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El cuaderno de cochino

 




OCTAVO MANIFIESTO


Cogió el cuaderno de colores mostrándolo por ambas caras aunque fueran iguales y ofreciéndome cogerlo. 

-Este cuaderno me lo regaló mi hermana hace años y digo años porque aunque ella murió hace un gato, el gato anterior que conociste era algo viejo. 


Es cierto, me acordaba de aquel gato negro con algunas canas que parecía que le costaba correr. Fue el compañero anterior de este hombre antes del perro. 


-Ah, no sabía que sabías cuántos años tenía tu gato cuando falleció. - comenté algo sorprendido.

-Es que no lo sé exactamente, pero ten en cuenta que antes de tener tantos gatos, yo había medido el tiempo en años… Dejé de contarlos a los 43 años. 


Después miré de más de cerca aquel bonito objeto, con una portada llena de viveza, formas, figuras abstractas definidas y otras difuminadas.

-Vaya, qué regalo más bonito… - comenté sinceramente  mientras miraba los detalles 


No era nada que me sorprendiera que fuera obra de su hermana, era muy muy colorido para haberlo comprado él.

En la contraportada venía escrito en pequeño venía cuándo se sacó el diseño del cuaderno que, sorprendentemente era de este mismo año. 


-¿No dijiste que tu hermana te lo regaló hace años? ¿Por qué pone que el cuaderno es de este año? - me interesé sorprendido. 

-Sí, pero es que ella me lo compró hace años y yo lo encontré hace poco.  

-Me he perdido - admití con una mueca de extrañeza.

- Lo que te ocurre es que tu idea de “regalo” es algo muy limitada. Los regalos no son solo los que se dan físicamente cuando uno sigue en vida. Un regalo es un obsequio que se da de manera gratuita, que podría no ofrecerse y que se vuelve nuestro. De hecho no tiene por qué ser de manera consciente o intencionada.

-¿Cómo fue entonces este regalo de tu hermana?

-Ella ya se notaba sin fuerzas cuando iba a ser mi cumpleaños y me comentó que quería hacerme un regalo pero no podía salir ya de casa. Me dio algo de dinero para que comprara de su parte para mí. Un cuaderno bonito porque me encanta escribir, fue lo que dijo. 

-Qué detalle más bonito. ¿Cuántos años cumplías?

- No sé cuántos años cumplía aunque sinceramente creo que me habría gustado que me dijera que me comprara un imán. - añadió dejándome sorprendido - pero un cuaderno no está mal tampoco. 

-¿Y por qué no te compraste el imán? 

- Ni idea. Ella cerró los ojos en medio de mi detallada explicación de por qué a mí en realidad no me gustaba en exceso escribir, luego los abrió y afirmó que a ella el cuaderno le gustaba para mí… Puesto que la sentencia no era demasiado mala, decidí darle el gusto aunque haya sido después de que muriera.


Me imaginé a la pobre anciana, ya cansada de los trotes que da la vida, con los párpados cayendo de cansancio y desconectando de las palabras de su hermano una vez más. Palabras de alguien a quien amas pero nunca entendiste, entiendes, ni entenderás. Supongo que para ella, para mí y para todos, Cochino tiene “sus cosas” peculiares, más peculiares que el resto.

Me llamó la atención que este hombre dijera que no le gustaba “en exceso” escribir con lo que escuché una variante de la explicación que le dio a su hermana en su lecho de muerte. 


-Escribir…me gusta, pero desde cierta distancia. Escribir es poner los pensamientos en orden y no necesitaría hacerlo tanto si no sintiera esa molestia de vivir con mi cabeza dando vueltas. A mí, en cambio, no me incomoda demasiado vivir en un lugar físicamente desordenado como es mi casa, pero sí que me inquieta algo más tener mis ideas desperdigados, sin control, sin clasificar y perder así la mayoría. Si los escribo, es menos probable que los olvide. Por desgracia o por fortuna, no son objetos que puedas controlar a tu antojo, son cajas y cajas de productos misteriosos, que llaman a la morada de tu mente y piden que les atienda. 

