No me cansaré de enfatizar la importancia del valor intrínseco de las cosas. Las flores siguen siendo bellas y hermosas aunque estén en el campo donde ningún humano las pueda disfrutar o en un parterre junto a la catedral. No importa cuántas personas las conozcan, a ellas no les importa y siguen viviendo hasta que el tiempo las marchite. Pero las nubes sí que las miran. Pero las estrellas sí que las miran. Pero las abejas sí que las miran. No podemos apreciar todas las flores del mundo de forma individual aunque sí intentar hacerlo de manera colectiva. De esto va la reflexión, de luces invisibles que se encienden, brillan y se apagan sin que apenas nadie se dé cuenta, pero estuvieron ahí siempre y eso es ya algo importante. Porque no alumbraron a multitudes, fueron olvidadas. Y está bien de alguna manera. En alguna filosofía de vida en la que el valor de las cosas no se mide tanto por el número de personas que las conocen sino porque existieron. Y está bien de a...
Cada uno de nosotros es un pequeño microcosmos en sí mismo y este solo es un intento de arte de una persona que siempre tiene un pie en los ecos de madrugada.