de todo el curso. 


Él comprendió desde pequeño que las opiniones no positivas, no solían ser demasiado bien recibidas, a pesar de que fueran constructivas y comenzaran con un “aprecio tu interés por querer mejorar” con lo que en primer lugar, le respondió a la profesora “No estoy seguro de que quiera escucharme”. 

La mujer sonrió inocente comentando que claro que sí, pues quería hacerlo bien con sus futuros alumnos. 


Respondió su él adolescente o joven “Aprecio el interés por querer mejorar, sin embargo, no me ha parecido demasiado productivo estar más de un mes y medio aprendiendo a solfear una misma partitura una y otra vez. En mi opinión, ha sido demasiado desmotivante y se podría haber aumentado la dificultad a medida que pasaban las semanas.

Las clases me han parecido del todo infructuosas si el objetivo era que disfrutáramos de la música. Sea como fuere, no se alarme porque, en mi caso, sé separar las lecciones del aula de mis aficiones personales y la música sigue siendo una de ellas.

Muchas gracias de todas formas por haber sido tan amable con nosotros y abierta a los cambios. Siempre hay espacio para el crecimiento y usted va por el camino adecuado”.

Según la descripción, la cara de aquella pobre persona inexperta fue sorpresa respondiendo un “ah, lo tendré en cuenta”. 

También el autor me dijo que creía que se habría puesto a llorar delante de todos, si no hubiera sido por el agradecimiento inicial y final motivante que sus padres le recomendaron encarecidamente que era necesario en todas las críticas formales. 


Con el paso del tiempo y la finalización de estudios que la sociedad/padres le obligaron a cursar, quiso poner fin a todos esos años de sufrimiento mudándose, que no siendo independiente, en un piso compartido.


Conoció pues a su compañero de piso quien escribía poemas. 

Poemas por los que la gente pagaba para leer. 

Pensó que sería una especie de revelación astral la escritura y no tanto así como la necesidad del ser humano de abstraerse en el mundo de las ideas. 

El estilo del compañero era “modosito”, encantador, adulador, dulce, cariñoso, cuidadoso, tierno. 

Su hermana en versos me describió en resumidas cuentas. 

Los colores predominaban por tal y cuál parte, casi como una oración repetitiva cambiando escenarios, personajes y metáforas. 

El mismo ambiente, el mismo amor, el mismo final… 


Así, este poeta nacido pero no manifestado, descubrió sus ganas de ser la oveja negra en el rebaño de ovejas rosas. 


Porque el negro es un color totalmente legítimo, la sombras son de las cosas más bellas, hermosas e inexploradas y el amor no es lo único que rige este mundo, y mucho menos el amor romántico del que iban todas y cada una de las obras de ese individuo.


Porque los humanos no son solo besos, susurros, canciones, ojos, labios y sonrisas. También son lágrimas, gritos, maldiciones, miedo, terror, odio, dolor… la experiencia estaba demasiado sesgada.

¿Por qué no hablar de lo que no nos gusta? Igual que lo que nos gusta o deseamos, de lo que evitamos y nos asquea.


Verdades como puños y conocimiento universal. 

Poco antes de comenzar a escupir vómito rosa por la boca, dejó a su compañero de piso y ocurrió dicho cambio trascendental. 

El que marcó un antes y un después en su vida. 

Su independencia casi social y económica. 

La última a base de bien y con trabajos no emocionantes pero funcionales que, sobretodo, le daban mucho mucho tiempo para reflexionar, pensar, leer, sobrevivir y comprarse paulatinamente 11 gatos.


Su hermana murió algo desgraciada según este autor, con 5 hijos a los que crió casi sola mientras su marido trabajaba y les mantenía económicamente con un sueldo precario. 

Tras levantar el vuelo los polluelos, se encontraron ella y su marido solos con el tributo del tiempo y la ancianidad encima. 

La mujer desarrolló artritis y el único apoyo que tenía, era otra persona con salud también en la cuerda floja. 

Al menos, ella había hallado en su esposo algo parecido al amor aunque más bien era compañerismo por cumplir las expectativas sociales de traer descendencia a pesar de las crisis y la precariedad.


Cada caso conocido, le hacía reafirmarse en su decisión de que la vida en familia no era lo suyo y continuar valorando el hacer lo que a uno le da la gana dentro de las posibilidades biológicas y circunstanciales. 

Ahora era más libre que nunca y si por ellos ganaba el calificativo de cochino o marginado, bienvenidos fueran en esa sociedad donde se le da demasiada importancia a las apariencias.


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