Hay temporadas en las que apenas llegan, otros momentos en los que vienen todos los días varios ejemplares similares que he de colocar, en otras ocasiones, otros muy diferentes. A veces soy capaz de colocarlos o retirarlos sin esfuerzo mientras que otras veces no los puedo mover en semanas. No siempre les doy un lugar demasiado satisfactorio, pero hasta la casa de nuestra cabeza que parece que podemos tener más control, siempre hay cortinas que desentonan, cuadros que no te convencen sin saber cuál sería más adecuado o va dependiendo del día y del humor que crees que un jarrón es más feo o más bonito. 

Se acaba aceptando la imperfección, solo que hay un mínimo de condiciones básicas que escribir me ayuda a alcanzar. 

No tendré todos los cojines mentales ordenados, pero lo que sí que no es un lugar repleto de objetos que apenas me permitan moverme. 

Escribir no es siempre por placer, a veces es por necesidad, solo que si además la gente te da dinero con lo que puedes obtener sustento, pues te esfuerzas un pelín más ¿No? En redes sociales hay muchos vídeos que veo sobre limpieza, de gente limpiando, gente optimizando espacios en los cajones, gente cocinando algún plato más difícil, gente haciendo bromas o retos porque, ya que vamos a limpiar, ya que tenemos cajones, ya que hay que comer, ya que hacemos algo gracioso porque nos aburrimos, pues mostrar un proceso creativo detrás y compartirlo. Hasta vi algún vídeo con miles de “me gustas” de una persona comiendo un bocadillo o un café solo siendo removido en la terraza de un bar arbitrario. 

Escribir me ha salvado pero creo que me hubiera gustado a veces, no tener que necesitar ser salvado o vivir en paz con un nivel mayor de desorganización mental. 

-Tiene sentido - opiné - hacer algo con frecuencia o esfuerzo no significa inmediatamente que nos guste y no hacer algo habitualmente aunque podamos hacerlo, tampoco signifique que nos desagrade. 

- Es un matiz sutil. Por ejemplo trabajar, hay que esforzarse en el trabajo, claro está, pero dedicar más horas de las estrictamente necesarias no siempre es porque te guste, puede ser por presión interna, ajena, económica o una mezcla de circunstancias. Otro ejemplo es tener una afición, como tocar un instrumento o leer. Se nos permite hacerlo pero puede que no lo hagamos con frecuencia pero cuando lo hacemos, lo disfrutamos. 


Al fin, abrí el cuaderno del autor, observando en la primera página un dibujo de una oveja rosa pastando. Era una especie de monigote coloreado, que no habría sabido bien que era sin la flecha que apuntaba a la descripción de “oveja rosa pastando” con letra clara y totalmente legible…

El autor me dijo que había pegado un dibujo de su hermana que tenía por ahí guardado. 

-¡Qué tierno! ¿Cuántos años tenía? - quise saber sonriendo, suponiendo que tendría unos 3 o 4 años.

- No sé, pero ya tenía a todos sus hijos aunque eran pequeños.


Automáticamente me sentí un tanto incómodo por el tono medio paternalista e infantil que utilicé, pues creía que se trataba de una obra propia de alguien que no llevaba caminando más de 5 años. Era como haber dicho que el dibujo de su difunta hermana era una chapuza.

Lo que más me avergonzó, es que el hombre se dio cuenta de mi bochorno aunque lo que dijo me hizo sentir mejor.


-No te sientas mal por pensar que cuando mi hermana lo hizo aún era una niña y no una mujer hecha y derecha. Es que a veces de los adultos, se espera saber dibujar algo que se identifique al menos lo que es. Mi hermana lo logró, con su requerida explicación… Nunca dibujó cosas ni las pintó de manera que pudiéramos adivinar lo que era, sin anotaciones adjuntas. Ella me enseñó que no importa cuán deforme sea lo que quería ilustrar o cuán alejado a la realidad sea su color, que si pones un título al dibujo o una pequeña descripción, puede convertirse en lo que quisieras que fuera. Tiene valor porque lo hizo ella, desconozco si le puso mucho o poco esfuerzo, pero lo hizo. 


Pasé algunas páginas apreciando la variedad de los trazos. Pocas palabras había que pudieran ser comprensibles, algunas hechas con caligrafía bonita o diferente incluso, otras artísticas o con pequeños símbolos arbitrarios como un pictograma de un sol, una nube, un vaso de agua o un cono de helado o tal vez algo más grande como un dibujo de sus 11 gatos y su perro.

La gran mayoría de vocablos eran ilegibles, un caos. Varias páginas enteras cuyas palabras no seguían líneas rectas sino torcidas, curvas sin cerrar, en diagonal o superpuestas en diferentes colores. 

Leí “no hay azúcar” y la frase seguía pero no la entendía. Luego dos centímetros más abajo había dos manchas de color anaranjada y en una de ellas, Cochino había repasado el borde con la tinta. El hombre me explicó que estaba comiendo embutido mientras y una de ellas le pareció que tenía una forma interesante digna de remarcar. 

Hasta una hoja rota que le faltaba un cacho de un tercio del tamaño de la original y otra que tenía trozos de celo porque se había rasgado. 

Vi un par de páginas con una presentación muy buena, estaba contando lo que ocurría en un vídeo que había visto, con las decepciones de unas personas aunque repitiendo conectores, con frases largas, sin apenas comas y escasez de párrafos. 

Estaban casi casi perfectas hasta que vi que en la tercera cara, había un cambio de color de la tinta. Unas tres palabras en azul tenue, del bolígrafo desgastado, repasada con otro bolígrafo de color negro… Eso no era lo más curioso, sino que al fijar los ojos, había unas hendiduras aproximadamente horizontales y desordenadas en el papel, con el tacto se notaban perfectamente los surcos. 

Encima, seguían palabras ya con el bolígrafo negro y es que el autor antes de tirar el azul, decidió comprobar que no tenía tinta haciendo un garabato horizontal en el mismo cuaderno. Lo que normalmente se solía hacer en un papel a parte, él no usó otro. 

Dicha marca se podía apreciar en las siguientes cinco hojas de detrás, por haber apretado un poco.

Había aún muchas hojas en blanco y es que se notaba perfectamente viendo el canto lo ordenadas, nuevas y limpias que estaban las hojas sin escribir, y lo ligeramente grisáceas, arrugadas que estaban las ya usadas. 


Se lo devolví sin comentar nada después aunque fue correcto ese presentimiento de que me iba a preguntarme qué opinaba.


-No sé, extraño y caótico.- admití sin saber bien qué palabras usar.

-Me alegro entonces, es mi cuaderno favorito… ¿Te ha sorprendido al mirarlo?

-Sí, pero todo lo que hay aquí me sorprende siempre con lo que me esperaba que no fuera común.

-Esperar una sorpresa quita un poco de ese componente sorpresivo, aunque no del todo porque no sabes cuál es… Recuerdo que a mi madre le compraba algún detalle bonito en su cumpleaños. Nuestra madre un día opinó que los quincuagésimo cumpleaños eran de esos en los que había grandes sorpresas o más especiales ¿Sabes qué le regalé? Nada y ese fue el regalo de cumpleaños que más le sorprendió, le hizo llorar y más alivio le trajo porque no había montado algo extraño con mis ideas extravagantes. Ella reconoció que me había llevado poco tiempo y dinero. 


Después de la anécdota, siguió insistiendo en por qué el cuaderno me había parecido sorprendente. 

Concluí que era por los saltos de párrafo o tenía tan cambios temáticos muy bruscos además de que le dije que no lo comprendía. 

Me preguntó si tenía algún interés especial en saber lo que ponía en alguna de las páginas. Pensé que me iba a leer varias partes cuando en realidad comenzó a explicar.


-A veces veía por internet letras con diferente caligrafía y me apetecía practicar, después este pequeño Sol lo hice solo con un trazo, sin despegar la pluma del papel. Dibujé a mis mascotas en orden, un día que estaba tratando de recordar cuando llegó a esta casa el cuadro de mi salón. 

Ese otro día estaba enfadado y frustrado, se nota porque apreté más de lo estrictamente necesario, me equivoqué escribiendo una palabra y volví a escribirla encima. Aquí me encontraba tremendamente aburrido porque repito la misma palabra en toda la página pero escribiendo en espirales sin terminar porque me salían partes muy picudas y volvía a empezarlas. En esta otra ocasión iba con prisa, porque el trazo es fino, el rotulador casi iba acariciando el papel y algunas palabras están menos marcadas que otras aunque también parece que estaba algo frustrado porque escribí aquí en letra bien clara en mayúsculas una palabrota ¿Ves? 

-¿Por qué hay una página que le falta un trozo?

-Fue el gato. Andaba escribiendo cuando me levanté al baño y Menja me tiró el vaso de agua que estaba sobre la mesa al suelo y después tiró el cuaderno. Se mojaron varias hojas, las dejé secar pero una de ellas se rompió inevitablemente. Aquí hay una pegada con celo pero fue porque puse cosas encima del cuaderno abierto y al moverlas, el papel se arrugó, intenté estirarlas pero creo que con demasiada fuerza así que se rasgó esta. 

Luego, estas dos páginas que se entiende bien lo que pongo es porque aquí sí que me importaba comprender palabra por palabra. Las fui escribiendo nada más se me iban ocurriendo. 

-¿Pero qué pone aquí exactamente?- me interesé señalando con el dedo índice una de las palabras que había escrito enfadado. 

-No tengo ni idea- respondió acercando el cuaderno a su cara moviendo los ojos de un lado hacia otro- de aquí solo entiendo esto.


Sí, era otra palabrota escrita en mayúsculas.


Había dado por hecho erróneamente que al ser el dueño de la letra entendería mucho mejor sus trazos que el de cualquier humano promedio. 

Enseguida recordé a un maestro de la escuela que se le daba muy bien descifrar letras, más que un humano promedio, y a lo mejor en este caso podría ayudarnos aunque Cochino no parecía intranquilo con ese asunto. 


A lo mejor no era el que mejor supiera leer mejor si letra sino interpretarla y comprender lo importante. 


-Lo importante de este cuaderno no es entender palabra por palabra, sino mostrar emociones, circunstancias, inducirme a recordar lo que pasaba ese día y rellenar el resto con imaginación.

¿Nunca tuviste una figura adulta cuando eras pequeño que te enseñara a presentar bien un cuaderno? Alguien que te regañaba si tenías muchos tachones y ponía de ejemplo el mejor cuaderno del alumno que más limpio lo tenía. A mí, personalmente me daba igual, aprendí a presentarlo de forma decente pero jamás quise ser el mejor, pero hay gente que se lo tomaba demasiado en serio. 

-Sí, lo recuerdo bien y la tensión de decir que no lo habías hecho de forma correcta. 

-Exacto… A lo que quería llegar es que es adecuado saber ser organizado, legible sin demasiado esfuerzo si es necesario que otras personas lo lean pero es cierto que seguimos siguiendo esas normas aunque nadie más que nosotros tenga que leerlo, aunque no haya que entregarlo a ningún evaluador ni nos pongan nota, aunque sea algo solo nuestro. 

Mi hermanita tenía un cuaderno con tapa de cuero que nuestra madre se lo regaló, como algo más especial que el resto de cuadernos escolares o en los que pintaba a veces. Lo usaba como diario. Primero utilizaba un lápiz porque así podía borrarlo y una vez a la semana escribía por encima con tinta. 

Me acuerdo perfectamente una tarde de sábado que yo acababa de llegar de la calle y escuché a mi hermana llorar. Nuestra madre estaba con ella consolándola y resulta que el origen de sus males era que se había equivocado dos veces a la hora de escribir encima del lápiz. Sollozaba diciendo que era el cuaderno más bonito que tenía, que se había esforzado mucho para que estuviera bien presentado y guardado con mucho cariño pero se había equivocado, no quería tacharlo con una pequeña línea ni sabía cómo disimularlo sin que se notara. Mi madre estaba tratando de quitarle hierro a la situación pensando en algún remedio para tapar los errores o incluso tratar de conseguir un cuaderno igual y nuevo. Al final me parece que lo dejó sin corregir porque no se notaba si no lo leías además de que perfectamente se sabía que quería haber puesto. Acabó el cuaderno con algunos errores más, pues no se esforzó tanto escribiendo primero a lápiz sino que lo hacía directamente con tinta aunque pensando con cuidado lo que quería decir. Casi sufría escribiendo y se convirtió para ella en una obligación de acabar las páginas que no le gustaba, no le ilusionaba como antes de equivocarse. De adultos, ella guardaba ese diario aunque me parece que en el fondo sentía que con ese error no podía honrar el regalo como le hubiera gustado, hacía años que no lo releía aunque a mí sí que me dejaba cogerlo y leerlo cuando quisiera e iba a su casa. Lo tengo guardado en mi dormitorio, debajo de la cama porque es  un recuerdo de la infancia de mi hermana en la que nuestros padres y yo estamos muy presentes. Me hubiera gustado que hubiera podido disfrutar de él tanto como yo aunque por una exigencia de perfección autoimpuesta no haya podido. Para mí, el cuaderno que me regaló ella, es un manifiesto de la vida, bonita y hermosa por fuera y por dentro a ratos. Es imperfecta, no siempre es posible ensayar ni hacer las cosas en sucio y eso no es tampoco negativo. Es lo que es, hay códigos de conducta social para vivir en comunidad de forma armoniosa, sin embargo, a veces se nos olvida liberarnos de ellos cuando no son necesarios, cuando no tenemos que ser políticamente correctos con nuestros amigos o con nosotros mismos. Confundimos lo que la gente nos quiere mostrar de sí mismos con lo que realmente es al olvidar que tienen su privacidad y desconfianza frente a desconocidos como es natural, pero ¿por qué no somos capaces de aceptar ni ante nosotros mismos nuestras vulnerabilidades, días flojos o deslices?. Puede que sea influencia del entorno o la propia naturaleza humana, siempre orden, siempre los mismos patrones, siempre control. No es fácil pero me gusta hacer ese ejercicio mental de darme cuenta que si no perjudico a los demás, ni a mí mismo, ni al entorno ¿qué es eso que me frena? ¿Es una razón a la que quiero atender? ¿Por qué sí o por qué no?

-Lo siento mucho. Es una pena que ella llevara ese peso encima toda su vida- dije apenado.

-Tampoco quiero que te hagas una idea errada. Mi hermana fue una persona que no vivió presa, a lo mejor fue un poco menos libre, pero eso no le impidió estar bien. Todos tenemos limitaciones físicas, económicas, circunstanciales etc. Soy consciente de que, en mi caso, mi personalidad, mi necesidad de espacio, mi desapego por ciertas cosas, mis hábitos y costumbres que no quiero sacrificar, han provocado que mi única compañía estable sean animales que van y vienen. Para algunos yo soy un marginado, sin dinero que vive en una pocilga en medio del campo, pero yo elijo deliberadamente cada día este estilo de vida. Cada uno coge y toma su camino y el mío no es perfecto. A veces me siento solo en medio de la noche y otras veces me agobio porque no me apetece hablar con nadie pero es día de hacer la compra, de ir al médico o de hacer gestiones. No obstante, ahora no lo cambiaría y saberlo es suficiente por hoy. 


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